lunes, 12 de diciembre de 2011

ENTRADA 64

Sábado 3 Diciembre

Tres días. Desde que llegamos al picadero hemos estado cuidando de los caballos para que estén sanos. Han mejorado mucho. El que eligió Merche para llevar la carga está bastante fuerte y animado. Los otros dos no se encuentran peor. El elegido para llevar a Elena y Laura es un caballo bastante mayor, muy manso y que se limita a seguir a la personas que tenga delante. No mueve una pata si no tiene un guía.

En cuanto a nosotros. Estamos bastante descansados. No hemos tenido ni un solo problema estos días. Hemos podido ducharnos dos veces, todo un lujo. La carne de vaca que conseguimos hace días ya se agotó pero la disfrutamos muchísimo.
Tendríamos que empezar a usar las latas de las raciones militares.

El tiempo, aunque era muy frío, se mantuvo seco a lo largo de los días. Salvando las nieblas que se dieron por las mañanas, creando un tremendo manto húmedo en el suelo. La verdad es que hemos estado muy bien, de momento.

-¿Crees que mañana podremos continuar? -Le pregunté a Merche mientras miraba a los caballos corriendo por la pista.

-Yo creo que si-Me respondió. Había vestido a un caballo y lo estaba montando alrededor de la pista. Se portaba bastante bien y respondía a las órdenes.

La madre de Merche y Laura la observaban desde uno de los muros. En el bar, donde habíamos levantado el campamento, estaban Gonzalo y Ana mirando a través del ventanal. Elena jugaba con Yuko y con Boni en un pequeño pasillo que rodeaba la pista tras los muros.

Aproveché ese momento para volver a comunicar nuestra posición, número de personas y código con la radio. Llevaba tres días intentándolo pero no obtuve respuesta en ninguno de mis intentos. Me dio por trastear un poco con los canales. Muchos de ellos estaban totalmente en silencio. En algunos me pareció escuchar voces pero el ruido era muy intenso. Por fin llegué a un canal, dando vuelta en el que me quedé sorprendido por lo que escuchaba.

-Código...XXXXXXXX...cuatro...personas...según...GPS...dos... kilómetros...coordenadas...XXXX

No supe qué hacer en ese momento. Por un instante estuve tentado de responder a esa llamada. Tendrían que ser compañeros del laboratorio pero tal y como han pasado las cosas y como está el mundo no sabía si arriesgarme. La voz volvió a sonar repitiendo de nuevo la secuencia.

Merche se paró delante de mí con el caballo.

-¿Vas a contestar?-Me preguntó.

-No tengo ni idea.-Respondí.-No quiero tener problemas. Creo que no. Ya les conoceremos en el punto seguro.

Me sonrió y continuó dando vueltas a la pista con el caballo. Noté que ella estaba también muy reacia a liarnos con más problemas con otras personas.
Por la noche nos reunimos todos delante del fuego por última vez. La mañana siguiente nos esperaba con un largo viaje que debíamos cubrir lo antes posible. Estábamos muy cerca de nuestro objetivo.

ENTRADA 63

Miércoles 30 Noviembre

No sé qué ha pasado con las notas que tomé el martes. Decidimos salir del refugio ese día hiciera el tiempo que hiciera para continuar avanzando. El frío nos ha estado acompañando todos los días. Las lloviznas matinales han sido continuas. Afortunadamente las tardes han estado despejadas y hemos podido coger algo de calor.

La verdad es que no han pasado demasiadas cosas el día que salimos. Avanzamos bajo la lluvia durante unas horas. El camino estaba embarrado y los charcos abundaban.

Tras cinco horas andando vimos por fin el castillo de Manzanares. Estábamos en lo alto de una pequeña colina. Nos pareció tremendamente extraño. El pueblo estaba intacto. Totalmente abandonado, no había ninguna señal de vida. Desde donde nos encontrábamos se veía también el picadero al que queríamos llegar.

Encendí el GPS que le quité a uno de los soldados muertos. Tras diez minutos esperando por fin obtuve la señal de un par de satélites. Introduje las coordenadas del punto seguro. Desde nuestra posición teníamos que avanzar en diagonal dejando el pueblo a nuestra derecha unos cinco kilómetros. Después ir hacia el norte otros cuatro kilómetros y llegaríamos a la zona donde se encontraba el punto seguro. EL GPS nos trazó una ruta por varios caminos rurales.

-¿Vamos a seguir ese camino? – Preguntó la madre de Merche.

-Sí.- Respondí.- No pienso arriesgarme a perdernos por el monte.

Tras marcar la posición en el mapa militar para no tener que depender de las señales del GPS nos pusimos en marcha hacia el picadero.

-Creo que hay dos caballos en la pista trasera.-Dijo Merche afinando la vista.

Aceleramos el paso. Las nubes taparon el cielo azul oscuro de la tarde. Queríamos estar a cubierto lo antes posible. Estábamos empapados por las lloviznas de la mañana, si seguíamos así mucho tiempo seguramente alguno caería enfermo y eso sería fatal.

Llegamos por fin a la puerta del picadero. Este quedaba a varios metros de la primera rotonda del pueblo. La puerta estaba cerrada y tuvimos que saltarla. Dentro la mayoría de las cuadras estaban vacías o con un animal muerto. Fuera encontramos tres caballos. Habían sobrevivido gracias a las hierbas que crecían en la pista y los frutos de los arboles que decoraban uno de los laterales dejando caer sus ramas sobre la arena.

Encontramos una zona de bar dentro del edificio. Una pequeña chimenea decoraba el centro de la sala. Sin pensarlo la madre de Merche encendió un fuego con las últimas pastillas de encendido que nos quedaban. “Hay que secar la ropa y preparar comida caliente” Nos dijo. Nos quedamos todos en ropa interior con las mantas que llevábamos en las mochilas a modo de capa. Teníamos que secar la ropa lo antes posible. Preparamos un par de sobres de sopa caducada que nos sentó tremendamente bien. El calor de la chimenea era muy agradable. En poco tiempo nos quedamos casi todos dormidos. Es lo poco que recuerdo del martes.

El miércoles por la mañana nos levantamos y la ropa estaba seca y calentita. La habíamos colgado del metal que coronaba la chimenea. Olía un poco a restos quemados pero se agradeció lo bien que estaba. El día se había despertado despejado. Merche y yo bajamos a las cuadras a buscar las sillas y riendas. Ella montó a caballo durante varios años y yo monté un par de ellos con ella. En uno de los cuartitos encontramos el material de equitación. También encontramos pienso para caballos.

-Vamos a darles de comer.-Dijo Merche.-Si los vamos a usar como mulas de carga será mejor que estén bien alimentados.

La verdad es que a pesar de que habían tenido acceso a comida no tenían un aspecto muy vigoroso. Nos acercamos a ellos. Estaban un poco asustados pero cuando me vieron sacar la carretilla con el pienso se les pasó el miedo. Parecía que nos agradecían la comida y se acercaron a nosotros sin problemas.

-Podríamos usar este para llevar las cosas más pesadas.-Dijo Merche mientras observaba y tocada a los caballos.- Este podríamos usarlo para llevar a Elena y a Laura cuando se cansen. Aquel podríamos usarlo para explorar y avanzar más rápido.

Les pusimos las mantas para que cogieran calor. Los metimos en unas cuadras donde les habíamos puesto agua y más comida. Los caballos fueron realmente agradecidos.

-¿Cuánto tiempo crees que deberíamos esperar? -Le pregunté a Merche mientras metía a uno de los caballos en la última cuadra.

-Yo creo que en unos tres días podríamos salir.-Respondió.-Están bastante mejor de lo que parecía. En cuanto coman un par de días y beban agua estarán listos.

-Bien.-Dije.- Vamos arriba y se lo contamos a los demás.

Cuando salimos de las cuadras reparé en una pequeña habitación. Dentro había un aparato de metal muy curioso. Un cilindro metálico de unos cien litros de capacidad colgaba del techo. A los lados había restos de madera quemada. Parecían hoguerillas que calentaban el metal. Tras un tubo de unos veinte centímetros colgaba una pera de ducha.

