jueves, 24 de noviembre de 2011

ENTRADA 60

Eran las seis de la tarde. Hacía doce horas que Igor y Bea nos abandonaron por el bien del grupo. Ambos tuvieron la mala suerte de caer en manos de los infectados y fueron contagiados con el maldito virus.

Los ánimos estaban por los suelos. No sé cómo lo vamos a hacer pero deberíamos abandonar el lugar lo antes posible. Me fio de que el Igor y la Bea sanos no nos ataquen pero no puedo afirmar lo mismo cuando se infecten definitivamente.

Mientras todos descansaban abajo, subí a la planta superior. El pasillo, de unos veinte metros tenía cuatro puertas a cada lado. Dos de ellas eran vestuarios, una la cocina donde encontramos a Gonzalo y a Bea, dos eran pequeños almacenes y tres despachos.

Entré en el primer almacén. Al fondo de la habitación había un cuadro de mandos. Parecían todos los diferenciales del edificio. Los conecté todos. No hubo respuesta. La luz no funcionaba. Seguramente los bombardeos habían destrozado todas las infraestructuras que abastecían a la sierra. El otro almacén estaba lleno de utensilios de limpieza. Los despachos eran pequeños cubículos con una mesita en el centro precedida por dos sillas para invitados. Un ordenador portátil descansaba sobre cada una de ellas. En los dos primeros los ordenadores no funcionaban. En el tercero el portátil tenía algo de batería. Estaba enchufado a un pequeño sait que ya pitaba por la falta de energía.

Con la tranquilidad del momento aproveché para actualizar todas las entradas que me faltaban en el blog. Recordar todo lo sucedido fue muy duro pero no quiero que nada se pierda y ningún detalle se me olvide. La web del correo electrónico no funciona. Pocos sitios están activos. Parece que está llegando el apagón tecnológico. La verdad es que es lo más normal, poca gente quedará que pueda realizar el mantenimiento y mantenerlos en funcionamiento.

Elena acababa de subir, adormilada con Yuko en brazos. Quería ver una película de Disney.

-Pero no tengo ninguna pequeña.-Le dije.

-Yo sí.-Me respondió mientras me tendía el DVD de Blancanieves.-Lo cogí de la casa donde vivíamos.

La pequeña había cogido la película de la casa donde nos refugiamos en Alpedrete. Ese DVD se había convertido en su favorito desde la primera vez que se lo pusimos en el reproductor portátil. Se lo puse. A los diez minutos se quedó dormida. Cogí a las dos en brazos y bajé a dormir junto a Merche.

ENTRADA 59

Miércoles 23 Noviembre. 03.45 Horas.

De madrugada nos despertaron los gritos de Igor. Estaba teniendo sueños febriles. Deliraba gritando, parecía que buscaba algo y no lo encontraba, produciéndole una sensación de ansiedad que iba incrementando por momentos. Al tocarle le notamos tremendamente caliente. Su temperatura corporal era excesivamente alta. Bea nos dijo que comenzó a encontrarse mal por mañana y que por eso no se ofreció voluntario para entrar en el supermercado.

Le abrí los ojos. Sus pupilas estaban inusualmente dilatadas. Las venillas de los globos oculares se habían hinchado. Miré a Merche con cara de preocupación.

-Me temo que se ha infectado.-Dije decaído.

-¡¡No puede ser!! - Bea gritó y se agachó a su lado.

"¿Pero cómo?" Me pregunté. Que supiéramos no habían tenido contacto con infectados. Supuestamente, cuando se quedaron atrapados en el supermercado del pueblo, no les atacaron y consiguieron huir sin problemas. "¿O no?" Me dije mirando a Bea.

-Bea.-Dije.- ¿Cómo escapasteis del supermercado?- Ella me miró asustada.- Sergio dijo que prendieron fuego al local cuando estabais dentro.

Rompió a llorar. Se quitó la camiseta, quedándose solo con el sujetador. Su cuerpo estaba lleno de pequeños cortes. Todos habían cicatrizado de manera extraña. Las costras que se formaron en cada uno de ellos parecían podridas, algunas rezumaban algo de pus anaranjado. Hizo lo mismo con Igor. Al igual que ella, su cuerpo estaba lleno de pequeñas heridas mal curadas, tenía mucha más cantidad.

-Nos cogieron dentro del supermercado.-Comenzó a contar su historia.-Vimos como se llevaban a Sergio. Lo arrastraban por la calle, parecía muerto. Estábamos realmente asustados. Nos llevaron a uno de los chalets cercanos. La piscina estaba llena de cadáveres, había muchísima sangre.- El recuerdo de lo que les sucedió le provocada temblores.- No nos dijeron nada. Nos desnudaron y comenzaron a hacernos cortes con varias navajas. Después de eso nos colgaron de unos ganchos y nos introdujeron en la piscina. La sangre y los cuerpos nos golpeaban por todos lados. No sé cuánto tiempo nos tuvieron allí metidos. Ambos nos desmayamos por el olor y el dolor producido por los cortes. Cuando despertamos estábamos tirados en el fondo de la piscina sobre todos los cadáveres. No había nadie. Nos vestimos y salimos corriendo. Estábamos convencidos de huir. No queríamos volver y ser un peligro para vosotros. Recordamos lo que nos contó Merche la noche que nos encontraron. Lo que habían vivido con la madre de Elena. Pero cuando saltamos el muro os oímos al otro lado y vimos que estabais en peligro. No pudimos evitar ayudaros.

El silencio reinó durante mucho tiempo. Estábamos tratando de digerir esa horrible historia. Íbamos a perder a dos miembros de la familia.

-Cof, cof.-Igor recuperó el sentido un momento.-Dejadnos... ir.-Dijo sin casi fuerzas.-Dejadnos... ir.

-Estábamos planeando marcharnos esta noche.-Continuó Bea.-Pero cuando he ido a despertarle estaba así.

La decisión estaba clara pero era difícil de llevar a cabo. Las hermanas se negaban a dejarles solos en el exterior pero a la vez sabían que allí serian un peligro mayor para nosotros. Además sería peor tener que matarlos a sangre fría. Tras un par de horas, en las que Igor se recuperó un poco y ya se mantenía en pie, Bea tomó la decisión y habló con su familia.

Dejamos a las cuatro hermanas y a su madre un rato a solas. Todas lloraban y se abrazaban. Igor se despidió de todas y Gonzalo y yo le ayudamos a salir a la calle.

-Tampoco es que nos hayamos conocido mucho.-Comenzó a decir mientras miraba el cielo estrellado.-Pero sois muy buena gente. Creo que nos habríamos llevado muy bien.

-No lo dudes.-Dijo Gonzalo.

Yo no pude decir nada. Desde que empezó esta mierda he tenido que dejar a mucha gente atrás, he tenido que matar a demasiada gente. La rabia y la impotencia me consumían y no me dejaban hablar. Recordé a mis padres y sentí mucha desesperanza. No sabía nada de ellos desde hace mucho tiempo. Tampoco sabía la suerte de mi hermana. Me sentí egoísta y cobarde por no haber insistido más e ir a buscarles quisieran o no. no pude evitar derramar algunas lágrimas. Gonzalo me miró. Después de diez años, como cuñados, sabia reconocer mi estado de ánimo. No dijo nada. Igor se preguntó que tal estaría su Madre. Vivía en Madrid y tampoco sabía nada de ella desde que había estallado la infección. Nos encontramos todos pensando en ese momento en la gente que conocíamos y en nuestros familiares, en la suerte que habrían corrido esos días.

La familia de Merche salió por la puerta del supermercado. No lloraban pero estaban tremendamente tristes. Bea se acercó a nosotros. Abrazó a Gonzalo y después a mí.

