domingo, 6 de noviembre de 2011

ENTRADA 49

Al fin hemos llegado a nuestro primer objetivo. Después de varios días de viaje, en los que casi perdemos la vida en numerosas ocasiones, estamos con la familia de Merche. La situación en el pueblo es muy extraña. Por lo que nos cuenta su madre, los militares tomaron el lugar con la misma intención con la que tomaron Alpedrete. Llegaron un día, el veintinueve de Septiembre cree recordar, montaron un campamento y pasaron por el pueblo con altavoces en los Humvees. Avisaron a todos de que era la única oportunidad que tendrían de salir de allí y ser llevados a un punto seguro. Lo que sucedió después fue aterrador. Se realizó una limpieza. Análisis de sangre en masa fueron decidiendo el destino de cada una de las personas del pueblo. Los “negativos” volvían a sus casas hasta nuevo aviso. Los “positivos” eran subidos en camiones del ejército, con todas sus pertenencias, y llevados a un lugar del cual nadie sabe nada. Días después de su llegada, las tropas desaparecieron. De vez en cuando volvían y realizaban una nueva limpieza, llevándose con ellos a nuevos “positivos”. Así fue la vida en el pueblo durante tres semanas. Llegando la sexta visita del ejército, se desató el caos. Personas armadas emboscaron los transportes. Hartas de sufrir los abusos y controles sin ningún tipo de explicación. Una batalla campal se desató en la entrada del pueblo. Tras varias horas de combate, los militares decidieron retirarse y tomar una solución más drástica. En un par de horas varios helicópteros Apache aparecieron tras el monte y bombardearon la zona. Camiones de transporte llegaron con toneladas de hormigón con las que montaron barricadas en todas las carreteras y caminos de salida. Cientos de soldados minaron los campos colindantes. Varios carteles fueron colgados en todo el perímetro. “Pueblo Clausurado. Madrid. Nº7895. Nivel Alpha de Contención”. Durante unas semanas, toda persona que trataba de huir del pueblo, bien saltando el muro, bien por los campos, caía bajo el fuego de los militares o por las explosiones de las minas. De repente, los militares abandonaron la zona definitivamente. Muchos trataron de abandonar el pueblo. Otros se quedaron, a la espera.

Gonzalo y Ana llegaron el día veintitrés de Septiembre. Por lo que nos han contado, la situación en la zona no parecía muy peligrosa, pero las noticias de focos de violencia en varios puntos de la comunidad hicieron que tomaran la decisión de pasar unos días en casa de la familia. Gonzalo pensó en poner un mensaje en la pared, por si acaso. Esos días se convirtieron en semanas, hasta hoy.

Somos un total de diecinueve personas. La madre y las hermanas de Merche; Ana, Bea y Laura; Gonzalo e Igor; varios vecinos; Elena, Merche y yo. Contábamos con varias armas, tanto de fuego como de cuerpo a cuerpo. También contábamos con palas, mazas, picos y demás material de construcción que podíamos usar como armas contundentes. El mayor problema es la comida. Nosotros hemos llegado con apenas veinte latas de comida, algunas botellas de agua, sobres de sopa y poco más. El grupo tendría comida para una semana, como mucho.

¿Qué ha pasado estos dos días, entre que llegamos a la entrada del pueblo y encontramos a la familia de Merche?

Tras meternos en la casa de la finca, una tremenda tormenta de granizo se desató sobre nosotros. Unas bolas del tamaño de pelotas de tenis caían con una fuerza destructora impresionante. El BMW quedó increíblemente dañado. El capó delantero acabó cediendo a los impactos, quedando totalmente agujereado. Las bolas de granizo comenzaron a golpear directamente contra el motor, destrozándolo en pocos minutos. Era completamente imposible salir a la calle en esa situación. La casa estaba abandonada. No había nada de nada. Dando una vuelta por las habitaciones encontré un cartel de “se vende”, bastante viejo. La crisis había llevado a mucha gente a vender sus casas, pero los compradores eran escasos.

Montamos el campamento en el salón. Con algunos troncos que encontramos en el sótano encendimos la chimenea. Se agradeció muchísimo el calor que desprendía y el olor era tremendamente agradable. Las chicas se quedaron dormidas en seguida. El ambiente que se había creado era tan cómodo que, por un momento, nos sentimos tan relajados que nos olvidamos por completo de lo que estábamos viviendo en el exterior.

Por la mañana comprobamos el estado de nuestro vehículo. Evidentemente, después de la tormenta, estaba totalmente destrozado y era imposible arrancarlo. Tocaría andar.
Sacamos todo lo que teníamos en el maletero y preparamos cinco mochilas con lo que seleccionamos. Nos cambiamos, poniéndonos ropa limpia y tirando la que llevábamos puesta. Comprobamos las armas y la munición.

Pasado el mediodía salimos de la casa. Fuimos por la carretera. Varios coches destrozados a los lados, estampados contra los muros y arboles, dejaban evidencia de la cantidad de accidentes ocurridos en la zona. Otros tantos simplemente abandonados, poblaban la carretera. Tomamos la última curva antes de llegar al pueblo. La visión de un enorme muro de hormigón apareció frente a nosotros. No se parecía en absoluto al que vimos en Guadarrama. Este parecía el muro de un getho de la segunda guerra mundial, o, poniendo un ejemplo más actual, se asemejaba al muro de la vergüenza Israelí. Sin puertas, sin controles. Simplemente cinco metros de
hormigón.

-¿Cómo vamos a pasar? – Preguntó Merche.