-No me lo puedo creer.-Le dije a Merche mientras me subía a un taburete.-Creo que vamos a poder ducharnos.

-¿Qué dices?-Dijo Merche con tono alegre.

-El depósito está lleno de agua, está un poco sucia pero hay por lo menos cien litros.-Le conté.-Encendiendo fuego a ambos lados tendremos agua caliente.

Estábamos contentísimos. Una ducha caliente, por fin. Subimos a contárselo a los demás. Hicimos un sorteo para establecer el orden de ducha. Me tocó el primero pero le dije a Merche que cogiera a Elena y se ducharan juntas las primeras. Tras ellas le tocó a Ana que le dijo a Gonzalo que se ducharan juntos y así usar menos agua. Después irían Ana madre y Laura. Por último me ducharía yo y limpiaría un poco a las perritas. Decidimos que lo mejor era abrir un poco el grifo y mojarse el cuerpo un poco. Enjabonarse y después con otro poco de agua terminar la ducha.

-Déjame la navaja.-Me dijo Merche antes de bajar a ducharse.

-¿Qué vas a hacer?-Pregunté.

-Voy a cortarme el pelo a melena.-Respondió.

Merche tenía el pelo bastante largo y estaba realmente sucio. Pensó que en lugar de gastar agua a lo tonto lo mejor seria dejárselo más corto. Hasta ese momento habíamos tenido la suerte de tener depósitos de agua abundantes pero desde el último supermercado el aseo se había complicado. Ana y Laura hicieron lo mismo en su turno de ducha. La madre de Merche ya llevaba el pelo a melena.

La ducha fue como estar en la gloria. Nos olvidamos por unos minutos de los problemas que teníamos. Fue como volver a la normalidad.

Para comer preparamos los trozos de carne de vaca que nos quedaban. Dejamos algunos para la cena junto a un par de sobres de sopa. Teníamos comida para unos cinco días y teníamos que pasar tres en ese lugar.

Los caballos comidan bien y se les notó mucho mejor por la noche. Estaban más animados que hace unas horas.

Tres días más. Encendí la radio militar y busqué el canal de contacto con el punto seguro. La señal era nítida, sin ruido pero no se escuchaba a nadie. Sabía que no estábamos cerca pero transmití el código, el número de personas y nuestra posición actual. No obtuve ninguna respuesta. Lo seguiría intentando todos los días. No nos responderían pero por lo menos sabrían que estábamos por allí.

ENTRADA 62

Lunes 28 Noviembre

Dos días sin poder movernos. Tuvimos que quedarnos en el refugio de pastores todo el fin de semana. Las lluvias y el viento eran abundantes. Con ayuda de algunas maderas que había tiradas por el suelo conseguimos levantar un pequeño tejado. Con las pastillas de fuego que venían en las raciones militares pudimos encender un pequeño fuego dentro de un cubo de pintura hecho de metal. Conseguimos alimentarlo de varios papeles, ramas, maderas y ropa rota que decidimos usar para mantener el fuego lo más posible.

Gonzalo y yo salimos un par de veces en busca de comida. Nos pareció oír vacas en algún lugar no muy lejano. Con una botella de plástico rellena con varios trozos de camisetas improvisamos una especie de silenciador. Sacamos la idea de una película que nos gusta bastante a los dos sobre un francotirador. Nuestra primera expedición no fue muy fructífera. Oíamos a las vacas pero el eco de la montaña y el silencio no nos dejaban establecer hacia dónde teníamos que ir. Al día siguiente decidimos ir en dirección contraria.

Nos acercamos mucho al pueblo y pudimos ver que de algunas casas salían algunos hilillos de humo junto a pequeños destellos. ¿Supervivientes o infectados? No íbamos a quedarnos para comprobarlo.

Para volver al campamento decidimos dar un pequeño rodeo y por fin vimos cuatro cabezas de ganado. Las vacas estaban bastante famélicas pero seguían manteniendo partes con bastante carne. Suficiente para nosotros.

-Bueno.-Dije.-Ha llegado el momento de probar el invento.

Ambos nos sonreímos. La idea era absurda pero en la película funcionaba. Nos acercamos poco a poco hacia las vacas. Gonzalo preparó un cuchillo y una mochila para cortar trozos de carne y poder llevárnoslos cómodamente.

Me aposté sobre una roca y apunté con tranquilidad a través de la pequeña mira del G36. Cuando tuve al animal en el centro apreté el gatillo. Un sonido ronco salió de la bocacha. Nos dio la sensación de haber metido un ruido tremendo pero no hubo respuesta del eco. Parecía que el silenciador había funcionado. Una de las vacas cayó desplomada al suelo. Le atravesé la cabeza de lado a lado. Las otras tres salieron corriendo en dirección contraria al cuerpo. Tuve que quitar rápidamente la botella. La camiseta que había dentro comenzó a arder.

-Date prisa.-Gritó Gonzalo que ya había comenzado a correr hacia el cuerpo.

Salté de la piedra. Al caer me quedé unos segundos escuchando el ambiente. Estaba preocupado por el sonido que había salido al disparar. No había sido muy fuerte pero podría haberse oído. Cuando me tranquilicé corrí tras Gonzalo.

Al llegar hasta él ya había comenzado a despedazar el cuerpo. Lo hacia rápidamente y cogiendo trozos grandes. No se paró a quitar la piel ni a limpiar la carne. Metía un trozo detrás de otro en la mochila. La sangre comenzó a acumularse en el fondo de la tela y gotear poco a poco.

Unos gruñidos nos sacaron de nuestra labor.

-¿Qué coño es eso? -Preguntó Gonzalo.

-Ni idea.-Le dije.

Me asomé por encima del cuerpo de la vaca. Miré a todos los lados posibles. Al fondo, entre unos arbustos vi varias formas.

-Mira.-Avisé a Gonzalo señalando hacia las formas.

Poco a poco las formas se fueron acercando. Estábamos realmente preocupados. Sólo habíamos traído un G36 y no creíamos tener muchas balas.

-Son perros.-Dijo Gonzalo.

Un sentimiento de terror me invadió. No estábamos preparados para enfrentarnos a unas bestias de ese calibre. Me incorporé y volví a mirar hacia los animales. Cuatro perros se acercaban hacia nosotros. Gruñían pero no tenían cara de rabia ni furia. Más bien parecían tremendamente asustados.

-Joder.-Suspiré aliviado.-Menos mal. No son perros mutantes.

Los perros se mantuvieron a una cierta distancia. Gruñían, se tumbaban y daban vueltas a nuestro alrededor. Estaban hambrientos. No eran muy grandes. Eran razas caseras y muy dóciles.

-Coge un trozo más y vámonos.-Le dije a Gonzalo.-Hemos cogido suficiente como para tres días y ya casi no podemos cargar más.

Nos incorporamos. Los perros recularon un poco desconfiados. Nos fuimos alejando de la vaca y de ellos poco a poco sin darles la espalda. Cuando estuvimos a unos cincuenta metros uno de ellos, el más pequeño, se acercó al cuerpo y comenzó a comer. Los demás nos miraban y al ver que seguíamos alejándonos se acercaron al cuerpo y se unieron al festín.

-Mira que pensar en alimentar perros.-Me dijo Gonzalo mientras nos alejábamos cada vez más.

-Mejor que no tengan hambre y que decidan atacarnos.-Le respondí-Lo agradeceremos.

Gonzalo hizo un gesto de afirmación. Eran pequeños pero cada vez había más. Si no comían podrían ser un serio problema para nosotros. Sobre todo para nuestras perras y para la pequeña Elena.

Esa noche comimos tranquilamente. La mañana del lunes siguió nublado y llovía abundantemente de vez en cuando. Decidimos darnos un día más. Amaneciese como amaneciese el martes continuaríamos nuestro camino.

ENTRADA 61

Viernes 25 Noviembre.