-Cuida de Merche.-Me dijo al oído.- Espero que os vaya bien.

Tras un rato de nuevos abrazos y alguna lágrima más. Igor y Bea se perdieron en la oscuridad. Cuando casi no les veíamos comenzaron a correr, se dirigieron hacia el pueblo del que habíamos huido. Por la carretera, no querían ocultarse, ya no.

Nadie pudo dormir más aquella noche.

ENTRADA 58

Martes 22 Noviembre. 11.15 Horas.

Tras la tardía cena que nos dimos, nos quedamos todos durmiendo. Hace un par de horas que me he despertado. Aún están casi todos descansando. Aproveché para salir al exterior y comprobar la situación. Un resplandeciente sol brillaba en lo alto. Una ligera neblina cubría el suelo del monte. El olor a quemado aún dominaba el ambiente. Desde el establo podía ver las enormes columnas de humo que se elevaban amenazantes en múltiples puntos de la sierra. El sonido de los aviones había cesado, hace unas cuatro horas que pasó el último avión. Encendí la radio que le quité a un soldado. Crepitaba constantemente y de vez en cuando se oían lo que parecían voces. Las interferencias eran abundantes y fui incapaz de descifrar lo que decían.

Subí un poco más. Aún quedaban unos cincuenta metros para estar en la parte más alta del monte. Una enorme antena de repetición lo coronaba. Poco quedaba de su forma original. Varios trozos se repartían por el suelo y la parte alta estaba retorcida hacia abajo.

Cuando llegué el espectáculo que se extendía ante mí era increíble. Desde mi posición se veían cuatro pueblos. Bueno, lo que quedaba de cada uno de ellos. Donde antes se extendían cientos de casas y carreteras ahora sólo había escombros, chatarra, cenizas y decenas de cráteres producidos por las bombas. Muchos de ellos aún tenían varios incendios en diversos puntos. Me pareció ver, en una explanada, una fortificación militar. Cientos de bloques de arena formando muros, garitas móviles, camiones verdes y tiendas de campaña enormes totalmente abandonados. "Quizá podemos hacernos con un Humvee" Pensé, pero en un momento se me fue de la cabeza. "Muy listo, ¿y cómo pretendes pasar por las carreteras destruidas?" Mi propia mente se contradecía a sí misma. "Podríamos ir por los caminos forestales." "¿Te los conoces? porque yo no." Una pequeña conversación se formó en mi cabeza. Estaba claro que no era buena idea pero estábamos lejos de La Pedriza. El viaje a pie sería muy duro.

-¿Borja?-Una vocecilla me habló mientras una pequeña manita me tiraba del abrigo.- ¿Qué te pasa?

Elena se encontraba a mi lado, resoplando por la carrera que se había dado para llegar a mi lado. Merche, Yuko, Boni y ella habían subido detrás de mí unos minutos después de que yo saliera del establo. Las perritas correteaban por el monte. Merche se acercó a mí y me dio un beso.

-¿Estás bien? - Preguntó

-Sí. Bueno, lo bien que se puede estar en esta situación.-Respondí mientras cogía a la niña en brazos.- Es alucinante lo que pasó ayer.

-Es una mierda.-Respondió Merche mirando el espectáculo que se extendía frente a nosotros.- Todo esto es un asco.

Nos quedamos un rato allí los tres mirando lo que quedaba de la sierra de Madrid. Las perras, ajenas a todo, correteaban detrás de un ratoncillo de campo.

-¿Les habéis dado de comer? - Pregunté refiriéndome a ellas.

-Sí. Ahora mismo.-Respondió Merche.- Elena les ha dado un poco de carne.

-Se la han comido toda.-Dijo la pequeña.- Yuko me ha mordido el dedo.-Dijo sonriendo mientras me enseñaba su pequeño dedo índice.

-Ay, ¿y te ha hecho daño? - Le pregunté achuchándola.

-No.-Respondió entre carcajadas.

Los tres nos estuvimos riendo un buen rato. La niña estaba alegre y nos contagió un poco. Estoy convencido de que sabe lo qué pasa en el mundo pero no pierde la inocencia ni las ganas de reír y jugar. Es un rayo de esperanza para nosotros.

-Pues sí que estáis animados esta mañana.-La voz de Ana, la hermana mayor, sonó a nuestro lado.

Ella y Gonzalo subían hacia nosotros. El sol de esa mañana era tremendamente agradable y en lo alto del monte, a pesar del ambiente creado por el humo de los incendios, la sensación sobre nuestras caras era cálida. Un pequeño viento frío nos encogió a todos pero por un momento se llevó con él el penetrante olor de la destrucción que nos rodeaba. Por un momento sentimos un olor fresco, vivo.

-Vamos al establo.-Les dije a todos.-Tenemos que ponernos en marcha.

Por un momento todos me miraron con cara de suplica. "Un rato más, por favor" decían todas las caras. Les sonreí a todos y comencé a bajar hacia el establo. Al llegar vi a la madre de Merche en la puerta, desperezándose.

-Buenos días.-Me dijo.

-Buenas, ¿has descansado?

-Más o menos.-Respondió

Bea e Igor salieron del establo. Ambos con unas tremendas caras de sueño.

-Jo, que buen día hace.-Dijo Bea.

-No os relajéis mucho que dentro de un rato tenemos que comenzar el viaje.-Les dije.

-¿Dónde están mis hermanas? - Preguntó Bea.

-Allí arriba. - Respondí señalando hacia los restos de la antena. - Tomando el sol y viendo el espectáculo.

Los tres se dirigieron hacia arriba. Yo entré en el establo y comencé a recoger las cosas que teníamos. No era mucho pero no podíamos permitirnos perder nada. Guardamos en varias bolsas los trozos de carne del ternero. Por lo menos hoy podríamos comer y cenar tranquilamente. Gonzalo y yo pudimos hacernos con seis raciones de combate y tres paquetes de pan galleta. Eso nos daba comida para todos durante dos días si las racionábamos bien. Entre los principales y los acompañamientos lo podríamos estirar. Aún nos quedaban cinco botellas de agua de litro y un par de cantimploras casi llenas.

Volví a salir. Encendí de nuevo la radio y los mismos sonidos surgían del altavoz. Parecía gente hablando pero era incomprensible lo que decían. Ya bajaban todos hacia el establo.

-¿Hacia dónde está el supermercado? - Pregunté en general.

-Pues si la carretera está en aquella dirección,-respondió Bea pensativa-debería estar bajando por aquella finca.-Dijo señalando una tapia de cemento que se situaba a unos ochenta metros de nosotros.

-Creo que deberíamos intentar ir allí.-Comenté al grupo.-La comida escasea y el agua será un problema en breve. Con suerte aún estará en pie. ¿Estaba en las afueras del pueblo, no?

-Sí. Más bien lejos.-Respondió Igor.-No creo que lo hayan bombardeado.

-Bien.-Dije.-Haced lo que necesitéis y preparaos. No quiero estar a la intemperie por la noche. Tendremos unas siete horas de luz.

Todos se metieron en el establo y cogieron sus mochilas y las bolsas que habíamos rescatado de la casa antes de abandonarla a toda prisa. Gonzalo, Merche y yo llevábamos los G36, Ana, la hermana mayor, y Bea llevaban las escopetas. Igor no se sentía cómodo llevando un arma así que se hizo con uno de los cuchillos desbrozadores. La madre de Merche prefirió no llevar nada.