La verdad es que no me lo planteaba. El muro llegaba hasta los laterales de la carretera, juntándose con los levantados, en piedra, de las fincas. Con entrar en una finca y bordear el muro sería suficiente.

-¿Estás loco? – Me gritó Merche cuando me dispuse a saltar el muro de piedra. – Mira ese cartel.

-Mierda.-Respondí.

A unos metros del muro, un cartel verde con letras blancas descansaba en el suelo. “Área de Peligro. Campo Minado”.

-Menos mal que lo has visto.-Le agradecí a Merche.-Vamos a buscar una manera de cruzar.

Eché un vistazo al campo. Estaba completamente removido. Varios agujeros dejaban constancia de la existencia de las minas. Zapatillas, zapatos, pantalones, camisetas. El color rojizo de la sangre reseca acompañaba todo tipo de ropa dispersa por el campo. Creí ver varios miembros amputados en diversos lugares. No tenía ganas de confirmarlo, así que dejé de mirar.

-Merche, Borja.-La vocecilla de Elena sonó tratando de llamarnos la atención.-Mirad.

La pequeña señalaba una cuerda que colgaba del muro en el lado contrario de la carretera. Un gancho de hierro la sujetaba contra la parte alta.

-Creo que podemos usarla.-Dije.-Esperad aquí.

Me quité las dos mochilas que llevaba, me puse unos guantes y comprobé la cuerda. Di varios tirones. Aguantó. Me colgué, dejando todo mi peso suspendido en el aire. Aguantó.

-Bien. Parece que aguanta.-Le dije a Merche.-Voy a subir. Miro lo que hay al otro lado y te cuento.

Comencé a escalar por el muro. Cinco metros no son muchos pero una cuerda ayuda bastante. Al llegar a lo alto me crucé en el muro, como si montara un caballo. Solo había cuerda en ese lado. Seguramente, la persona o personas que la usaron, se subieron todos, uno tras otro. Cuando estuvieron todos, colgaron la cuerda del otro lado y bajaron.

-Merche.-Grité.- Tenéis que subir las dos y esperar aquí arriba. Cuando estemos todos aquí, cambiamos la cuerda de lado y bajamos. Ata las mochilas a la cuerda, las subo, para tirarlas al otro lado y después subís vosotras.

-Vale.-Respondió Merche desde abajo.

Mientras Merche ataba las cinco mochilas a la cuerda, miré a mí alrededor. El pueblo daba la sensación de estar abandonado. Una tremenda fila de coches se agolpaba al otro lado, casi todos con las puertas abiertas. Algunas manchas de sangre decoraban el asfalto. Varios pasos, en los muros de las fincas, daban a entender que, en su huida, la gente había tirando las piedras. Otros tantos agujeros mostraban el caos desatado por múltiples explosiones de minas mientras la gente trataba de salir atravesando los campos. En las cunetas se podían distinguir varios cuerpos sin vida, posiblemente de personas que se arrastraron hasta allí tras sufrir heridas mortales por las explosiones.

-Borja.-La voz de Merche me sacó de mi abstracción.- ¿A qué esperas?

No me había dado cuenta de que Merche llevaba un rato tirando de la cuerda, tratando de avisarme de que ya podía recogerla. Subí las mochilas y las lancé, una a una, al otro lado. Cuando acabé, volví a pasarle la cuerda a Merche.

-Ata el bolso de Boni.-Le dije.- Me lo subo y me lo pongo a la espalda.

Merche metió a Boni en el bolso que teníamos para llevarla en caso de urgencia. Cerró la cremallera y lo ató a la cuerda. La perra estaba nerviosa pero no se movía demasiado. Cuando la tuve en mis manos, abrí un poco la cremallera y la acaricié. Dejé caer la cuerda de nuevo. Era el turno de Elena. Merche ató la cuerda a su cinturita y le dijo que se sujetara con las manos a ella. Poco a poco la subí.

-Ponte como yo, pequeña.-Le dije cuando estuvo conmigo.- Sujétate con las manos al muro y no te muevas, ¿vale?

-Vale.-Respondió la niña.

Ya solo quedaban Merche y Yuko. La perrita se revolvía en el bolso. No le gustaba nada estar encerrada y se agobiaba enseguida. Merche se ató la cuerda a la cintura y tiró para hacerme saber que estaba preparada. Llegó a nuestro lado. Se agarró al muro.

-No te desates.-Le dije.- Vas directa para abajo.- Le sonreí.

-Vale.-Respondió.- Cuanto antes pueda sacar a Yuko, antes deja de hacerme daño.

La descolgué por el otro lado. Cuando llegó al otro lado, se desató y sacó a la perrita del bolso. Esta se sacudió y por fin se relajó un poco. Subí la cuerda y realicé el mismo proceso con Elena.

En pocos minutos estábamos todos al otro lado. Comenzamos a avanzar entre los coches. Varios cadáveres asomaban por las ventanillas de algunos de ellos. Los muertos por las minas iban en aumento según nos acercábamos al pueblo. Malheridos, trataron de volver a sus casas.

Comenzó a llover. La lluvia era tremendamente fina y abundante. En pocos segundos estábamos totalmente empapados. Por fin, entramos en el pueblo.

-¿Por dónde vamos? – Le pregunté a Merche. -¿Cuál será el mejor camino?

-Yo creo que por las urbanizaciones nuevas. Cogemos mi casa por detrás.

Subimos las cuestas de camino al centro del pueblo que atravesaban las nuevas urbanizaciones de chalets. Estábamos en un pueblo fantasma. Ni siquiera teníamos la sensación de estar siendo observados. El único presentimiento que teníamos era el de la nada. No había nada ni nadie. La vida se había marchado de aquel lugar.