La mañana del viernes llegó muy rápido. Estábamos todos agotadísimos y dormimos muchísimas horas. Cuando me desperté y me di cuenta de la hora me quedé pensativo por un momento. Si habíamos podido dormir tanto era porque había tranquilidad en el exterior. En el fondo esa idea me preocupaba. Últimamente los momentos de descanso son el prólogo de una situación de extremo peligro. Lo cierto era que llevábamos varios días sin sobresaltos. Hemos tenido que abandonar a más familiares.

Me acerqué a las puertas de entrada. El sol lucia alto en el cielo pero el frío era intenso. Se notaba que estaba llegando al invierno. Nos quedaban unos quince kilómetros para llegar a nuestro objetivo. Desde donde estábamos se veía perfectamente La Maliciosa, montaña que flanqueaba a La Pedriza por su izquierda. Una de las opciones que barajamos con Bea era llegar hasta su base y tomar La Pedriza desde ella pero la habíamos descartado por el tremendo frío que hace en la zona. La decisión final fue tomar la "línea recta". Avanzaríamos por Cerceda, El Boalo y llegaríamos hasta Manzanares. El terreno tenía muy poco desnivel y pasaríamos por varios lugares en los que refugiarnos sin necesidad de entrar en los pueblos. Aún y todo, la situación seguiría siendo muy peligrosa.

-¿Qué haces? - La voz adormilada de Merche sonó a mis espaldas.

-Pensar.- Respondí mientras la abrazada y besaba.

-¿En qué?- Preguntó.

-En todo lo que está pasando, en lo que ha pasado y en lo que pasará.-Dije mirando hacia las montañas.-Lo veo tan cerca pero a la vez tan lejos. Es preocupante. Espero que lleguemos todos los que quedamos.

Merche no respondió. Se limitó a devolverme el abrazo y quedarse un rato en esa posición. Dentro los demás comenzaban a despertarse.

-Vamos a comer algo y a hablar con todos.-Le dije.- Deberíamos continuar hoy que hace buen día.

Nos metimos dentro. La noche anterior, la madre de Merche, había encontrado una bolsa de leche en polvo. Había caducado haría tres semanas pero nos arriesgamos a tomarla. Una bebida caliente que no fuera sopa sería de agradecer en ese momento. Elena, en una de sus aventuras con Yuko y Boni, había encontrado una bolsa de bollos, algo pisoteados pero en sus envoltorios. Así que nos dimos, todos, un desayuno como los de antes. Nos sentó increíblemente bien.

-¿Cómo lo vamos a hacer? - Preguntó Gonzalo.

-Pues iremos andando. No nos queda demasiado. Yo creo que hoy podríamos cubrir la mitad del camino para no cansarnos demasiado.-Respondí.- Si llegamos hasta Manzanares podríamos parar en el picadero que hay en las afueras y ver que tal están los caballos.

La idea gustó bastante a todos. Poder dejar de andar y tener varios caballos para avanzar y no tener que cargar con el equipo podría decantar la balanza hacia el lado de la supervivencia.

-Tengo una pregunta.-Dijo Ana, la hermana.- ¿Cómo nos van a dejar entrar en el refugio ese?

La verdad es que fue una pregunta que me extrañó mucho que no me la hubieran hecho antes. Aunque es cierto que las situaciones que hemos vivido no han dado tiempo a ninguno a pensar demasiado.

-Veréis -comencé- tenemos las coordenadas de la posición exacta del punto seguro. Esperemos que el GPS funcione por lo menos un momento para comprobar dónde se encuentra. De todos modos, en el mapa, tenemos la posición del pueblo con lo que más o menos podríamos establecer la situación del sitio a ojo.

-Pero vagar por La Pedriza por la noche y con el frío que hace será muy peligroso.-Comentó la madre de Merche.

-Sí. Estoy de acuerdo. Por eso tenemos que ir con cuidado y paciencia.-Respondí.- O por lo menos con la que nos permita la situación. No pretendo estar vagando por la montaña sin rumbo.

-Vale, eso para llegar pero yo quiero saber cómo vamos a entrar.-Volvió a comentar Ana.

-¿Recordáis que cogí una radio militar? -Continué.- Tenemos un canal privado por el que tenemos que comunicarnos cuando estemos cerca. Con un código especial que nos dieron debemos establecer contacto y saldrán a buscarnos.

-¿Y no podemos pedir la ayuda ahora? - Preguntó Ana de nuevo.

-No. Las instrucciones son claras. Solo actuarán si confirman que estamos dentro de su perímetro.-Respondí.-Según parece está vigilado por cámaras, radares y demás parafernalia de seguridad.

-Pero puede ser peligroso, ¿no?- La madre de Merche temía por nuestra seguridad.- Si nos confunden con infectados nos pueden matar.

-Ya, es un riesgo que habrá que correr.-Respondió Merche.- Pero es lo mejor que tenemos.

Lo cierto era que estábamos frente a un viaje peligroso con un final incierto en algunos puntos. Pero Merche y yo tomamos la decisión de ir allí para estar a salvo. No obligamos a nadie a venir pero les dimos la oportunidad de hacerlo. No es que dudasen ahora de estar allí. Tenían muy claro que no estarían vivos de haberse quedado en el pueblo pero después de todo lo sucedido fue normal que tuvieran esas dudas.

-Permaneceremos todos juntos.-Finalicé tratando de tranquilizarles.- O todos o ninguno.

Tras la pequeña reunión delante del desayuno comenzamos todos a prepararnos.

-Toma.-Merche me tendió una cajita de toallas húmedas para limpiar a los bebes.-Seguro que agradeces lavarte un poco.

Lo cierto es que limpiarme un poco con esas toallitas me sentó muy bien. Llevábamos varios días sin parar y no hemos podido asearnos bien. Algo de ropa colgaba de las barandillas de la escalera. La noche anterior lavamos con espráis de limpieza en seco la poca ropa que nos quedaba. Cuando llegué arriba Gonzalo salía de uno de los vestuarios. Se había cambiado de ropa. Llevaba puestos unos pantalones del ejército y un forro polar. Ana salió tras él igualmente vestida con unos pantalones del ejercito y un chaquetón. Entré en el despacho donde estaba el ordenador que usé ayer. El sait estaba apagado y el portátil ya no se encendía. La pequeña tarjeta 3g con la que pude conectarme a internet ya no parpadeaba. Me la metí en el bolsillo por si acaso.

En poco más de media hora estábamos todos preparados. Metimos en las mochilas todo lo que pudimos llevar de comida y agua repartiéndola equitativamente esperando no perder más de una en caso de problemas. Cada dos mochilas nos darían para comer dos días e hidratarnos tres a todos. Nos ajustamos las armas y salimos al exterior. La calma seguía reinando. Incluso se oyó algún pájaro que canturreaba a unos metros. El cielo se mantenía despejado.

Comenzamos a andar por la carretera. Tendríamos que llegar a una de las primeras urbanizaciones antes de meternos por el camino rural. El camino más rápido era esa pequeña carretera de unos tres kilómetros. Tardamos algo más de hora y media en conseguir recorrerlos. Sobre el grupo pesó un desagradable ambiente de inseguridad. La carretera estaba llena de vehículos quemados y destrozados. Algún que otro cráter producido por alguna bomba que no llegó a su objetivo decoraba los campos colindantes. Cientos de cuerpos yacían inmóviles en las cunetas y en el interior de los coches. Multitud de cascotes y restos de edificios descansaban humeantes allá donde alcanzaba la vista. Estaba claro que Cerceda había sido objeto de una purga como la del pueblo del que veníamos.

-Cuando lleguemos a la entrada de la urbanización tenemos que meternos e ir por la carreterilla que va hacia la derecha.- Dijo Gonzalo recordando las instrucciones de Bea.

Nos quedaban poco más de cien metros para llegar cuando se escuchó el rugir del motor de un camión que se aproximaba por la carretera. Debía de avanzar embistiendo los coches y restos que se encontraba por el camino porque se oían multitud de golpes secos que apagaban el sonido del motor de vez en cuando.

-Rápido.-Grité.-Todos detrás del muro.