El descenso del monte fue de lo más tranquilo. Ya no nos preocupamos por las minas y fuimos saltando de finca en finca. En una de ellas tuvimos que salir todos corriendo y saltar lo más rápido que pudimos a la colindante. Un toro bravo se lanzó sobre nosotros. Menos mal que estaba lejos y Elena nos aviso a todos. "Una vaca negra viene corriendo" Dijo la pequeña apretando la mano de Merche. Un buen susto pero no pudimos evitar reírnos todos. Sobre todo cuando Gonzalo se quedó enganchado en el muro de piedra al tratar de saltarlo haciendo una voltereta y cayendo de bruces como una torpe marioneta. "Eso me pasa por hacer el payaso" Dijo levantándose.

Aprovechando el momento saqué el mapa y el GPS. Los satélites no funcionaban pero la brújula estaba operativa.

-Tenemos que ir hacia aquí.-Dije señalando en el mapa el pueblo cercano al supermercado.- Hay que bajar hacia allí.-Señalé la diagonal que cruzaba la finca de la que acabábamos de huir indicado por la flecha de la brújula.

-Bajemos por aquí,-Dijo Igor-hasta que pasemos la finca del toro y nos metemos en la siguiente.

Nos levantamos todos y continuamos caminando. La finca era bastante grande. Por fin encontramos un pequeño camino de tierra que bajaba hacia la carretera.

-¿Vamos por aquí? -Pregunto Ana.

-Sí.-Respondió Gonzalo.-Yo creo que desde este camino cogemos la pequeña urbanización de chalets que hay cerca del supermercado.

La tranquilidad del ambiente era tal que nos decidimos por bajar a través de ese camino. Antes de enfilarlo nos metimos en una pequeña casa derruida y abandonada hace años. Preparamos un poco de la carne del ternero que teníamos guardada y comimos. Descansamos un par de horas antes de continuar. El sol se fue ocultando tras algunas nubes.

-Parece que va a llover.-Dijo la madre de Merche.

-Vamos a darnos prisa.-Ordené al grupo.-No sería bueno que la lluvia nos pille en el exterior.

Nos colocamos de nuevo el material y apretamos el paso mientras bajábamos por el camino de tierra. Tras una hora de caminata los tejados de los chalets comenzaron a asomar por encima de los arboles. La destrucción no había llegado a esa zona. Se parecía mucho a la que habíamos abandonado el día anterior. Una pequeña colonia de unas doce casas. Todas abandonadas, todas cerradas. Por un momento dudamos en quedarnos allí o continuar.

-Se ve el supermercado desde aquí.-Dijo Bea desde la entrada a la colonia.

Decidimos continuar. El supermercado se encontraba a escasos doscientos metros de nosotros. En su parking descansaban varios coches, casi todos destrozados o abandonados con sus puertas abiertas. Los cristales del edificio habían desaparecido. Supusimos que por las explosiones de ayer aunque no lo podíamos afirmar con certeza. Teníamos que tener en mente que era posible que ya hubieran asaltado el lugar y no quedase nada. Incluso que tuviéramos que enfrentarnos a alguien allí dentro.

La entrada al supermercado estaba bloqueada por una barricada. Las puertas correderas se encontraban abiertas. Aunque eso hubiera dado igual, los cristales estaban tirados por los suelos hechos pedazos. Gonzalo, Merche, Bea y yo saltamos la barricada. Los demás se quedaron parapetados tras unos contenedores cercanos cubriendo la salida y la entrada al parking.

Merche y yo comprobamos la planta principal. Gonzalo y Bea subieron a la zona de oficinas. Los estantes de comida estaban desordenados, miles de cajas tiradas por los suelos explicaban que ese lugar había sufrido varios saqueos. La estampa nos recordaba tremendamente a la del Mercadona. Un escalofrío nos recorrió el cuerpo cuando recordamos el ataque que sufrimos el día que fuimos a por comida. Por un momento nos quedamos mirando hacia la puerta principal. Nos quedamos pensativos pero recordamos que la situación era distinta. Fuera teníamos gente que nos avisaría en caso de problemas. Continuamos andando por los pasillos buscando los de comida envasada y las sopas preparadas. Al girar hacia la derecha dimos con un estante elevado donde descansaban tres garrafas de cinco litros de agua. Sin dudarlo escale por los estantes bajos y se las fui pasando a Merche que las iba dejando a sus pies.

Un fuerte golpe en el piso superior nos puso en guardia. Estuvimos unos segundos esperando nuevos ruidos pero el silencio dominó el lugar.

-¿Qué hacemos? - Preguntó Merche. El temor a que Gonzalo y Bea se hubieran encontrado con problemas crecía en nuestro interior.

-No sé. - Respondí.

Mi mente se debatía entre conseguir comida, por lo menos algunas latas para sobrevivir unos días, o subir a comprobar si estaban bien. Un nuevo golpe, más fuerte que el anterior, se escuchó de nuevo. Tras él, varios golpes más.

-Joder.-Grité y ambos salimos corriendo hacia las escaleras.

Cuando llegamos al piso de arriba nos paramos en seco. El lugar estaba oscuro. No había ventanas y un extenso pasillo se abría ante nosotros. Nuevos golpes surgieron al fondo, en la parte más alejada de nuestra posición.

-¿Gonzalo? -Dijo Merche en un tono poco elevado.

No obtuvimos respuesta. El silencio se hizo de nuevo. Tras unos segundos, los golpes comenzaron de nuevo.

-Mierda.- Dije por lo bajo.- ¿Gonzalo? - Grite más alto tratando de superar el volumen de los golpes. Éstos volvieron a apagarse. Un susurro sonó al fondo.

Nos pareció más un gemido que una voz normal. Nos temíamos lo peor. De nuevo los golpes comenzaron a sonar.

-No hay más remedio.- Le dije a Merche mientras me colocaba el G36 en posición de disparo.

Avanzamos lentamente hacia el origen de los golpes. Poco a poco se iban escuchando más intensamente. Nos encontrábamos enfrente de una puerta blanca cerrada. Un pequeño cartel impreso en un folio verde nos informaba de que tras ella se encontraba el comedor.

-A la de tres.-Le dije a Merche.- Yo le doy una patada a la puerta y tu iluminas con la linterna.

Merche asintió. "Un, dos, TRES..." Y la puerta se abrió. Nos quedamos atónitos. Gonzalo nos miraba con cara de asombro con decenas de chocolatinas entre los brazos. Bea estaba detrás de él, con una bolsa de plástico llena de Coca Colas y Fantas.

-¿Pero qué coño? - Le dije. - ¿Qué cojones hacíais?

-Joder, que hay dos maquinas expendedoras aquí y las estábamos rompiendo para sacar la comida y la bebida. - Respondió Gonzalo como si fuera obvio.

-Serás mamón.-Le dijo Merche.- ¿No nos has oído llamarte?

-No.-Respondió.- Me ha parecido oír algo pero no le he dado importancia porque no se repetía. Bea estaba dando patadas a la máquina y no le di importancia.

-Mierda. Que susto nos habéis dado.-Le dije.

Bajamos los cuatro a la planta principal. Cogimos las garrafas de agua y algunas sopas y latas que aún quedaban. "Vuelvo a dar gracias a la gente que no valora ésta comida" Dije en silencio. Bea salió para avisar a los demás de que entraran. El supermercado estaba totalmente vacío. Pudimos pasar la noche allí sin problemas.