Miles de cascotes, escombros y fragmentos de edificios se agolpaban por todos lados. La destrucción era la nota predominante bajo la lluvia. El agua inundaba las decenas de boquetes que había en el suelo. Ropa, muebles, juguetes y cantidad de objetos personales se encontraban aquí y allí. Desperdigados por todos lados. En ese momento no teníamos ni idea de lo que había pasado en aquel lugar.

-Espero que estén bien.-Pensó Merche en voz alta.

-No te preocupes.-Respondí, sin creerme casi mis palabras.

En treinta minutos llegamos cerca de la casa de Merche. La zona estaba igual o peor que la que acabábamos de pasar. Decenas de cuerpos se encontraban desperdigados por todos lados. Los cascotes y escombros eran mucho más numerosos. La preocupación invadió la cara de Merche. Aceleramos el paso.

Cuando llegamos a la zona de chalets, donde vivía la familia de Merche, el espectáculo no era demasiado alentador. El chalet estaba medio derruido. Uno de los muros laterales había caído y dejaba ver las habitaciones del piso superior. Merche dejó sus mochilas en el suelo y corrió hacia la casa. Entró por un agujero abierto en el garaje. Elena y yo nos quedamos fuera con las perras. En el descansillo, al resguardo de la lluvia.

-No hay nadie.-Merche salió de la casa. La lluvia no disimulaba sus lágrimas.

Se sentó a mi lado. Ya no podía contenerse. Rompió a llorar. La lluvia comenzaba a amainar. Las nubes nos abandonaban poco a poco, dejando un cielo grisáceo sobre nosotros. Dentro de poco la noche llegaría.

-¿Merche?-Una voz familiar sonó al otro lado de lo que quedaba de verja.-¡¡¡Merche, eres tú!!!- Se transformó en un grito de emoción incontrolable.

Tras el muro derruido apareció la hermana mayor de Merche, Ana. Había vuelto a la casa para ver si podía recuperar algunas mantas. Estaban todos refugiados en la iglesia. Uno de los pocos edificios que quedaban en pie casi entero. Merche no podía más. Se lanzó sobre su hermana y la abrazó con fuerza. La verdad es que encontrarnos con ella supuso un alivio increíble. Un poco de felicidad nos venía bien.
Nos llevó junto a los demás. La fortuna quiso que nos encontráramos todos y estuviéramos más o menos bien. Algunos de los vecinos tenían heridas producidas por los ataques de los militares. Afortunadamente no estaban muy graves. Habían conseguido sobrevivir encerrándose en la iglesia.

Merche se quedó toda la noche hablando con su familia. Yo caí rendido en uno de los colchones que tenían en el aula de catequesis. Habían conseguido varios braseros antiguos donde metían las ascuas de las pequeñas hogueras que encendían. Estaba todo iluminado con velas.

Cuando llegó la mañana. Merche estaba dormida a mi lado, junto a Elena. Acaban de quedarse dormidas. Estuve hablando con Gonzalo. Le pregunté por la situación. Lo que más me interesaba era su opinión de los vecinos, ¿eran de fiar? Casi todos eran amigos de Ana, la madre de Merche. Así que debíamos suponer que sí podíamos confiar en ellos. Tras una larguísima conversación, en la que le puse al día de lo que habíamos vivido, me comentó las posibilidades que habían surgido para tratar de continuar con vida. Desde ir a la finca de un conocido hasta encerrarse en una nave del polígono industrial.

Le pregunté si había electricidad en alguna casa.

-Sí.-Respondió.-En la casa de enfrente hay luz e internet. Pero ten cuidado. De vez en cuando hay cortos por culpa del agua.

Me contó que usaban esa casa para cargar las baterías de grupos eléctricos, que uno de los vecinos trajo de su taller. Algunos se habían quemado por culpa de subidas de tensión pero los que funcionaban producían la energía suficiente para tener calor de vez en cuando y poder calentar agua.

De momento estamos descansando. Mañana por la mañana les contaremos lo del punto seguro de La Pedriza. Nosotros estamos convencidos de llegar a él. Y queremos que vengan con nosotros.

jueves, 3 de noviembre de 2011

ENTRADA 48

Un fuerte estruendo nos ha despertado a todos por la mañana. Luis Javier y yo hemos salido al jardín para comprobar la procedencia del sonido. El origen estaba en Villalba. Una enorme columna de humo se elevaba, imponente, sobre las copas de los árboles. Tenía toda la pinta de que el Planetocio estaba ardiendo por completo. Nuevos estruendos nos han confirmado que los depósitos de combustible de la gasolinera o los generadores, que el ejército usaba para proporcionar luz al centro comercial, estaban volando por los aires. Las explosiones se sucedían constantemente, acompañadas de un resplandor anaranjado y crecientes columnas de humo negro.

Estábamos bastante preocupados. No teníamos ni idea de hacia dónde se dirigían los infectados. Nuestra huida fue tan frenética que no nos paramos a comprobar si nos seguían, sobre todo los dos que corrieron detrás nuestro. Pensábamos que, poniendo tierra de por medio, debíamos haberlos despistado. Pero era inevitable sentir el temor de estar siendo observados en ese momento.

Volvimos a entrar en el garaje. Merche estaba preparando las últimas mochilas. Elena jugaba con las perras en el salón. Luis Javier aprovechó para lavarse un poco. Yo traté de entrar en alguna página de noticias pero no funcionaba casi ninguna de ellas. Las pocas que tenían información estaban tremendamente desactualizadas. Me parece increíble que aún pueda conectarme a internet. Los teléfonos siguen dando señales pero cada vez con más cantidad de ruido y es imposible contactar con alguien.