Comencé a mover a todos hacia un muro cercano. Se encontraba a unos diez metros de la carretera pero estaba medio tapado por varios arbustos, algo quemados, que apenas conservaban hojas verdes. Fuimos tremendamente rápidos en ocultarnos. Gonzalo, Merche y yo nos quedamos en primera línea con los fusiles de asalto preparados. Ana, Laura, Elena y la madre de las chicas se acurrucaron tras unos restos de lo que parecía el frontal de una casa aún con los marcos de las ventanas y una pequeña campanilla colgada.

-Silencio.-Dijo Merche que oteaba la carretera por el hueco formado por las piedras en el muro.-Ya están ahí.

En un principio todos pensamos que trataría de un camión del ejército pero lo que apareció tras la curva fue un camión mediano de obra. Del frontal colgaba una pala de buldócer con la que iban apartando los restos. Estaba decorada con alambre de espinos en los bordes y unos ojos rojos pintados sobre fondo blanco miraban amenazantes hacia el frente. En la cabina pudimos ver a dos personas. Llevaban las caras tapadas con gafas de ventisca y gorros de lana. Del cuello colgaban unas maltrechas bufandas negras. El conducto dirigía el camión con destreza tratando de esquivar, en la medida de lo posible, los restos que bloqueaban la carretera. Cuando no podía hacerlo, aceleraba bruscamente y los golpeaba hasta que quedaban apartados del camino. El copiloto iba armado con un AK47 bastante viejo y usado. El volquete había sido transformado en una fortaleza móvil. En la pequeña cornisa que quedaba sobre la cabina se había montado un puesto de vigía. Un hombre con barba rugía, desde ella, órdenes para el conductor informándole de las mejores vías para avanzar. Tras él, la cuenca del volquete estaba decorada de la misma manera que la pala frontal. El alambre de espino se extendía por todo el reborde cortándose de vez en cuando para dejar una posición de defensa desde la que los hombres y mujeres de su interior pudieran disparar o arrojar lo que tuvieran a mano contra los atacantes. Los laterales estaban decorados con calaveras y palabras como "Muerte", "Juicio Divino", "Los Únicos" y todo tipo de palabrería sensacionalista que daba a entender que ellos se creían los elegidos. Las ruedas de todo el camión estaban tapadas con planchas de acero para protegerlas de ataques.

Cuando llegaron a una gran acumulación de coches entre los que había un camión de los supermercados Gigante, el vehículo redujo la marcha y de su parte trasera bajaron cuatro individuos. Tres hombres y una mujer corrieron hacia los coches y el camión. Rebuscaron rápidamente entre los restos de coches pero no encontraron nada de interés. Del camión bajaron dos de ellos bastante contentos.

-Hemos conseguido algo de comida.-Gritó uno de ellos.-Esta caducada pero puede servir.

No hubo ni una sola pelea. Los hombres entregaron la comida a otro que les esperaba en el camión. Llevaba unas enormes gafas y apuntaba, con una sonrisa en la boca, lo que le habían entregado en un cuaderno medio deshojado. Los demás volvieron a rastrear la zona. Un grito sacó a todos de su alegría.

-Mierda.-Gritó el hombre que iba en puesto de vigía.-Los demonios se acercan. Subid, rápido.

Los cuatro individuos dejaron lo que estaban haciendo y corrieron hasta el camión. Subieron veloces y se pusieron de nuevo en marcha. Los gritos se hacían cada vez más cercanos y fuertes. El camión no encontraba un camino despejado y se entretenía demasiado quitando los coches que estaban en el medio.

-Date prisa.-Gritó de nuevo el hombre del puesto vigía.-Les veo al fondo. Son diez, creo.

En la parte de atrás se afanaban en poner una serie de placas con pinchos que formaban una pequeña cúpula sobre el volquete. Varios se colocaron con sus escopetas y rifles de caza en los agujerillos que quedaban.

-Joder.-Se oyó dentro del volquete.-¡¡Preparaos, nos cogen!!!

En poco tiempo una docena de infectados atacaron el camión. Lanzando piedras, golpeándolo con palos y disparando algunos rifles contra las placas de metal. Del interior del vehículo comenzaron a escucharse los primeros disparos.

-Por la izquierda, por la izquierda.-El vigía dirigía la defensa.

El fuego del interior se concentro en el lateral izquierdo. Varios infectados cayeron fulminados por los disparos casi a bocajarro que salían desde el volquete.

-Tened cuidado en la retaguardia.-Gritó de nuevo el hombre.-Van a...-Un infectado saltó sobre la cabina, a sus espaldas. Le agarró de la cabeza y tiró de él fuera de su puesto. Le dio un tremendo cabezazo, varios puñetazos y lo arrojó hacia la carretera.

El hombre trató de incorporarse pero recibió una embestida que lo arrojó contra una placa de metal de las que cubría las ruedas. La mala suerte quiso que se quedara enganchado entre la placa y la rueda y comenzó a girar a la velocidad del vehículo dejando un rastro de sangre contra el asfalto y el camión. Los gritos de dolor se debían escuchar a kilómetros. Cuando la rueda avanzó un poco el destrozado cuerpo se cortó en dos al chocar contra la placa de metal.

En el tiempo que nos fijamos en esa escena. Varios infectados habían arrojado unas piedras enormes contra el tejadillo de placas que habían formado en el camión. El peso y tamaño de las piedras hizo que una de las placas cediera y cayera en el interior. Los gritos de la gente aplastada surgían del interior.

-Socorro.-Gritaba una voz.-Tengo la pierna atrapada. ¡¡Duele!!

Una mujer lloraba y chillaba. Los disparos no cesaron. Dos infectados saltaron al interior del vehículo. Los golpes de las balas contra el metal sonaban como un martillo que golpeaba con fuerza. Uno de los infectados salió disparado por el hueco dejando sus sesos esparcidos por el volquete. Más gritos, más disparos. Dos individuos del camión fueron arrojados al exterior. Trataron de levantarse pero fueron cazados por otros dos infectados que comenzaron a arrancarles los brazos y piernas. Del camión volvieron a salir los disparos contra el exterior. Seguramente habían reducido a su asaltante. Por fin, el conductor encontró una vía despejada. Para desgracia nuestra era la entrada de la urbanización. Sin pensarlo se metió dentro. Los disparos perdidos hicieron que nos ocultáramos más detrás del muro. Las balas golpearon la piedra y los zumbidos nos pasaban por encima de nuestras cabezas.

Los restos de la batalla se dejaron ver en la carretera. Tres cuerpos de los individuos del camión decoraban macabros varios puntos. Seis cuerpos de infectados en posturas imposibles descansaban a lo largo del corto camino que había recorrido el vehículo. Los disparos se seguían escuchando dentro de la urbanización.

-¿Qué hacemos? - Preguntó Gonzalo.- Se han ido por donde tenemos que ir nosotros.

-No se.-Miré hacia la urbanización con cara pensativa.

-No, no, no.-Merche se olía lo que pasaba por mi cabeza.-Ese camión nos vendría muy bien pero hay demasiada gente. Infectados y no infectados, unos son peligrosos pero los otros no lo sabemos.

-Con ese camión podríamos llegar a Manzanares sin problemas.-Les dije.

-Si claro, pero has visto que llama la atención.-Dijo Gonzalo.-No creo que sea buena idea.

-Pero tenemos que ir por allí.-Respondí.-La otra opción es ir por el pueblo y no sabemos lo que nos vamos a encontrar.

La cosa se complicó. Los disparos bajaron de ritmo y se oían más lejanos.

-Yo creo que se han ido hacia el interior de la urbanización.-Dijo Merche.-Nosotros tenemos que ir por la calle que esta nada más entrar a la derecha.

Estaba claro a dónde quería llegar.

-Está bien.-Dije.-Vamos lo más rápido que podamos. Si vemos problemas nos metemos en alguno de los chalets.

Les hicimos una señal a las demás que aún permanecían ocultas. Cogimos todas las cosas y corrimos hacia la urbanización. Al llegar a la entrada nos paramos todos y me asomé. Varios cuerpos más descansaban sobre el asfalto. Vi que uno de ellos se arrastraba mal herido.