Mientras Ana madre preparaba los últimos trozos de ternero con la inestimable ayuda de Elena. Habíamos encontrado un par de barbacoas de un solo uso y estaban encendiendo el carbón. Los demás nos dedicamos a hacer un inventario de todo lo que teníamos. Tres G36 con ocho cargadores, dos escopetas con unos treinta cartuchos y varios cuchillos. Con las prisas al salir de la casa nos dejamos el rifle de caza y una caja completa de cartuchos para las escopetas. Seis raciones de combate, tres paquetes de pan galleta, ocho latas de comida preparada y seis sobres de sopa es lo que habíamos conseguido reunir. Estábamos a unos quince kilómetros de la entrada a La Pedriza. El parque era tremendamente grande y yo tenía un papel con las coordenadas de posición del punto seguro pero el GPS no había funcionado correctamente desde que lo encontré. Las señales de los satélites eran demasiado débiles y al poner la posición se perdían en el proceso de encontrar la mejor ruta.

Nos pusimos todos a cenar alrededor de un par de linternas y los restos de la barbacoa para darnos calor. Tras la cena, estuvimos hablando tranquilamente de las cosas que echábamos de menos o que nos gustaría poder volver a hacer. Pasamos un buen rato entre risas y lágrimas.

ENTRADA 57

Lunes 21 Noviembre. 20.00 Horas.

La relativa tranquilidad que reinó a lo largo de la mañana se vio violentamente turbada a partir de las ocho de la tarde. Tras contados disparos y pocos viajes de los helicópteros, la situación cambió drásticamente. Una tremenda explosión en el muro nos sacó a todos de nuestro descanso. Los cristales de toda la casa en las ventanas, mesas y espejos se destrozaron en mil pedazos. Cuando nos asomamos para comprobar qué había pasado, una tremenda columna de humo sobre una luminosa base rojiza creció amenazante por encima de los árboles. Los disparos se tornaron más frecuentes. Gritos, chillidos e incluso aullidos dominaron el ambiente en menos de diez minutos.

-¿Qué ha pasado? - Preguntó Ana, la hermana mayor, detrás de nosotros.

-Ni idea. - Respondí.- Parece que han destruido el muro y los combates son más fuertes.

-Están demasiado cerca.-Apuntó Gonzalo.

-Deberíamos pensar en escondernos o salir de aquí lo antes posible.-Sugirió Merche.

Los sonidos de combates se fueron aproximando hacia nosotros. Lo curioso es que se escucharon disparos desde muchos puntos. El sonido de helicópteros comenzó a resonar tras el monte situado a nuestras espaldas. En poco menos de cinco minutos, tres Apaches aparecieron sobre las copas de los arboles que lo coronaban. Comenzaron a descargar sus misiles y ametralladoras antes de llegar a su objetivo. Una poderosa ráfaga de gran calibre pasó sobre la casa que teníamos enfrente. El impresionante efecto de destrucción de la pesada munición destrozó los muros y el tejado como si fueran de mantequilla.

En pocos minutos tuvimos sobre nosotros tres helicópteros descargando su artillería a discreción en dirección al pueblo. Tres camiones del ejército de tierra llegaron a toda velocidad por la carretera esquivando hábilmente todos los coches abandonados. Tras varias maniobras, casi suicidas y en pocos metros, colocaron los cajones hacia el lugar del conflicto. Una decena de soldados salieron de los tres vehículos. Me parecieron muy pocos para venir en tres camiones. Rápidamente, se colocaron en posiciones defensivas, lanzaron cientos de bengalas hacia el pueblo y comenzaron a disparar hacia esa dirección. Enormes focos, instalados sobre los camiones iluminaban la zona. El día se hizo en la noche gracias a toda esta iluminación.

-Joder. ¿Qué hacemos? - Preguntó Gonzalo. - Están en la entrada de la urbanización, por ahí no podemos salir.

-Vamos a tener que huir por el campo. - Respondí.

No terminé la frase cuando uno de los helicópteros explotó en el aire. Nos quedamos alucinados. En el tiempo que habíamos sobrevivido, los infectados no habían usado armas de fuego pero, para nuestra desgracia, en ese momento muchos de ellos estaban armados con los fusiles de asalto y lanzagranadas que los soldados habían llevado consigo para limpiar el pueblo unos días antes.

-Dios.-Gritó la madre de Merche.

Por la carretera aparecieron varios soldados del ejército. Trataban de huir del pueblo, siguiendo un orden militar, avanzando y disparando. Su objetivo era llegar hasta los camiones pero pocos lo consiguieron. Muchos se quedaron por el camino, abatidos por disparos y granadas que provenían del pueblo. En pocos segundos una horda de infectados invadió la carretera. Los destellos eran incontables, pareciera como si se hubieran hecho con bastante armamento. En un movimiento, totalmente anárquico, multitud de infectados armados con palos se lanzaron por delante de los que disparaban para llegar hasta los soldados. Muchos cayeron muertos por fuego "amigo". Pero eso no pareció importarle a ninguno de ellos. Los disparos no cesaron aún cuando decenas de ellos avanzaban para atacar al ejército en una violenta batalla cuerpo a cuerpo. Esta anarquía dio a los soldados una pequeña ventaja contra las primeras líneas que llegaban a ellos. La gran mayoría estaban gravemente heridos y, a pesar de sus caras ansiosas por matar a uno de esos soldados, corrían o andaban torpemente y sus fuerzas les abandonaban poco a poco haciéndoles blanco fácil para los disparos a quemarropa contra sus cabezas. Pero esta ventaja no duró mucho. La munición escaseaba y los enemigos eran muy numerosos.

Asistí, de nuevo, al resultado de una decisión brutal y desesperada por contener la infección. Los camiones arrancaron y huyeron sin recoger a las tropas. El desconcierto y terror reinó entre los pocos soldados que aún quedaban con vida. Muchos de ellos corrieron detrás de los camiones pero no lograron alcanzarlos. Cuando los vehículos estuvieron fuera de alcance comenzó el dantesco espectáculo. Los helicópteros descargaron todo lo que les quedaba de artillería sobre la multitud alcanzando tanto a soldados como a infectados. Varias explosiones destrozaron decenas de cuerpos que desaparecieron inmersos en bolas de fuego y escombros. Fue horrible. Los gritos de dolor, las peticiones de auxilio no dejaron de oírse durante interminables minutos. Tres nuevas pasadas de los helicópteros ametrallando violentamente sobre los montones de cuerpos dejaron un silencio sepulcral en la zona. En pocos minutos el humo se dispersó dejando varias piras de cuerpos en llamas al lado de arbustos y árboles, que prendieron rápidamente, mostrando el resultado final. Decenas de cuerpos descansaban destrozados sobre el asfalto. Algunos infectados, aún vivos, reían doloridos y se arrastraban, vomitando sangre y dejando restos a su paso, unos metros antes de caer definitivamente muertos.

Los tres helicópteros permanecieron unos minutos más en el lugar. Cuando abandonaron la zona salimos de la casa. Nos preparamos para abandonarla mientras sucedía todo aquello.

-Vamos a tratar de conseguir unos fusiles de asalto.-Le dije a Gonzalo.

-Sí.-Respondió.-Me parece buena idea.

-Mirad de paso si tienen raciones de combate.-Nos dijo Merche mientras los demás se preparaban para salir en dirección a las fincas que se situaban en la parte trasera de la casa.

Era algo arriesgado pero ya no teníamos casi comida y después de asistir a ese espectáculo nos pareció que no estábamos demasiado bien armados.

Nos acercamos a los montones de cuerpos donde descansaban casi todos los militares. Pudimos coger tres G36 aún operativos. La gran parte de las armas estaban destrozadas. También nos hicimos con varios cargadores, un GPS, una radio, un mapa militar de la zona, varias bengalas y un poco de comida. Cuando me dispuse a registrar a uno de los soldados, el cual había perdido las piernas en el ataque, su radio chascó.