Al medio día comimos algo y planeamos cómo íbamos a continuar. La mejor opción era tomar el camino más directo desde nuestra posición. Si por un casual nos encontrábamos con algún obstáculo que no nos permita continuar en el coche, iríamos andando. Teníamos localizados varios lugares donde poder parar en caso de ser necesario.

Con el Humvee en la puerta, estábamos convencidos de que ese iba a ser el vehículo que usaríamos, pero Luis Javier nos dio la mala noticia. El depósito estaba casi seco, no llegaríamos muy lejos, por lo que el BMW se convirtió en nuestro medio de transporte.

A media tarde habíamos terminado de cargar todo el material en el maletero del todoterreno. Entre todos, quitamos las ramas que lo cubrían y Merche se preparó para arrancarlo.

-¡¡Señor Laita!! - Una voz conocida sonó en el exterior de la parcela, al otro lado de la valla de la casa. - Salga de ahí, maldito.

-Coño.- Dijo Luis Javier.- Es el Coronel.

Nos acercamos a la valla y, apartando las enredaderas que estaban creciendo junto a las arizonicas, nos abrimos un hueco por el que mirar. Efectivamente, era el Coronel. Estaba en la torreta de un Humvee, acompañado de otros cuatro soldados. Un segundo Humvee se situaba a la derecha de la casa, dentro de la urbanización, con otros cinco hombres, casi todos civiles. En la entrada de la colonia, un camión militar esperaba con una docena de civiles. Todos estaban tremendamente agotados, con las ropas sucias. Algunos tenían vendas en la cabeza o los brazos. Multitud de manchas de sangre en la ropa, acartonada, dejaban patente que todos y cada uno de ellos habían salido del centro comercial.

-Sé que no me lo ha contado todo.-Gritó el Coronel.-Usted sólo, con su familia, sin rumbo y no queriendo ayuda de los militares. No es una historia muy creíble.-Su tono era tremendamente amenazador.-Sus putos laboratorios seguro que tenían algún as en la manga para un caso como este. ¿Por qué vacunar a sus empleados y dejarlos morir en la calle? No me lo creo.-Hizo una pausa.-¡¡¡Señor Laita!!! Salga aquí.

Nosotros preocupándonos por los infectados y ahora teníamos en nuestras puertas a un Coronel, totalmente cabreado, que quería obligarme a contarle todo lo que sabía. Estoy seguro de que si se enteraba de que existía un punto seguro, especial, en la pedriza, no dudaría en atacarlo, aunque fueran pocos para hacerlo.

-¿Qué hacemos?- Preguntó Merche.

-Ten cuidado con la decisión que tomes.-Dijo Luis Javier detrás de ella.-Ese tío ha ejecutado a cantidad de gente solo por sospechar que podrían ser un problema. Es un peligro, se muestra muy amable pero es un auténtico hijo de puta.

-Me lo dices o me lo cuentas.-Respondí.- Empiezo a pensar que, el muy cabron, nos dejó escapar para poder seguirnos. Todo era puro teatro.

-No me obligue a mandar a mis hombres.-El Coronel comenzaba a inquietarse.-Si entramos no daremos cuartel. Con mantenerle vivo a usted me vale pero, si salen ahora, no mataré a nadie.

-¿Y si le matamos? - Propuso Luis Javier.- Es tan fácil como dispararle desde aquí.

-No creo que sea buena idea.-Respondió Merche.-Todos los demás se nos echarán encima. Sin nadie que les mande, harían lo que quisieran y seguramente nos matarían.

La situación era bastante delicada. Si salíamos, acabaríamos todos prisioneros de ese maldito Coronel. Sin la seguridad de continuar con vida si se le cruzaban los cables. No podríamos ir a casa de la familia de Merche. Tampoco nos dejarían entrar en el punto seguro, provocando un enfrentamiento entre los defensores y estos atacantes, poniéndonos a nosotros de por medio. Acabaría muy mal.

-Contad cuantos tíos armados hay fuera.-Les dije a Merche y a Luis Javier.-Todos los que serian peligrosos en caso de salir. Elena.- Continué, dirigiéndome a la pequeña.- Coge a Boni y a Yuko y metete en el coche, en el asiento trasero. Túmbate en el suelo y tapate con una de las mantas que hay en el maletero, ¿vale?

-¿Qué pretendes? - Me preguntó Merche. - No sé quien me da más miedo.- Sonreía. Sabía que mis ideas eran tremendas, pero, hasta ese momento, nos habían sacado de varios apuros.

-Básicamente, vamos a salir cagando leches de aquí.-Comencé a contarles el plan.-Voy a darle conversación a ese cretino. Cuando sepáis cuantos hay, meteos en el coche.-Me dirigí a Luis Javier.- He visto que tienes dos granadas, ¿no?

-Sí.-Respondió.- Y varias bengalas.

-Genial. Cuando sepamos cuantos hay ahí fuera.-Continué.-Vamos a hacerle creer que salimos. En ese momento, cuando la puerta automática comience a abrirse, quiero que lances las granadas. Una contra el Humvee del Coronel y otra contra el que está a la derecha.-Me dirigí a Merche.-Tu lanza las bengalas hacia la entrada, para asustar a los del camión. Creo que son casi todos civiles. No nos harán nada si están asustados.

-Joder, menudo plan.-La cara de Luis Javier era un poema.-Estas como una puta cabra.