-Creo que es uno de los del camión.-Dije.

-Pasa de él.-Dijo Gonzalo.-Esta arrastrándose en dirección contraria a la que tenemos que coger.

Pasamos corriendo por la entrada y nos dirigimos hacia la calle por la que teníamos que avanzar. No le quitaba ojo al cuerpo que se arrastraba tras nosotros.

-¡¡Cuidado!!- Grité al grupo.-¡¡Agachaos!!

El individuo reparó en nosotros y levantó una pistola hacia nuestra posición. Sin pensarlo le apunté con el G36 y descargué una ráfaga contra él. Cayó al suelo.

-Joder.-Dije.-Espero que esto no haya llamado la atención.

Todos se levantaron de nuevo y continuamos corriendo. Cogí a Elena en brazos. Los disparos del ataque al camión cesaron. El silencio que comenzó a rodearnos se tornó realmente preocupante e incomodo. Nos sentíamos mucho más seguros sabiendo que aún se estaban peleando. Unos gritos muy familiares resonaron en las calles. Los infectados habían ganado el combate. Lo cierto era que no parecían tan numerosos como al principio pero estaba clarísimo que estábamos en peligro.

-Mira.-Me dijo Merche.

Una columna de humo comenzó a elevarse por encima de los tejados de las casas. Estarían a tres o cuatro parcelas de nosotros.

-Seguid corriendo.-Ordené a todos.-No pararemos hasta que lleguemos al camino rural.

-Tiene que estar por aquí cerca.-Dijo Gonzalo que continuaba repasando mentalmente el plan que nos dio Bea.

Tras varios metros, en los que apenas podíamos correr e íbamos andando lo más rápido que las piernas nos permitían, vimos la puerta de metal que separaba el camino de la urbanización. Nos sentimos aliviados. Gonzalo se adelantó y lanzó su mochila al otro lado antes de llegar. Apoyándose en un montón de piedras que había en un lateral se aupó y salto la puerta.

-Vamos, daos prisa.-Nos alentaba desde el otro lado.

Llegamos todos y le entregué a Elena por encima de la puerta. Gonzalo la cogió y la dejo al otro lado. Merche le dio la bolsa con Boni. Después saltaron Laura y la madre de las chicas. Ana, la hermana, comenzó a saltar. Las fuerzas le faltaban y no podía darse el impulso necesario. El maldito grito se oyó a nuestras espaldas.

-Joder.-Dije mientras me daba la vuelta.

Tres infectados nos miraban desde una de las calles. Sus caras mostraban incredulidad a la vez que ansias. Más víctimas en poco más de unos minutos. Les había tocado la lotería.

-Rápido.-Grité colocándome el G36 para disparar.

No tenía ni idea de cuantas balas quedaban en el cargador. No lo había comprobado antes de salir. El fusil perteneció a uno de los soldados que asaltaron el pueblo hace días y lo disparó varias veces.

Los tres infectados arrancaron contra nosotros. Me dio la sensación de que eran mucho más rápidos. Se abrieron para abarcar todas nuestras vías de escape. Merche se colocó a mi lado.

-No, no.-Le dije.-Ayuda a tu hermana a saltar.

Disparé la primera ráfaga. Alcancé en el estomago a mi objetivo que cayó dando una voltereta hacia delante y con ese mismo impulso se volvió a poner en pie. Sangraba abundantemente y sus intestinos se iban saliendo con cada sacudida de la carrera pero no parecía importarle. "Me cago en la puta" Pensé para mí. Disparé una nueva ráfaga. Esta vez contra el que venía por mi izquierda. Le alcancé en el brazo y en el cuello. Como si de una fuente se tratara la sangre a presión que pasaba por su arteria carótida comenzó a manar de su cuello. Su carrera cada vez era más lenta. No apartaba los ojos de mí y tras unos pasos se derrumbó. Comenzó a arrastrase con sus últimas fuerzas. Gritaba desesperado, desencajado por no poder llegar hasta nosotros.

-Borja, cuidado.-Gonzalo me alertó desde la puerta.

Una ráfaga salió de su fusil pasando a escasos centímetros de mi cabeza dejándome medio sordo por el zumbido de las balas. Cuando me giré vi que el infectado que vino por ese lado había recorrido en pocos segundos la distancia que nos separaba y se dispuso a lanzarse sobre mí. Las balas de Gonzalo le acertaron en la cabeza haciéndola desaparecer y provocando que el cuerpo se lanzara sobre mi tirándome al suelo.

Ana por fin consiguió saltar la puerta. Merche se lanzó hacia mí para ayudarme a levantarme. El infectado al que le había sacado las tripas se lanzó sobre ella. Con los ojos desencajados comenzó a zarandearla. Le agarró del cuello y la empezó a estrangular. Me levanté lo más rápido que pude y estrellé la culata del fusil contra su cabeza. Merche consiguió escapar de su estrangulamiento. El infectado se giró hacia mí y descargue con toda la fuerza que tenía un nuevo golpe contra su cabeza. Cuando cayó al suelo le metí la bota en los agujeros del estomago haciendo que la piel se desgarrara e introduciendo todo el pie hasta la mitad de mi espinilla en su interior. El infectado comenzó a revolverse de dolor pero me golpeaba con fuerza la pierna. Le apunté con el fusil y disparé. Me había quedado sin balas. Descargué un nuevo golpe con la culata sobre su nariz la cual se rompió en mil pedazos. Quedó inmóvil bajo mi pie. Le había incrustado los huesos en el cerebro.

-¿Estás bien? - Le pregunté a Merche.

-Sí.-Me respondió mientras recogía su mochila y se disponía a saltar la puerta.

Saqué el pie del cuerpo del infectado. Me di la vuelta para saltar detrás de Merche. Me placaron con fuerza. Sentí como la sangre me corría por la cara. El infectado se levantó y me atacó de nuevo. Tenía casi todos sus intestinos colgando y la cara le sangraba abundantemente. Me golpeó con fuerza. Su sangre me salpicaba con cada movimiento.

-¡¡Borja!! - Gritó Merche que estaba a medio camino de saltar.

Me revolví como pude y conseguí tumbarme boca arriba. Paré los puñetazos que me lanzaba con rabia. Le clavé la rodilla en los agujeros del estomago. Parecía que eso ya no le hacía efecto. Estuvimos forcejeando un buen rato hasta que, de repente y para mi sorpresa, los ojos del infectado se quedaron en blanco y cayó como un plomo encima de mí.

-¿Estás bien?-Merche gritaba al otro lado.-¿¿Estás bien??

-Sí, sí.-Respondí mientras me incorporaba observando detenidamente el cuerpo del infectado.

Recogí el fusil y me fui hacia la puerta de metal. No le quité ojo al cadáver. Estaba convencido de que iba a levantarse de nuevo. Pero allí se quedó.

Salté la puerta y Merche me recibió con un fuerte abrazo. Les conté lo que pasó y todos pusieron la misma cara de asombro que puse yo cuando lo viví.

-Continuemos.-Dije.-Hemos perdido mucho tiempo con todo esto.

El camino de tierra estaba tomado por la maleza. Se notaba que hacía tiempo que no pasaban por allí los tractores ni camiones que llevaban comida al ganado de los campos. Al llegar a una intersección de caminos tomamos el que avanzaba hacia la izquierda. Seguir recto nos llevaba al pueblo y a las columnas de humo que se veían al fondo. Siguiendo ese camino llegaríamos a otra vía que nos llevaría directos al siguiente pueblo. Pasaríamos de largo y entraríamos en La Pedriza. El camino acababa en Manzanares, al lado del picadero del que hablamos unas noches atrás. Seguíamos con la idea de ver si los caballos seguían allí antes de meternos de lleno en el parque natural.