-Halcón Alpha 1 para Nido.- Una voz metálica resonó al otro lado.-Bombas montadas, 50 kilómetros para objetivo. 5 minutos para contención.

-¡¡¡Gonzalo!!! - Grité. - ¡¡¡Tenemos que salir de aquí!!!

Gonzalo me miró extrañado mientras cogía un par de raciones de combate más.

-¿Qué pasa? - Preguntó.

-¡¡Creo que van a bombardear la zona!! - Grité mientras corría hacia los demás.-¡¡Rápido!! - Le hice gestos para que me siguiera.

Ambos corrimos lo más rápido posible. El grupo ya había comenzado a avanzar por una de las fincas. Igor y Bea avanzaban poco a poco con un rodillo metálico por delante de ellos. Era la manera más "segura" que habíamos encontrado para comprobar si había minas en las fincas más alejadas del pueblo. El sonido de aviones en el horizonte retumbó en mis oídos.

-¡¡Corred!! - Les grité a todos desde varios metros.

En ese momento todos se quedaron mirándonos. Pero no había tiempo para explicaciones. Cuando llegamos a su lado comenzamos a empujarles, a pedirles que corrieran lo más posible. Cogí a Elena entre mis brazos a la carrera, llevaba con ella el bolso con Yuko dentro, la pobre perrita gimoteaba asustada. Comenzó una carrera frenética a lo largo de las despejadas fincas. Subiendo el monte que lindaba con el pueblo. Desesperados buscamos un lugar a cubierto. Piedras, montones de arboles, lo que fuera. Los motores de los aviones se oían cada vez más fuertes. Los destellos de sus balizas de posición situadas en las alas se comenzaron a ver a lo lejos. Por fin, tras varios metros, encontramos un enorme montón de rocas. Nos metimos entre ellas. Los aviones pasaron por encima nuestro descargando tras sí sus enormes bombas. Los silbidos en el aire eran siniestros. Recordé la multitud de documentales sobre la Segunda Guerra Mundial que había visto. El sonido en vivo de las bombas cayendo desde lo alto era, de lejos, muchísimo más aterrador que el que se oía en la televisión. El suelo tembló violentamente en nuestros pies. Tuvimos que taparnos los oídos. Las explosiones fueron tremendamente violentas. Hasta nuestra posición llegaban restos de casas, coches, piedras, escombros. Incluso bolas de fuego y restos de metralla. La destrucción que nos rodeó en ese momento era inenarrable. Las palabras se quedan muy cortas para describir el calor, los incendios, los destrozos, todo tipo de material volando por los aires cientos de metros incluso me atrevería a decir que kilómetros. La sensación de vivir un terremoto constante. Los arboles cayendo, partiéndose, perdiendo sus ramas. La tierra moviéndose constantemente, las grietas apareciendo en el suelo. El cielo desapareció tras la cortina creada por el humo, el olor a quemado, las cenizas volando por nuestro alrededor dificultando la respiración.

Tras varios minutos a cubierto decidimos salir. Nos quedamos todos mirando, atónitos, hacia el lugar donde antes se levantaba el pueblo. Desde nuestra posición elevada vimos el resultado del ataque. El pueblo había casi desaparecido. Era una visión terrible. Un manto oscuro cubría todo el suelo. Manchado de vez en cuando por colores rojizos. Era increíble que estuviéramos vimos. Los incendios iluminaban la noche.

-Dios.- Las voces de las chicas a nuestras espaldas rompían a llorar.

Estaban asistiendo a la total destrucción del pueblo que las había visto crecer. La casa en la que tantos años habían vivido desapareció en pocos segundos. Ya sólo les quedaban recuerdos. Nada material.

-Tenemos que encontrar un lugar donde ocultarnos.-Comenté.-Hace mucho frío y no podemos quedarnos por aquí.

Poco a poco conseguimos sacar a cada una de las chicas de su trance. Subimos más arriba para poder situarnos y comprobar si el GPS que teníamos conseguía señal. Al llegar a la cima comprobamos que la escena se repitió en los pueblos que se veían desde allí. Cientos de incendios iluminaban la oscuridad. Por encima de las demás colinas resplandores palpitantes crecían tras ellas.

Nos acercamos a un pequeño establo situado en lo alto. A pesar del olor a restos de vaca nos metimos en él y tratamos de descansar lo que quedaba de noche. Hace un momento asistimos a un brutal combate. En pocas horas vimos lo frágil que es la vida y el poco valor que se le da. Vimos como más de cien personas, infectados o no, morían violentamente en pocos minutos.

A lo largo de la noche, el sonido de los grandes bombarderos no dejó de sonar. Pasaron una y otra vez por la sierra de Madrid. Los sonidos de explosiones y los silbidos de las bombas cayendo se oyeron durante horas. Por muy lejos que estuvieran, la tensión y el miedo no nos abandonaba. La contención de la infección se había transformado en destrucción.

Dormir fue imposible. Me quedé toda la noche mirando el mapa que habíamos encontrado y comprobando el GPS. Las señales de los satélites eran muy débiles pero funcionaban. La pantalla verde con los números en negro mostraba simplemente las coordenadas de situación y una pequeña brújula. Afortunadamente el mapa tenía marcadas las coordenadas de cada pueblo así como los puntos cardinales. No debería ser difícil llegar a La Pedriza gracias a nuestra orientación pero la situación tras los bombardeos no sería muy alentadora con lo que tendríamos que esquivar los puntos poblados y las carreteras. Si el GPS no funcionase, con la brújula podríamos saber, más o menos, la posición de nuestro objetivo.

Pasaron un par de horas. Oímos un ruido en el exterior. Gonzalo y yo nos preparamos para salir mientras Merche e Igor se colocaban para defender la posición desde dentro. Con las linternas de los fusiles encendidas salimos fuera. El ambiente seguía muy cargado de humo y cenizas. El ruido sonó en la parte trasera del establo. Parecía que alguien estaba golpeando la pared. Giramos la esquina del establo.

-¡¡Quieto!! - Le grité a una sombra que se acurrucaba en la oscuridad.

Para nuestra tranquilidad resultó ser un pequeño ternero. No lo dudamos ni un minuto. Le disparamos a la cabeza un par de veces y lo metimos dentro. Conteniendo las arcadas lo despedazamos en partes para poder comer. Después de lo que hemos estado viviendo fue curiosos que hacer eso nos produjera tanto asco y reparo. Encendimos una pequeña hoguera con la paja del establo y preparamos algo de carne para comer. Estábamos en plena noche comiendo en un establo pero no nos importaba. Después de la locura vivida y de las carreras que tuvimos que dar, estábamos todos exhaustos. Poder disfrutar de algo de carne fresca nos resultó tremendamente agradable. Además, podríamos reservar las pocas raciones que sustrajimos a los cadáveres de los soldados para un momento más oportuno.

lunes, 21 de noviembre de 2011

ENTRADA 56

Hoy por fin ha salido un poco el sol y los paneles solares consiguieron obtener un poco de energía. Llevábamos dos días sin luz. La comida congelada está a punto de terminarse. Pero no podemos salir de aquí. No por el momento. El sábado volvieron los helicópteros del ejército. No fueron sólo los Apache, también llegó un Chinook, un helicóptero de transporte de tropas y material. Desde unos treinta metros de altura descolgó varias cuerdas y las tropas salieron de su interior. No debían ser más de una veintena de soldados. Tras dejarlos en el suelo, los cinco helicópteros abandonaron la zona rápidamente. A la media hora comenzaron los disparos y las explosiones. Primero cerca del muro por el que saltamos para huir del pueblo. Poco a poco se fueron alejando en un compás rítmico y organizado. A las tres horas, dos Apaches aparecieron tras el monte y sobrevolaron una zona del pueblo descargando su artillería. Así durante todo el día. De vez en cuando, varios pequeños helicóptero biplaza, seguramente de reconocimiento, sobrevolaban toda la zona. Tras ellos el Chinook descargaba cajas de munición y abastecimiento.