-Es posible.-Dije sonriendo.-Pero no pienso rendirme a ese soplapollas.-Continué contándoles el plan.-Una vez que salgamos, tenemos que ir, lo más rápido posible, hacia el cementerio. Si tenemos problemas, nos metemos en el campo sin dudarlo, aunque haya que llevarse por delante alguna puerta metálica. Si nos siguen, trataremos de darles esquinazo. Dispararemos solo si es necesario. ¿De acuerdo? -Pregunté. Necesitaba que me confirmaran que me seguirían en esa locura de plan.

-Por supuesto.-Dijo Merche sin dudar.

-No creo que haya muchas más opciones.-Respondió Luis Javier.- Así que, vamos a darles duro.

-Bien. Merche, tu conduces.-Le dije sonriendo.

-Vale.

Merche y Luis Javier se pegaron a la valla, comenzaron a contar.

-Coronel.-Comencé el espectáculo.-Tiene que prometerme que no nos hará nada. Tengo la sensación de que usted no es muy fiable.

-Maldito idiota.-Gritó en respuesta.- Valore su situación y piense dos veces sus palabras. Le he dicho que no les mataré si salen, tirando las armas. Tiene mucho que contarme.

-No le entregaré las armas, Coronel.-Tenía que ponerle nervioso.- No permitiré que nos deje desarmados. ¿Nos defenderá en caso de ser atacados? No seremos sus prisioneros. Debería tratarnos bien.

-¿Pero qué demonios está diciendo? - Estaba consiguiendo mi objetivo.- Me interesa usted.

-Verá. Sé donde podemos estar seguros. Pero todos. - Continué. - Hay un lugar donde nos acogerán. Comida, camas, agua. Todo lo que necesitamos para sobrevivir.

-Buen chico. - Dijo. - Salgan ahora mismo, entreguen las armas y valoraremos su situación.

-Coronel. Creo que no me ha oído.- Respondí.- No le voy a entregar las armas. Ustedes vienen con nosotros, no al revés. Mandamos nosotros.

Merche y Luis Javier pasaron a mi lado.

-He contado dos a la derecha.- Dijo Merche.-Otros dos con el Coronel.

-Hay uno en la entrada.-Completó Luis Javier.-Confirmo lo que ha dicho ella.

-Eso nos da un total de unos cinco peligrosos.-Comenté.-Ok, id al coche. Vamos a empezar.

Cuando los dos estuvieron dentro del BMW, continúe la conversación.

-Coronel. Espero que tenga en cuenta mis peticiones.- Trataba de liarle.- Si confirma que nos dejará con vida y hará lo que yo le pida, saldremos enseguida.

-Maldito.- Le notaba dubitativo. - De acuerdo, salga aquí y llegaremos a un acuerdo. Pero no trate de engañarme. Les mataré a todos si me la juega.

"Perfecto" Pensé. El Coronel ordenó a los dos soldados de su Humvee que se prepararán para nuestra salida. Ambos se colgaron el G36 al hombro y se acercaron a la puerta. Los otros se prepararon. Uno de ellos apuntaba hacia la entrada, los otros no se movieron. Seguramente debido al cansancio.

-Muy bien.-Informé.- Vamos a salir.

Me acerqué a la puerta y apreté el botón de apertura. Ésta comenzó a abrirse lentamente. Corrí hacia el coche. Cogí el G36 y un bate. Luis Javier tenía las granadas preparadas. Merche encendió una de las bengalas.

-¡¡Ahora!! - Grité.

Ambos lanzaron, a la vez, la granada y la bengala respectivamente. Merche arrancó el coche y pisó el acelerador. Bajé la ventanilla y saqué parte del cuerpo, con el bate de baseball en la mano. La puerta terminó de abrirse.

-Malditos desgraciados.-Gritó el Coronel.

La granada explotó a su derecha. Se golpeó la cabeza contra una de las placas de metal que hacían de protección en la torreta haciéndole caer en el interior del vehículo. Uno de los soldados salió despedido y chocó contra el lateral del Humvee, cayendo muerto al lado de la rueda.

El factor sorpresa había funcionado. Luis Javier lanzó la segunda granada contra el otro vehículo. Los cinco ocupantes se echaron al suelo. La explosión se llevó por delante a dos de ellos, que perdieron parte de sus extremidades y se retorcían en el suelo. Los otros tres quedaron atontados. Cuando llegamos a la entrada de la parcela, los dos soldados que se habían acercado, estaban desorientados. No se esperaban ese ataque. Uno de ellos miraba hacia el Humvee del Coronel. El otro trataba de hacerse con el G36 de su espalda. Al pasar a su lado, le golpeé, con toda la fuerza que pude, en la cabeza. Su cuello se retorció de tal manera que acabó roto, giró sobre sí mismo y cayó al suelo fulminado. El primero saltó hacia atrás, golpeándose con el muro y quedó sentado en la acera, con una asombrosa cara de pánico.

-Vamos.-Grité.-Salgamos de aquí.

Merche salió a la carretera a toda velocidad. Los ocupantes del camión habían saltado de él, aterrados. Corrían en todas direcciones buscando un lugar donde ocultarse. Cuando pasamos a su lado, Luis Javier, lanzó una ráfaga, con su G36, al aire para acojonarlos un poco más.

Enfilamos la carretera, la rotonda se situaba frente de nosotros, totalmente despejada.

-Nos están siguiendo.- Dijo Merche mirando por el retrovisor.

Efectivamente, los dos Humvees salieron de la urbanización tras un tremendo derrape. Desde las torretas, dos soldados, disparaban sus fusiles de asalto. En uno de ellos, el Coronel gesticulaba con odio.