La luz comenzaba a abandonarnos y el frío era más intenso. Nos estaba costando mucho avanzar. En una situación normal podríamos cubrir unos cuatro kilómetros en algo más de una hora. Pero esto no era normal. Ninguno estábamos con energías. Recorrimos unos tres kilómetros en casi cuatro horas. Teníamos que parar. Pasamos de largo el pequeño pueblo por el que cruzaba el camino. La madre de Merche recordaba que por la zona había un refugio. Las montañas comenzaban a imponerse ante nosotros y antiguamente había varias casetas que servían de cobertura para los pastores. Tuvimos que salir del camino unos cuantos metros hasta que dimos con una de ellas. Estaba medio derruida pero sería el mejor lugar que encontraríamos en esos momentos.

jueves, 24 de noviembre de 2011

ENTRADA 60

Eran las seis de la tarde. Hacía doce horas que Igor y Bea nos abandonaron por el bien del grupo. Ambos tuvieron la mala suerte de caer en manos de los infectados y fueron contagiados con el maldito virus.

Los ánimos estaban por los suelos. No sé cómo lo vamos a hacer pero deberíamos abandonar el lugar lo antes posible. Me fio de que el Igor y la Bea sanos no nos ataquen pero no puedo afirmar lo mismo cuando se infecten definitivamente.

Mientras todos descansaban abajo, subí a la planta superior. El pasillo, de unos veinte metros tenía cuatro puertas a cada lado. Dos de ellas eran vestuarios, una la cocina donde encontramos a Gonzalo y a Bea, dos eran pequeños almacenes y tres despachos.

Entré en el primer almacén. Al fondo de la habitación había un cuadro de mandos. Parecían todos los diferenciales del edificio. Los conecté todos. No hubo respuesta. La luz no funcionaba. Seguramente los bombardeos habían destrozado todas las infraestructuras que abastecían a la sierra. El otro almacén estaba lleno de utensilios de limpieza. Los despachos eran pequeños cubículos con una mesita en el centro precedida por dos sillas para invitados. Un ordenador portátil descansaba sobre cada una de ellas. En los dos primeros los ordenadores no funcionaban. En el tercero el portátil tenía algo de batería. Estaba enchufado a un pequeño sait que ya pitaba por la falta de energía.

Con la tranquilidad del momento aproveché para actualizar todas las entradas que me faltaban en el blog. Recordar todo lo sucedido fue muy duro pero no quiero que nada se pierda y ningún detalle se me olvide. La web del correo electrónico no funciona. Pocos sitios están activos. Parece que está llegando el apagón tecnológico. La verdad es que es lo más normal, poca gente quedará que pueda realizar el mantenimiento y mantenerlos en funcionamiento.

Elena acababa de subir, adormilada con Yuko en brazos. Quería ver una película de Disney.

-Pero no tengo ninguna pequeña.-Le dije.

-Yo sí.-Me respondió mientras me tendía el DVD de Blancanieves.-Lo cogí de la casa donde vivíamos.

La pequeña había cogido la película de la casa donde nos refugiamos en Alpedrete. Ese DVD se había convertido en su favorito desde la primera vez que se lo pusimos en el reproductor portátil. Se lo puse. A los diez minutos se quedó dormida. Cogí a las dos en brazos y bajé a dormir junto a Merche.

ENTRADA 59

Miércoles 23 Noviembre. 03.45 Horas.

De madrugada nos despertaron los gritos de Igor. Estaba teniendo sueños febriles. Deliraba gritando, parecía que buscaba algo y no lo encontraba, produciéndole una sensación de ansiedad que iba incrementando por momentos. Al tocarle le notamos tremendamente caliente. Su temperatura corporal era excesivamente alta. Bea nos dijo que comenzó a encontrarse mal por mañana y que por eso no se ofreció voluntario para entrar en el supermercado.

Le abrí los ojos. Sus pupilas estaban inusualmente dilatadas. Las venillas de los globos oculares se habían hinchado. Miré a Merche con cara de preocupación.

-Me temo que se ha infectado.-Dije decaído.

-¡¡No puede ser!! - Bea gritó y se agachó a su lado.

"¿Pero cómo?" Me pregunté. Que supiéramos no habían tenido contacto con infectados. Supuestamente, cuando se quedaron atrapados en el supermercado del pueblo, no les atacaron y consiguieron huir sin problemas. "¿O no?" Me dije mirando a Bea.

-Bea.-Dije.- ¿Cómo escapasteis del supermercado?- Ella me miró asustada.- Sergio dijo que prendieron fuego al local cuando estabais dentro.

Rompió a llorar. Se quitó la camiseta, quedándose solo con el sujetador. Su cuerpo estaba lleno de pequeños cortes. Todos habían cicatrizado de manera extraña. Las costras que se formaron en cada uno de ellos parecían podridas, algunas rezumaban algo de pus anaranjado. Hizo lo mismo con Igor. Al igual que ella, su cuerpo estaba lleno de pequeñas heridas mal curadas, tenía mucha más cantidad.

-Nos cogieron dentro del supermercado.-Comenzó a contar su historia.-Vimos como se llevaban a Sergio. Lo arrastraban por la calle, parecía muerto. Estábamos realmente asustados. Nos llevaron a uno de los chalets cercanos. La piscina estaba llena de cadáveres, había muchísima sangre.- El recuerdo de lo que les sucedió le provocada temblores.- No nos dijeron nada. Nos desnudaron y comenzaron a hacernos cortes con varias navajas. Después de eso nos colgaron de unos ganchos y nos introdujeron en la piscina. La sangre y los cuerpos nos golpeaban por todos lados. No sé cuánto tiempo nos tuvieron allí metidos. Ambos nos desmayamos por el olor y el dolor producido por los cortes. Cuando despertamos estábamos tirados en el fondo de la piscina sobre todos los cadáveres. No había nadie. Nos vestimos y salimos corriendo. Estábamos convencidos de huir. No queríamos volver y ser un peligro para vosotros. Recordamos lo que nos contó Merche la noche que nos encontraron. Lo que habían vivido con la madre de Elena. Pero cuando saltamos el muro os oímos al otro lado y vimos que estabais en peligro. No pudimos evitar ayudaros.

El silencio reinó durante mucho tiempo. Estábamos tratando de digerir esa horrible historia. Íbamos a perder a dos miembros de la familia.

-Cof, cof.-Igor recuperó el sentido un momento.-Dejadnos... ir.-Dijo sin casi fuerzas.-Dejadnos... ir.

-Estábamos planeando marcharnos esta noche.-Continuó Bea.-Pero cuando he ido a despertarle estaba así.

La decisión estaba clara pero era difícil de llevar a cabo. Las hermanas se negaban a dejarles solos en el exterior pero a la vez sabían que allí serian un peligro mayor para nosotros. Además sería peor tener que matarlos a sangre fría. Tras un par de horas, en las que Igor se recuperó un poco y ya se mantenía en pie, Bea tomó la decisión y habló con su familia.

Dejamos a las cuatro hermanas y a su madre un rato a solas. Todas lloraban y se abrazaban. Igor se despidió de todas y Gonzalo y yo le ayudamos a salir a la calle.

-Tampoco es que nos hayamos conocido mucho.-Comenzó a decir mientras miraba el cielo estrellado.-Pero sois muy buena gente. Creo que nos habríamos llevado muy bien.

-No lo dudes.-Dijo Gonzalo.

Yo no pude decir nada. Desde que empezó esta mierda he tenido que dejar a mucha gente atrás, he tenido que matar a demasiada gente. La rabia y la impotencia me consumían y no me dejaban hablar. Recordé a mis padres y sentí mucha desesperanza. No sabía nada de ellos desde hace mucho tiempo. Tampoco sabía la suerte de mi hermana. Me sentí egoísta y cobarde por no haber insistido más e ir a buscarles quisieran o no. no pude evitar derramar algunas lágrimas. Gonzalo me miró. Después de diez años, como cuñados, sabia reconocer mi estado de ánimo. No dijo nada. Igor se preguntó que tal estaría su Madre. Vivía en Madrid y tampoco sabía nada de ella desde que había estallado la infección. Nos encontramos todos pensando en ese momento en la gente que conocíamos y en nuestros familiares, en la suerte que habrían corrido esos días.

La familia de Merche salió por la puerta del supermercado. No lloraban pero estaban tremendamente tristes. Bea se acercó a nosotros. Abrazó a Gonzalo y después a mí.