Lo preocupante del asunto es que, desde nuestra posición, los ecos de disparos y explosiones no venían sólo del pueblo del que huimos. Tras el monte, más allá de las fincas que nos rodeaban, en la dirección en que la carretera se perdía. Toda la sierra de Madrid ha sido un hervidero de disparos acompasados, explosiones y helicópteros yendo y viniendo durante horas.

Daba la sensación de que lo poco que quedaba del ejército había sido desplegado para acabar con los restos de los pueblos clausurados. Sobre todo después de lo sucedido hace unos días cuando explotó la casa y acabamos con las criaturas.

La noche del sábado al domingo pasó tranquilamente. La actividad era mucho menor pero la noche estaba tremendamente iluminada. Cientos de incendios decoraban los horizontes por encima de las copas de los árboles. En la mañana del domingo se repitió el mismo acto que tuvo lugar el día anterior. Helicópteros, disparos y explosiones se sucedieron a lo largo del día. Pudimos ver cómo un Chinook izaba varias camillas tras desplegar algunos soldados más. Para desgracia de los militares allí destinados, los reemplazos eran menores en número que los evacuados. Estaba claro que no tendrían mucho futuro en el caso de tener que alargar su estancia más de lo necesario.

A lo largo de esta mañana los disparos han sido más contados. Los helicópteros han sobrevolado la zona menos veces y sólo para llevarse heridos y lanzar material. Ya no hay más soldados para realizar reemplazos.

Por nuestra parte, estamos bastante preocupados. Cuanto más tardemos en llegar a La Pedriza, más peligroso será. A pesar de tener bastante ropa de abrigo, el frio está siendo cada día más intenso y sin comida puede ser realmente peligroso no recuperar las calorías que nuestros cuerpos necesiten.

Sinceramente, estos días de "tranquilidad" también son de agradecer. Merche y yo nos estamos recuperando muy bien de la herida de bala que recibimos cada uno. Los demás están descansando. Creemos que lo más sensato será salir de noche atravesando fincas. Esperemos que los campos de minas sólo se sitúen en las cercanías del muro.

viernes, 18 de noviembre de 2011

ENTRADA 55

Seguimos en la casa de las afueras del pueblo. Tras tres días evaluando el tiempo, la situación, lo que nos rodea. Hemos decidido que las cosas no están cómo para arriesgarnos a salir. Llueve abundantemente y el frio es cada vez más intenso. Tenemos comida congelada para unos cuatro días más.

Esta mañana, varios helicópteros han pasado sobre nosotros. Han estado sobrevolando el pueblo, en especial la zona donde estaba la casa que saltó por los aires ayer. Hemos oído, en varias ocasiones, las ametralladoras de los pájaros metálicos descargar continuamente sobre diversos puntos. Pensamos que están acabando con los infectados. Es una buena noticia. Continuar sabiendo que dejamos a nuestras espaldas una docena de infectados no es muy agradable.

Estamos aprovechando para descansar lo más posible. La suerte ha estado de nuestra parte y en los maleteros de los armarios de la casa hemos encontrado varios abrigos, algunos monos de ski, mantas y diversa ropa de abrigo. Podremos ir bien equipados para llegar hasta La Pedriza.

Hay que dar gracias a los cazadores. En esta zona hay bastante caza y por lo tanto muchos de los residentes se dedican a ella en las temporadas. Tenemos dos cajas de veinticinco cartuchos y dos escopetas, un rifle de caza mayor con una veintena de balas, un arco con media docena de flechas y varios cuchillos. He perdido el G36, me lo dejé en la habitación donde descansaba para recuperarme de mi herida. Merche se ha quedado sin balas para la pistola. Tendremos que apañarnos con lo que tenemos que, afortunadamente, no es poco.

El mayor problema al que nos vamos a enfrentar es la comida. No nos queda ninguna lata de alta caducidad. Tenemos localizados dos supermercados en el camino. Espero que tengamos suerte y encontremos algo que llevarnos a la boca. El agua de momento no es problema.

Nuestras heridas evolucionan bien. El tobillo esta casi curado. La herida se recupera después de soltarse un par de puntos y sangrar un poco. Merche está muy bien, su herida esta casi cerrada.

No me puedo creer que estemos descansando.

ENTRADA 54

15 Noviembre

-Estoy alucinando.-María no salía de su asombro.-Hace 8 días que te han disparado y la recuperación está yendo tremendamente bien.

-De todos modos lo he pasado muy mal.-Respondí, recostado en la cama.-Me desmayé enseguida y no recuerdo nada de lo que pasó.

-El tema de la diabetes ha agravado tu reacción a la herida-me informó Maria. Me lo imaginaba-con la pérdida de sangre tu glucosa bajó rápidamente y el desmayo fue inevitable.

Merche dormía a nuestro lado. María me contó, por encima, lo que había pasado esos días. Merche también se recuperaba bastante bien de su herida. Afortunadamente fue muy limpia y salvo por el dolor del momento, no acabó siendo tan aparatosa como la mía. En mi caso, teniendo en cuenta que tenía el tobillo machacado y las múltiples heridillas de la pierna, lo raro era que estuviese en ese momento despierto. Las buenas noticias eran que, al haberme despertado y encontrarme mejor, podía tomarme los antibióticos en pastillas. No quedaba ni uno sólo de los inyectables. El Guardia Civil había muerto. Maria, incluso, me pidió perdón por haber dudado en dejarme atrás cuando el agente apareció tras una esquina.

Pero también tenía malas noticias. En estos ocho días la reserva de comida comenzó a escasear. Como mucho habría para un par de días más. Hacía tres que Sergio, Igor y Bea habían salido en busca de comida y todavía no se sabía nada de ellos. Muchos se temían lo peor. Los gritos, gruñidos e incluso aullidos en la lejanía no invitaban a pensar que los tres estuvieran a salvo. El desaliento era general sobre todo entre la familia de Merche.

Gonzalo entró por la puerta. Se acercó a mí y me contó que había actualizado el blog con lo sucedido el día de mi disparo. Al parecer algunos supervivientes habían intentado ponerse en contacto con otras personas sanas y habían encontrado en la página una pequeña luz de esperanza para sus desesperadísimas situaciones. También completó la información que me estaba dando Maria.

-Las cosas no van muy bien.-Comenzó.-Como ya te ha dicho ella. Igor y Bea han desaparecido, no sabemos nada desde que salieron a buscar comida junto al amigo de Ana madre.-Así solía referirse a la madre de las chicas, al llamarse igual ella y la hermana mayor.-Ante ayer salí con Alberto a buscarlos pero no dimos con ellos. Nos encontramos a una de esas criaturas.-Le miré intranquilo.-Estaba muerta, no te preocupes. Creo que era a la que disparaste en la iglesia. Tenía un brazo y un pie arrancados. Por cómo estaba destrozada seguramente la otra criatura la mató.

"Madre mía" Pensé mientras escuchaba a Gonzalo. Por un lado sentía alivio. Ya no había dos criaturas en la calle, solo una (que supiéramos). Pero por otro, haber perdido a Igor y a Bea me preocupaba muchísimo.

-Conseguimos algunas barritas energéticas de un gimnasio. También polvo para hacer batidos de proteínas.-Continuó.-Ayer por la mañana un helicóptero del ejército pasó sobre el pueblo. Se paró en el lugar donde están los restos de la lucha del otro día.