-Elena, agáchate y no se te ocurra levantarte.-Ordenó Merche a la pequeña.

-Toma, ponte esto.-Luis Javier le tendía su casco a Merche.-Lo he ajustado al máximo, es de kevlar. Si atraviesa algún disparo el cristal, esto lo parará.

Era una magnífica idea. Merche tenía que conducir y no podía preocuparse de esconderse de los disparos. Llegamos a la rotonda. La cogimos a toda velocidad, casi acabamos por la salida que no era de la inercia. Uno de los Humvees perseguidores la cogió en dirección contraria, imagino que tratando de cortarnos el paso. No sin problemas, Merche retomó el control y consiguió dirigirnos por la carretera que debíamos coger.

- Dispara por tu ventana a esos cabrones. -Grité.

Luis Javier comenzó a disparar por su ventana contra el vehículo que teníamos casi en paralelo. El soldado que iba en la torreta cayó de la torreta al interior del Humvee, le había conseguido acertar a pesar del movimiento. Un segundo soldado asomó y comenzó a disparar.

-Mierda.-Gritó metiéndose en el coche.

Le habían alcanzado en el brazo. Eso provocó que soltara el G36, no pudo sostenerlo. Le habían desgarrado los músculos y se le escapó de las manos.

-¡¡Agarraos!!-Nos advirtió Merche.

Tuvo que meterse por el campo adyacente a la carretera. Varios coches accidentados cortaban el paso, haciendo imposible continuar por ella. Tras esquivarlos, dando varios tumbos y saltos, consiguió volver al asfalto. Uno de los Humvees perseguidores salió por el lado contrario y al volver a la carretera se situó en paralelo a nosotros. La imagen me recordó muchísimo a la persecución que vivimos cuando salimos de Guadarrama. El soldado que conducía el vehículo trataba de echarnos de la carretera. El segundo Humvee se situó a nuestras espaldas, empujándonos.

-Joder.-Merche estaba esforzándose al máximo.-La cosa esta jodida.

-Aguanta.-Grité.

Me asomé de la misma manera que en la primera persecución y descargué varios disparos contra el vehículo que teníamos al lado. No conseguí acertarle a ninguno de sus ocupantes, pero nos valió para que se despegaran de nosotros y se situaran a nuestra espalda, junto al otro perseguidor.

Subimos la carretera, estábamos llegando a la siguiente rotonda. Merche bajó un poco la velocidad. La curva que debíamos tomar era mucho más pronunciada y estaba muy mal peraltada. Antes del caos, vimos cantidad de coches de chavales que volcaban en esa rotonda por cogerla demasiado deprisa.

-Pero qué coño.-Dijo Merche.

Un enorme tráiler apareció a nuestra derecha, iba a toda velocidad, daba la sensación de que trataba de cortarnos el paso en la rotonda.

-Acelera.-Le dije a Merche.- Aunque sea por dirección contraria.

Merche dio un tremendo acelerón y pasamos por delante del tráiler, dejándolo atrás, por unos milímetros. Este se llevó por delante uno de los Humvees, convirtiéndolo en un amasijo de hierros y sangre. Había destrozado, literalmente, a todos los ocupantes. El tráiler volcó, deslizándose por encima de la rotonda y quedó cruzado en la carretera. Pudimos oír como el otro Humvee se estrellaba contra el contenedor de carga. Merche paró en seco. Necesitaba darse un momento para tranquilizarse y retomar el control.

Unas siluetas conocidas salieron de la cabina, tambaleándose. Eran las personas que nos atacaron en Guadarrama.

-Joder, son los tíos que había en la colina mientras nos atacaban en el polideportivo.-Merche los reconoció.

Ambos salieron torpemente, con escopetas en las manos. Uno de ellos cayó al suelo tras escucharse un disparo de pistola. Al otro lado, el Coronel y otro soldado, únicos supervivientes del accidente, habían salido de su vehículo y dispararon contra ellos. El hombre que quedó en pie levantó su escopeta y disparó. Un gritó sonó al otro lado y un golpe contra el contenedor de carga confirmó que había alcanzado a uno de nuestros perseguidores.

En ese momento la radio de Luis Javier sonó.

-Soldado Reguera, soldado Reguera.-Era la maldita voz del Coronel.- Ayúdeme. Mátelos y venga a ayudarme. Estoy herido.

Un nuevo disparo sonó. La comunicación se cortó.

-Maldito.-Le dije a Luis Javier.- Tu le has llevado hasta nosotros.

Trató de sacar la pistola pero le lancé un puñetazo sobre la herida del brazo. Cogí su pistola y le apunté.

-Debería matarte aquí mismo.-Le amenacé, lleno de rabia.

-No por favor.-Suplicó.- Sólo cumplía órdenes.

Abrí la puerta y salí del coche. El hombre del tráiler me vio y trató de dispararme. No había recargado la escopeta. Rápidamente trato de hacerlo. Sin dudarlo, le dispare seis tiros con la pistola. Cayó hacia nuestro lado, muerto.

-Sal del coche, cabronazo.-Le dije a Luis Javier mientras tiraba de él.

Le dejé en el suelo. Le observé.

-Da gracias por haberme ayudado a escapar.-Le amenacé.- Y por llevarme con Merche. Pero aquí se acaba tu camino con nosotros.

Le apunté con la pistola y le disparé. Un grito de dolor salió de su boca. Le destrocé el pie derecho de un disparo.

-No te voy a matar.-Le dije.-Pero no te lo voy a poner fácil.