-Cuida de Merche.-Me dijo al oído.- Espero que os vaya bien.

Tras un rato de nuevos abrazos y alguna lágrima más. Igor y Bea se perdieron en la oscuridad. Cuando casi no les veíamos comenzaron a correr, se dirigieron hacia el pueblo del que habíamos huido. Por la carretera, no querían ocultarse, ya no.

Nadie pudo dormir más aquella noche.

ENTRADA 58

Martes 22 Noviembre. 11.15 Horas.

Tras la tardía cena que nos dimos, nos quedamos todos durmiendo. Hace un par de horas que me he despertado. Aún están casi todos descansando. Aproveché para salir al exterior y comprobar la situación. Un resplandeciente sol brillaba en lo alto. Una ligera neblina cubría el suelo del monte. El olor a quemado aún dominaba el ambiente. Desde el establo podía ver las enormes columnas de humo que se elevaban amenazantes en múltiples puntos de la sierra. El sonido de los aviones había cesado, hace unas cuatro horas que pasó el último avión. Encendí la radio que le quité a un soldado. Crepitaba constantemente y de vez en cuando se oían lo que parecían voces. Las interferencias eran abundantes y fui incapaz de descifrar lo que decían.

Subí un poco más. Aún quedaban unos cincuenta metros para estar en la parte más alta del monte. Una enorme antena de repetición lo coronaba. Poco quedaba de su forma original. Varios trozos se repartían por el suelo y la parte alta estaba retorcida hacia abajo.

Cuando llegué el espectáculo que se extendía ante mí era increíble. Desde mi posición se veían cuatro pueblos. Bueno, lo que quedaba de cada uno de ellos. Donde antes se extendían cientos de casas y carreteras ahora sólo había escombros, chatarra, cenizas y decenas de cráteres producidos por las bombas. Muchos de ellos aún tenían varios incendios en diversos puntos. Me pareció ver, en una explanada, una fortificación militar. Cientos de bloques de arena formando muros, garitas móviles, camiones verdes y tiendas de campaña enormes totalmente abandonados. "Quizá podemos hacernos con un Humvee" Pensé, pero en un momento se me fue de la cabeza. "Muy listo, ¿y cómo pretendes pasar por las carreteras destruidas?" Mi propia mente se contradecía a sí misma. "Podríamos ir por los caminos forestales." "¿Te los conoces? porque yo no." Una pequeña conversación se formó en mi cabeza. Estaba claro que no era buena idea pero estábamos lejos de La Pedriza. El viaje a pie sería muy duro.

-¿Borja?-Una vocecilla me habló mientras una pequeña manita me tiraba del abrigo.- ¿Qué te pasa?

Elena se encontraba a mi lado, resoplando por la carrera que se había dado para llegar a mi lado. Merche, Yuko, Boni y ella habían subido detrás de mí unos minutos después de que yo saliera del establo. Las perritas correteaban por el monte. Merche se acercó a mí y me dio un beso.

-¿Estás bien? - Preguntó

-Sí. Bueno, lo bien que se puede estar en esta situación.-Respondí mientras cogía a la niña en brazos.- Es alucinante lo que pasó ayer.

-Es una mierda.-Respondió Merche mirando el espectáculo que se extendía frente a nosotros.- Todo esto es un asco.

Nos quedamos un rato allí los tres mirando lo que quedaba de la sierra de Madrid. Las perras, ajenas a todo, correteaban detrás de un ratoncillo de campo.

-¿Les habéis dado de comer? - Pregunté refiriéndome a ellas.

-Sí. Ahora mismo.-Respondió Merche.- Elena les ha dado un poco de carne.

-Se la han comido toda.-Dijo la pequeña.- Yuko me ha mordido el dedo.-Dijo sonriendo mientras me enseñaba su pequeño dedo índice.

-Ay, ¿y te ha hecho daño? - Le pregunté achuchándola.

-No.-Respondió entre carcajadas.

Los tres nos estuvimos riendo un buen rato. La niña estaba alegre y nos contagió un poco. Estoy convencido de que sabe lo qué pasa en el mundo pero no pierde la inocencia ni las ganas de reír y jugar. Es un rayo de esperanza para nosotros.

-Pues sí que estáis animados esta mañana.-La voz de Ana, la hermana mayor, sonó a nuestro lado.

Ella y Gonzalo subían hacia nosotros. El sol de esa mañana era tremendamente agradable y en lo alto del monte, a pesar del ambiente creado por el humo de los incendios, la sensación sobre nuestras caras era cálida. Un pequeño viento frío nos encogió a todos pero por un momento se llevó con él el penetrante olor de la destrucción que nos rodeaba. Por un momento sentimos un olor fresco, vivo.

-Vamos al establo.-Les dije a todos.-Tenemos que ponernos en marcha.

Por un momento todos me miraron con cara de suplica. "Un rato más, por favor" decían todas las caras. Les sonreí a todos y comencé a bajar hacia el establo. Al llegar vi a la madre de Merche en la puerta, desperezándose.

-Buenos días.-Me dijo.

-Buenas, ¿has descansado?

-Más o menos.-Respondió

Bea e Igor salieron del establo. Ambos con unas tremendas caras de sueño.

-Jo, que buen día hace.-Dijo Bea.

-No os relajéis mucho que dentro de un rato tenemos que comenzar el viaje.-Les dije.

-¿Dónde están mis hermanas? - Preguntó Bea.

-Allí arriba. - Respondí señalando hacia los restos de la antena. - Tomando el sol y viendo el espectáculo.

Los tres se dirigieron hacia arriba. Yo entré en el establo y comencé a recoger las cosas que teníamos. No era mucho pero no podíamos permitirnos perder nada. Guardamos en varias bolsas los trozos de carne del ternero. Por lo menos hoy podríamos comer y cenar tranquilamente. Gonzalo y yo pudimos hacernos con seis raciones de combate y tres paquetes de pan galleta. Eso nos daba comida para todos durante dos días si las racionábamos bien. Entre los principales y los acompañamientos lo podríamos estirar. Aún nos quedaban cinco botellas de agua de litro y un par de cantimploras casi llenas.

Volví a salir. Encendí de nuevo la radio y los mismos sonidos surgían del altavoz. Parecía gente hablando pero era incomprensible lo que decían. Ya bajaban todos hacia el establo.

-¿Hacia dónde está el supermercado? - Pregunté en general.

-Pues si la carretera está en aquella dirección,-respondió Bea pensativa-debería estar bajando por aquella finca.-Dijo señalando una tapia de cemento que se situaba a unos ochenta metros de nosotros.

-Creo que deberíamos intentar ir allí.-Comenté al grupo.-La comida escasea y el agua será un problema en breve. Con suerte aún estará en pie. ¿Estaba en las afueras del pueblo, no?

-Sí. Más bien lejos.-Respondió Igor.-No creo que lo hayan bombardeado.

-Bien.-Dije.-Haced lo que necesitéis y preparaos. No quiero estar a la intemperie por la noche. Tendremos unas siete horas de luz.

Todos se metieron en el establo y cogieron sus mochilas y las bolsas que habíamos rescatado de la casa antes de abandonarla a toda prisa. Gonzalo, Merche y yo llevábamos los G36, Ana, la hermana mayor, y Bea llevaban las escopetas. Igor no se sentía cómodo llevando un arma así que se hizo con uno de los cuchillos desbrozadores. La madre de Merche prefirió no llevar nada.

El descenso del monte fue de lo más tranquilo. Ya no nos preocupamos por las minas y fuimos saltando de finca en finca. En una de ellas tuvimos que salir todos corriendo y saltar lo más rápido que pudimos a la colindante. Un toro bravo se lanzó sobre nosotros. Menos mal que estaba lejos y Elena nos aviso a todos. "Una vaca negra viene corriendo" Dijo la pequeña apretando la mano de Merche. Un buen susto pero no pudimos evitar reírnos todos. Sobre todo cuando Gonzalo se quedó enganchado en el muro de piedra al tratar de saltarlo haciendo una voltereta y cayendo de bruces como una torpe marioneta. "Eso me pasa por hacer el payaso" Dijo levantándose.