Estuvo un buen rato contándome cosas. Un poco en desorden, no se acordaba de todo. Desde cómo Igor y él encontraron las ambulancias, a cómo acabamos en esta casa. Desde cómo se enfrentaron a dos infectados que había en una de las casas colindantes, a cómo han estado buscando comida.

-Hay algunas cosas más-decía- pero no son muy relevantes. Lo único que me preocupa es que los ruidos y gritos han crecido desde nuestra huida. No son de criaturas, son humanos. Por las noches hay mucho alboroto y de vez en cuando vemos siluetas en la oscuridad. Parece que nos están buscando.

-Joder,-respondí- eso no nos da más tiempo para quedarnos aquí parados.

-¡¡¡Ayuda!!! - Alguien gritó en el piso de abajo.

Alberto había entrado corriendo en casa, con Sergio apoyado en el hombro, mientras tiraba de él para dejarlo en uno de los sillones del salón. Estaba muy mal herido. Mostraba varios golpes y cortes en todo el cuerpo.

-¿Qué ha pasado? - Pregunté cuando por fin terminé de bajar los escalones. Sentía algo de debilidad todavía.

-Hace tres días, cuando estábamos buscando comida-comenzó su relato-llegamos hasta el supermercado. Me quedé en la entrada vigilando mientras Igor y Bea entraban a buscar entre los restos. Tras media hora de búsqueda, salieron con un par de mochilas llenas de cosas, algunas caducadas, otras en mejor estado. Cuando nos preparamos para irnos cayó sobre nosotros una lluvia de piedras. Una de ellas alcanzó a Igor en la cabeza y cayó noqueado. Bea tiró de él hacia dentro del supermercado y se ocultaron detrás de una de las cajas. Yo no tuve tiempo de reaccionar y, mientras me giraba buscando el origen del ataque, sufrí un tremendo placaje que hizo que me golpeara la cabeza contra el suelo. Lo siguiente que recuerdo es que me estaban arrastrando por el suelo mientras veía como el supermercado era pasto de las llamas. No sé qué habrá sido de Igor y Bea.

-Mierda.-Dijo Gonzalo.- Habría que contárselo a las chicas.

-Me encerraron en el sótano de una de las casas cercanas. Me han torturado-comenzó a llorar-, me han mutilado- nos enseñó la mano derecha, le faltaban tres dedos-, me preguntaban si había más gente sana en el pueblo. Si no les entendí mal, nosotros somos los últimos. Ya han cazado a casi todos los supervivientes y, los que no han caído en sus manos, han muerto a manos de las criaturas que nos atacaron.

-Espera un momento.-Le interrumpí, comencé a preocuparme seriamente.-Si te estaban torturando para sacarte dónde estábamos... ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has escapado?

Su cara se tornó de angustia y las lágrimas afloraban más abundantes de sus ojos.

-¡¡Mierda!! No me jodas, joder.-Sabía perfectamente la respuesta.-¡¡Tenemos que irnos de aquí!!

En poco más de veinte minutos, una muchedumbre, de unas trece personas, se acercó por una de las calles. Gritando, chillando, aullando de ansiedad y excitación. La idea de tener carne "fresca" debía ser tremendamente ansiada por todos ellos. Armados con palos, hachas y palas estaban totalmente eufóricos.

-Lo siento.-Dijo Sergio llorando.-Lo siento, lo siento...

Gonzalo subió corriendo al piso de arriba para avisar a las chicas. En pocos segundos, los pasos se oyeron agitados encima de nuestras cabezas. Comenzaron a recoger las cosas lo más rápido que pudieron.

La turba se paró frente a la puerta metálica que separaba el pequeño jardín de la carretera. Comenzaron a golpear con fuerza los paneles metálicos. Arrojaron piedras contra las ventanas de la casa.

-¡¡Salid!!-Gritó uno de ellos.-Salid malditos cabrones.

Estaban todos totalmente desencajados, fuera de sí, tremendamente ansiosos y excitados.

-¿Qué hacemos? - Preguntó Merche.

Trataba de pensar con rapidez pero no se me ocurría nada. Teníamos unas trece personas fuera.

-¿Y si les matamos disparándoles con las armas?-Propuso Gonzalo.

-Seria una buena idea pero no sabemos si habrá más.-Respondí-Quedarnos sin balas teniendo todavía mucho camino por delante no creo que sea bueno.

En ese momento se escuchó un disparo desde el salón. Alberto se había apostado en una de las ventanas y descargó su escopeta contra los dos infectados que ya habían pasado por encima de la verja para acceder al pequeño jardín delantero. Ambos cayeron de bruces contra el césped. Uno de ellos estaba totalmente inmóvil. El disparo le voló la mitad de la cabeza dibujando un curioso grafiti en el lado interior del panel metálico. El segundo invasor recibió el disparo en uno de sus muslos. Un tremendo desgarro permitía distinguir el hueso y los restos de musculo cubiertos por los jirones que formaba lo que antes eran los pantalones. Aún con esa herida, se levantó y comenzó a andar, trastabillando, hacia la ventana desde la cual recibió el impacto.

-Mierda.-Gritó Alberto. Trataba de recargar la escopeta pero el temblor de sus manos no le permitía atinar a meter el cartucho en la boca de la recámara.

Tres infectados más saltaron al interior de la pequeña parcela. Sergio, aun conmocionado por su traición, lanzó un grito desesperado y salió por la puerta, armado con un espetón para chimenea. El primer infectado, sobre el que trató de lanzar su ataque, se quedó mirándole perplejo con una cara que mostraba un sentimiento doble. Por una parte la sorpresa de verse atacado y por otra la excitación de tener frente a él una presa. Sergio lanzó un golpe por encima de su cabeza trazando un arco tratando de clavarle el pincho en la cabeza. Por un momento pensé que lo iba a conseguir pero los otros dos infectados se lanzaron sobre él como unas bestias. Uno de ellos le quitó el espetón y se lo clavo con furia en el estomago. Un grito de dolor salió, acompañado de vómitos de sangre, de la boca de Sergio. Los tres infectados gritaron de alegría. Ver la sangre fresca de una víctima fue como un intenso orgasmo para ellos.

-¡¡Sergio!!-Gritó Alberto desde la ventana.

Entre dos de los atacantes levantaron a Sergio y lo lanzaron al otro lado de la verja. Los chillidos y gritos de júbilo se oyeron por encima de la angustia de Sergio. Una moto sierra arrancó tras varios intentos. El sonido de los acelerones nos puso la piel de gallina. Un grito de histeria sonó mientras las cadenas de la maquina sesgaban las piernas de Sergio. Varios de los atacantes se hicieron con sus trofeos y saltaban con ellos en la mano mientras la sangre salpicaba sobre el grupo.

Uno de los atacantes trató de entrar en la casa. Por muy poco, la madre de Merche y su hermana Ana, cerraron la puerta sobre la cara del infectado que comenzó a reír al ver que su nariz se colocó en una posición anti natural sangrando abundantemente.

-Joder, ja ja ja, esto duele de cojones.-Gritó mientras daba saltos por el césped.

Lo peor comenzó a llegar. Con una catapulta, bastante rudimentaria, comenzaron a lanzar fardos de paja incendiada contra la casa. La mayoría se estrellaba contra la fachada pero dos de ellos entraron por las ventanas del piso superior. En pocos minutos, un abundante humo negro comenzó a bajar por las escaleras.

-Tenemos que salir de aquí.-Gritó Gonzalo.-Por la puerta trasera, rápido.

Merche, sus hermanas y Elena corrieron hacia la cocina para salir por la puerta trasera. Esta daba a un jardín más amplio. Al fondo, un muro de metro y medio coronado por una verja metálica separaba la parcela de la carretera.