Le quité los dos cargadores de g36 que llevaba, la ración de comida y el botiquín. Me subí al coche y Merche arrancó. Le pedí a Merche que parara antes de llegar al pueblo. Debíamos descansar antes de enfrentarnos a una zona poblada. Sin saber qué íbamos a encontrarnos no sería demasiado inteligente estar cansados y sin recargar las armas.

Entramos en una de las últimas fincas antes de entrar en el pueblo. La casa estaba a unos treinta metros de la entrada, rodeada de arboles. No nos costó mucho. Montamos un pequeño campamento. Elena se durmió enseguida, estaba realmente agotada. La pobre recibió un pisotón de Luis Javier. Seguramente no se había dado cuenta ya que estaba en el suelo tapada. Las perritas estaban algo nerviosas e igualmente cansadas.

Menuda mierda de mundo. No solo nos tenemos que preocupar por unos locos homicidas. Los infectados son peligrosos, pero, estos días, los sanos han sido, de lejos, mucho más peligrosos. Da igual. Todos son enemigos.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

ENTRADA 47

31 de Octubre – Borja – Garaje.

A las cuatro de la mañana las alarmas comenzaron a sonar por todo el centro comercial. Salí de la sala tres de cine, que me habían asignado para dormir, y la locura estaba totalmente desatada en el exterior. Soldados corriendo de aquí para allá, civiles gritando, llorando, buscando un lugar donde ocultarse. Un grupo de hombres bajando corriendo a la intendencia para exigir un arma y poder defenderse. El ataque había comenzado.

Me terminé de vestir a toda prisa, había dormido con parte del uniforme puesto, así que solo me faltaban las botas y la camisola. Al volver al descansillo, comencé a escuchar los primeros disparos. Me asomé a la cristalera que hay detrás de las taquillas del cine. Menudo espectáculo, enormes focos de luz iluminaban la noche. Pude ver muchísimas personas corriendo en dirección al centro comercial. Armadas con palos, palas, bates, azadas, picos e incluso espadas. Parecían poseídas, rastros rojizos se movían locamente por las zonas oscuras. Desde las barricadas que rodeaban el edificio, multitud de destellos bailaban rápidamente, intercambiando posiciones, disparando a discreción contra todo lo que estuviera al otro lado. Comenzaron a llover los cócteles Molotov por encima de las barricadas. Cientos de botellas estallaban sobre los soldados y civiles que las defendían. Una rompió sobre un civil, armado con un G36, prendió rápidamente, éste comenzó a revolverse y sus disparos se dirigieron contra tres soldados que había apostados a su lado, matándolos a todos. Varias antorchas humanas corrían a lo largo de la línea de defensa, gritando, buscando ayuda. Algunos soldados, directamente, disparaban sobre ellos, otros los echaban al suelo y trataban de apagarlos. El caos se apoderó del lugar.

Comenzaron a sonar los disparos de las tremendas MGs de los Humvees. Disparaban rápidamente, sin descanso. Un soldado comenzó a gritar a otro, que estaba apostado en una de ellas, realizando ráfagas continuas, sin descanso. Trataba de decirle que dejara descansar unos segundos la pesada ametralladora, pero el artillero estaba enajenado. En poco tiempo, el cañón estaba al rojo vivo y poco después explotó, llevándose por delante la cabeza del militar apostado en la torreta y atravesando, con cientos de fragmentos metálicos, el cuerpo del otro soldado que trataba de salvarle. El vehículo comenzó a arder.

En pocos minutos, miles de infectados estaban encima de las barricadas. Comenzaron encarnizados combates cuerpo a cuerpo. Disparos a quemarropa de los soldados, con los que conseguían quitarse de encima a los primeros atacantes, pero que no evitaban que otros tantos se lanzaran sobre ellos. Muchos habían calado las bayonetas, enormes cuchillos de combate, en los cañones de los fusiles y con ellas atravesaban, incansablemente, cabezas, cuerpos, piernas. Pero no era suficiente. Los infectados se multiplicaban, por cada uno que mataban, aparecían cuatro más.

Bajé rápidamente, en el camino me encontré con el soldado Reguera.

-¿Dónde está García? – Le pregunté

-Fuera, con los otros.-Me dijo.

-Mierda, tenemos que irnos de aquí.-Grité-¿Donde están las llaves de los Humvees?
-En la intendencia.

Ambos corrimos hacia el local. Varias personas se agolpaban en la puerta mientras se repartían los pocos G36 que quedaban y se racionaban los cargadores. La locura estaba totalmente desatada fuera. Los miembros del destacamento medico no paraban. Soldados heridos se agolpaban en los pasillos, varios cuerpos tapados con sabanas se apiñaban al fondo de uno de los locales.

-Dame las llaves de un Humvee.-Le grité a uno de los soldados.-Rápido.

El pobre muchacho no daba a basto. Los civiles le estaban quitando de las manos los cargadores que estaba tratando de guardar para los militares. Un disparo sonó a nuestras espaldas.

-Todos quietos.-La voz del Coronel resonó en el local.-La munición se entregará con prioridad a los soldados. Los civiles que ya estén armados salgan a la calle a defender la posición. Los demás, bajen al garaje.

-No pienso morir aquí, maldito cabron.-Gritó un hombre.-Me llevo a mi familia ahora mismo y no me lo vas a impedir.

Se dispuso a disparar al Coronel, pero su cabeza saltó por los aires antes de poder hacerlo. Un policía militar, que estaba al fondo del local, sacó su pistola y no dudo un segundo en apretar el gatillo.