Aprovechando el momento saqué el mapa y el GPS. Los satélites no funcionaban pero la brújula estaba operativa.

-Tenemos que ir hacia aquí.-Dije señalando en el mapa el pueblo cercano al supermercado.- Hay que bajar hacia allí.-Señalé la diagonal que cruzaba la finca de la que acabábamos de huir indicado por la flecha de la brújula.

-Bajemos por aquí,-Dijo Igor-hasta que pasemos la finca del toro y nos metemos en la siguiente.

Nos levantamos todos y continuamos caminando. La finca era bastante grande. Por fin encontramos un pequeño camino de tierra que bajaba hacia la carretera.

-¿Vamos por aquí? -Pregunto Ana.

-Sí.-Respondió Gonzalo.-Yo creo que desde este camino cogemos la pequeña urbanización de chalets que hay cerca del supermercado.

La tranquilidad del ambiente era tal que nos decidimos por bajar a través de ese camino. Antes de enfilarlo nos metimos en una pequeña casa derruida y abandonada hace años. Preparamos un poco de la carne del ternero que teníamos guardada y comimos. Descansamos un par de horas antes de continuar. El sol se fue ocultando tras algunas nubes.

-Parece que va a llover.-Dijo la madre de Merche.

-Vamos a darnos prisa.-Ordené al grupo.-No sería bueno que la lluvia nos pille en el exterior.

Nos colocamos de nuevo el material y apretamos el paso mientras bajábamos por el camino de tierra. Tras una hora de caminata los tejados de los chalets comenzaron a asomar por encima de los arboles. La destrucción no había llegado a esa zona. Se parecía mucho a la que habíamos abandonado el día anterior. Una pequeña colonia de unas doce casas. Todas abandonadas, todas cerradas. Por un momento dudamos en quedarnos allí o continuar.

-Se ve el supermercado desde aquí.-Dijo Bea desde la entrada a la colonia.

Decidimos continuar. El supermercado se encontraba a escasos doscientos metros de nosotros. En su parking descansaban varios coches, casi todos destrozados o abandonados con sus puertas abiertas. Los cristales del edificio habían desaparecido. Supusimos que por las explosiones de ayer aunque no lo podíamos afirmar con certeza. Teníamos que tener en mente que era posible que ya hubieran asaltado el lugar y no quedase nada. Incluso que tuviéramos que enfrentarnos a alguien allí dentro.

La entrada al supermercado estaba bloqueada por una barricada. Las puertas correderas se encontraban abiertas. Aunque eso hubiera dado igual, los cristales estaban tirados por los suelos hechos pedazos. Gonzalo, Merche, Bea y yo saltamos la barricada. Los demás se quedaron parapetados tras unos contenedores cercanos cubriendo la salida y la entrada al parking.

Merche y yo comprobamos la planta principal. Gonzalo y Bea subieron a la zona de oficinas. Los estantes de comida estaban desordenados, miles de cajas tiradas por los suelos explicaban que ese lugar había sufrido varios saqueos. La estampa nos recordaba tremendamente a la del Mercadona. Un escalofrío nos recorrió el cuerpo cuando recordamos el ataque que sufrimos el día que fuimos a por comida. Por un momento nos quedamos mirando hacia la puerta principal. Nos quedamos pensativos pero recordamos que la situación era distinta. Fuera teníamos gente que nos avisaría en caso de problemas. Continuamos andando por los pasillos buscando los de comida envasada y las sopas preparadas. Al girar hacia la derecha dimos con un estante elevado donde descansaban tres garrafas de cinco litros de agua. Sin dudarlo escale por los estantes bajos y se las fui pasando a Merche que las iba dejando a sus pies.

Un fuerte golpe en el piso superior nos puso en guardia. Estuvimos unos segundos esperando nuevos ruidos pero el silencio dominó el lugar.

-¿Qué hacemos? - Preguntó Merche. El temor a que Gonzalo y Bea se hubieran encontrado con problemas crecía en nuestro interior.

-No sé. - Respondí.

Mi mente se debatía entre conseguir comida, por lo menos algunas latas para sobrevivir unos días, o subir a comprobar si estaban bien. Un nuevo golpe, más fuerte que el anterior, se escuchó de nuevo. Tras él, varios golpes más.

-Joder.-Grité y ambos salimos corriendo hacia las escaleras.

Cuando llegamos al piso de arriba nos paramos en seco. El lugar estaba oscuro. No había ventanas y un extenso pasillo se abría ante nosotros. Nuevos golpes surgieron al fondo, en la parte más alejada de nuestra posición.

-¿Gonzalo? -Dijo Merche en un tono poco elevado.

No obtuvimos respuesta. El silencio se hizo de nuevo. Tras unos segundos, los golpes comenzaron de nuevo.

-Mierda.- Dije por lo bajo.- ¿Gonzalo? - Grite más alto tratando de superar el volumen de los golpes. Éstos volvieron a apagarse. Un susurro sonó al fondo.

Nos pareció más un gemido que una voz normal. Nos temíamos lo peor. De nuevo los golpes comenzaron a sonar.

-No hay más remedio.- Le dije a Merche mientras me colocaba el G36 en posición de disparo.

Avanzamos lentamente hacia el origen de los golpes. Poco a poco se iban escuchando más intensamente. Nos encontrábamos enfrente de una puerta blanca cerrada. Un pequeño cartel impreso en un folio verde nos informaba de que tras ella se encontraba el comedor.

-A la de tres.-Le dije a Merche.- Yo le doy una patada a la puerta y tu iluminas con la linterna.

Merche asintió. "Un, dos, TRES..." Y la puerta se abrió. Nos quedamos atónitos. Gonzalo nos miraba con cara de asombro con decenas de chocolatinas entre los brazos. Bea estaba detrás de él, con una bolsa de plástico llena de Coca Colas y Fantas.

-¿Pero qué coño? - Le dije. - ¿Qué cojones hacíais?

-Joder, que hay dos maquinas expendedoras aquí y las estábamos rompiendo para sacar la comida y la bebida. - Respondió Gonzalo como si fuera obvio.

-Serás mamón.-Le dijo Merche.- ¿No nos has oído llamarte?

-No.-Respondió.- Me ha parecido oír algo pero no le he dado importancia porque no se repetía. Bea estaba dando patadas a la máquina y no le di importancia.

-Mierda. Que susto nos habéis dado.-Le dije.

Bajamos los cuatro a la planta principal. Cogimos las garrafas de agua y algunas sopas y latas que aún quedaban. "Vuelvo a dar gracias a la gente que no valora ésta comida" Dije en silencio. Bea salió para avisar a los demás de que entraran. El supermercado estaba totalmente vacío. Pudimos pasar la noche allí sin problemas.

Mientras Ana madre preparaba los últimos trozos de ternero con la inestimable ayuda de Elena. Habíamos encontrado un par de barbacoas de un solo uso y estaban encendiendo el carbón. Los demás nos dedicamos a hacer un inventario de todo lo que teníamos. Tres G36 con ocho cargadores, dos escopetas con unos treinta cartuchos y varios cuchillos. Con las prisas al salir de la casa nos dejamos el rifle de caza y una caja completa de cartuchos para las escopetas. Seis raciones de combate, tres paquetes de pan galleta, ocho latas de comida preparada y seis sobres de sopa es lo que habíamos conseguido reunir. Estábamos a unos quince kilómetros de la entrada a La Pedriza. El parque era tremendamente grande y yo tenía un papel con las coordenadas de posición del punto seguro pero el GPS no había funcionado correctamente desde que lo encontré. Las señales de los satélites eran demasiado débiles y al poner la posición se perdían en el proceso de encontrar la mejor ruta.

Nos pusimos todos a cenar alrededor de un par de linternas y los restos de la barbacoa para darnos calor. Tras la cena, estuvimos hablando tranquilamente de las cosas que echábamos de menos o que nos gustaría poder volver a hacer. Pasamos un buen rato entre risas y lágrimas.