-¡Buh!-Una cabeza asomó por los cristales destrozados del salón. Y, sin darle tiempo a reaccionar, cuatro brazos se llevaron a Alberto fuera de la casa.

Un último disparo sonó en el jardín delantero. Los gritos de Alberto se fueron apagando.

-No...No... Hijos de... puta.-Su voz sonaba entrecortada. El dolor no le permitía hablar con fluidez.

Me asomé por una ventana pequeña situada en el lateral de la puerta principal. Uno de los infectados había puesto el espetón en una de las hogueras formadas por los fardos de paja. Tras unos minutos este estaba al rojo vivo. Con la punta fue quemando poco a poco la cara de Alberto. Primero los ojos, la nariz, las orejas, la lengua... Desfigurado, Alberto cayó al suelo. Dos de los infectados le cogieron por las piernas y lo arrastraron hasta los restos de un fardo que chasqueaba fieramente. Le quitaron los pantalones y metieron sus piernas en el fuego. Los gritos de dolor eran espantosos. No le dejaron moverse y poco a poco fueron introduciendo el cuerpo de Alberto en la hoguera hasta que solo quedó la cabeza fuera. En pocos minutos el cuerpo entero estaba en llamas. Alberto se desmayó o, más probable, murió tras maldecir a sus atacantes.

-¡¡María!! - Grité desde las escaleras hacia el piso de arriba.-Vamos, tenemos que irnos.

No recibí respuesta. Me temía lo peor. El piso superior estaba casi en llamas por completo y Maria aún estaba en la habitación principal. Comenzamos a subir Gonzalo y yo. No habíamos llegado ni a la mitad de la escalera cuando una bola de fuego salió corriendo de una de las habitaciones. Se echó sobre nosotros pero la esquivamos por muy poco. Los chillidos penetraban en nuestros oídos. La antorcha humana bajó las escaleras y se lanzó por una de las ventanas del salón. Nos quedamos mirando por un momento hacia el salón. En poco tiempo estábamos perdiendo a casi todos los miembros del grupo.

-Voy a por la mochila que tenia María.-Dijo Gonzalo.-Creo que la dejó en el baño y tiene bastante material que cogimos de las ambulancias.

-Yo voy bajando y cogiendo a las chicas.-Era consciente de que, en mi estado, tardaría un poco en llegar hasta el muro y en saltarlo.

Gonzalo subió rápidamente. El baño estaba frente a la escalera. El fuego se extendía por las habitaciones rápidamente pero aun no había alcanzado ese lugar. Cuando acabé de bajar las escaleras un fenómeno tremendamente peligroso tuvo lugar en el piso superior. El fuego se "recogió" sobre sí mismo, entrando en una habitación, cuando consumió todo el oxigeno una tremenda onda expansiva ardiente tomó todo el techo del piso superior pendiendo todo a su paso.

-¡¡Gonzalo!! - Grité.

Me lancé al suelo, al lado de la escalera, justo en el momento en que el fuego se extendió por el piso inferior. El calor y el humo transformaron la casa al completo en un infierno. Me arrastré hacia la cocina y conseguí salir de la casa. Un fogonazo me siguió. Comencé a escuchar un silbido rápido en la cocina. "Dios, los tubos del gas" Dentro de la cocina se estaba preparando una tremenda explosión. Las tomas de gas habían saltado por el calor y se estaba acumulando rápidamente. Me levanté, cojeé lo más rápido que pude.

-¡¡Borja!! ¡¡Cuidado!! - Una voz me gritó por encima de mi cabeza.

Gonzalo se había metido en el baño justo antes de la brutal expansión del incendio. Abrió la pequeña ventana que había y se lanzó desde ella al jardín. Por poco no le esquivé y casi me cayó encima. Lo siento por él pero si eso llega a pasar, a saber que habría pasado con mi herida.

-¿Estás bien? - Le pregunté

-Sí, menos mal que te has quitado-respondió- si llego a caer encima tuyo la liamos.

Nos ayudamos mutuamente a levantarnos. Las chicas nos hacían señas desde el otro lado del muro. Primero pasé yo, ayudado por Gonzalo desde dentro y por Merche desde fuera. Cuando pasé, Merche y Ana ayudaron a Gonzalo a pasar. Una tremenda explosión tuvo lugar en la casa justo cuando nos echamos todos al suelo. La casa voló por los aires. Escuchamos varios gritos de dolor al otro lado a los que se unieron otros de júbilo.

-Tenemos que saltar el muro antes de que se den cuenta de que estamos aquí.-Dijo Merche.

Ahora sólo quedábamos siete personas y dos perros.

-¿Qué hacemos con Igor y Bea? - Preguntó la madre de Merche preocupada.

-Cuando estemos a salvo lo decidiremos.- Respondió Ana, la hermana mayor.

Los siete nos dirigimos a la gasolinera. Cerca de ella pasaba parte del muro y podíamos unas unos cuantos bidones que había pegados al él para saltarlo con más facilidad. Llegamos al sitio elegido y comenzamos a movernos para saltar rápidamente y con orden.

-Mierda, no llegamos.-Dijo Gonzalo.

Él era el más alto de todos y aún tenía casi metro y medio por encima.

-¿Qué hacemos? -Todos tratábamos de pensar lo más rápido posible.

-¡¡Gonzalo!! - Una voz conocida sonó por encima del muro. - Coge esto.

Igor asomaba por el otro lado del muro. Nos estaba tendiendo una escalerilla de cuerda. La alegría fue incontenible. Ver que ambos estaban vivos y a salvo resultó ser la mejor noticia del día.

-Daos prisa.- Insistió Bea.-Los infectados se están moviendo buscando supervivientes.

Se encontraba en un lateral desde donde vigilaba la casa de la que veníamos. Los infectados la estaban rodeando.

Lo más rápido que pudimos fuimos pasando uno a uno al otro lado del imponente muro. Cuando terminamos de pasar, nos quedamos unos segundos tomando aire.

-Venid. -Dijo Bea.-Hay una casa aquí cerca donde podemos ocultarnos un rato hasta que veamos que está todo tranquilo.

A unos quinientos metros del muro, esquivando coches, camiones, motos y muchos restos, se encontraba la entrada a una pequeña urbanización. Un cartel de madera, colgado de uno de los pilares que franqueaban el paso, ponía "Sin esperanza más allá". Ocho casas formaban el pequeño reducto. Todas y cada una de ellas cerradas a cal y canto. Totalmente abandonadas. No nos gustaba quedarnos tan cerca del pueblo pero estábamos agotados. Además, mi herida, se había abierto. "Menos mal que según María me curo bien" pensé mientras apretaba la mano contra mi pecho. Sentí un ligero mareo.

-Hay carne congelada aquí dentro.-Dijo Laura saliendo de uno de los garajes.

-Es muy raro que todo funcione en estas casas.-Gonzalo hablaba extrañado.

Los cables del tendido eléctrico estaban destrozados. Varios postes descansaban a lo largo de la carretera y en el campo.

-Mira el techo.-Le dije.

Cinco paneles solares descansaban sobre el tejado de la casa. Seguramente, dentro del garaje, habría un acumulador de energía. No debería tener mucha potencia. Hacía tres días que no salía el sol.

Nos metimos todos en el garaje. La madre encendió, con algunas ramas, una pequeña hoguera en la chimenea de la casa. Con el tremendo incendio que tenía lugar a pocos metros, el fuego de una chimenea seguramente no llamaría mucho la atención. Preparamos varios trozos de carne y comimos tranquilamente. Mañana haríamos el recuento de material.