-Por favor.-Comenzó a hablar el policía militar.-No conseguiremos nada matándonos aquí dentro. Si queremos tener alguna posibilidad debemos combatir fuera.

Varios hombres salieron corriendo a la calle con los fusiles, otros subieron con sus familias.

-Necesito las llaves de un Humvee, debo ir a por mi familia.-Le dije al Coronel.

-Cójalas, pero no creo que llegue muy lejos.-Dijo.-Vamos a morir todos aquí.

Me entregaron unas llaves. Los disparos comenzaron a sonar dentro del centro comercial.

-Nos replegamos, la situación fuera es insostenible.-Gritó un soldado desde las puertas.-Bajad los cierres. Rápido.

Cinco horas de descanso. Los golpes en las puertas eran cada vez más brutales. Algunas personas comenzaban a perder la cabeza, aterrados por el sonido de las persianas metálicas. Subí al piso de arriba para mirar por el ventanal. La visión del campo de batalla era aterradora. Cientos de cuerpos cubrían la zona. En su gran mayoría eran infectados pero también había bastantes militares y civiles. Al fondo, varios infectados se divertían torturando a los heridos y capturados. Arrancando brazos, clavándoles estacas en los miembros. Era horrible.

-Aún no han entrado por los garajes. Las cuestas están despejadas.-Me dijo el soldado Reguera.

-¿Cómo te llamas?-Le pregunté.-Se me hace raro llamarte “soldado Reguera”, preferiría llamarte por tu nombre de pila.

-Luis Javier.-Respondió.-Imagino que entre nosotros no hace falta guardar la compostura militar.

-Yo me llamo Borja.-Le extendí la mano.-Encantado.

-Lo mismo digo.

-¿García?-Pregunté.

-Se ha quedado fuera.-Dijo entristecido.-Era un buen amigo.

-Lo siento.-Dije sinceramente.-Pero nos vamos de aquí, ahora.

Bajé las escaleras rápidamente. Los soldados habían levantado varias barreras en los pasillos para tratar de ralentizar la entrada en el centro comercial. Algunos bajaban al garaje, cargados con cajas de material.

-Según creo, vamos a intentar abandonar el lugar, todos a la vez.-Me comentó Luis Javier.

Menuda locura. Por lo menos serian unos treinta Humvees saliendo al mismo tiempo, uno detrás de otro. Los primeros lo tendrían fácil, pero los últimos. Cientos de infectados se lanzarían sobre ellos. Teníamos que salir antes que nadie.

-¿Cuál es el Humvee de estas llaves?-Le pregunté enseñándole el llavero.

-Aquel.

Corrimos hacia un Humvee que había aparcado al fondo del garaje. Nos cruzamos con varias personas que trataban de hacer saltar los cristales de los vehículos. Los disparos comenzaron a sonar en las escaleras. Los infectados habían entrado en el centro comercial. Varios civiles y soldados aparecieron, corriendo despavoridos, en el garaje. La situación se volvió descontrolada. Los soldados disparaban a los civiles que trataban de entrar en sus Humvees. Por fin llegamos al nuestro.

-Espera, no te montes hasta que no confirmes que no nos mira nadie.-Le dije a Luis Javier.-Cuando entres, agáchate y cierra la puerta.

-Vale.

-¡¡Ahora!!-Grité.

Nos metimos los dos en el vehículo y cerramos las puertas. En ese momento, los primeros infectados comenzaban a entrar en el garaje. Los disparos se hicieron más numerosos. Gritos, llantos, carreras.

-Vamos, vamos, vamos.-Me gritó Luis Javier.

Le di las llaves y arrancó el vehículo. Un infectado se lanzó contra nosotros. Comenzó a golpear como loco el cristal. Estaba empapado de sangre por todo el cuerpo. Su cara era aterradora. Cargué el G36, levanté la tapa de la trampilla del techo, me asomé y le disparé a bocajarro en la cabeza. Luis Javier dio un acelerón y comenzamos a esquivar coches, Humvees y personas. Otro infectado saltó al techo del vehículo, trató de golpearme pero pude esquivarle. Le disparé y cayó al suelo. Se levantó casi al instante y comenzó a perseguirnos.

-Más rápido.-Le dije a Luis Javier.

Conseguimos enfilar la entrada y subimos la cuesta que llevaba al exterior. Cuatro infectados nos seguían. Varias explosiones sonaron en el garaje. Volví a salir por la trampilla. Apunté a los infectados. Conseguí acertarle a dos de ellos en la cabeza, cayeron redondos al suelo. Los otros dos nos siguieron durante unos metros más, hasta que conseguimos dejarlos atrás.

La visión del centro comercial era abrumadora. Un incendio se había desatado en una de las puertas principales y absorbía rápidamente todo lo que tenía alrededor. La gran cantidad de material que usaron para las barricadas era un increíble combustible que lo alimentaba sin cesar. Cientos de cuerpos se agolpaban por todos lados. Los chillidos se oían aún estando a varios metros del lugar. Miles de infectados trataban de entrar en el edificio, empujándose unos a otros. De vez en cuando salían algunos grupos, empujando a personas violentamente. Habían conseguido su botín y comenzaban a disfrutarlo. No quiero imaginarme las depravaciones que les estarían haciendo a todas aquellas personas.

-A la izquierda, a la izquierda.-Le grité a Luis Javier mientras golpeaba el techo del Humvee.

Cogimos el puente que pasa por encima de la A6. Vi la enorme muralla de coches que había levantada en la autopista. Las imagenes de días pasados me venían a la cabeza.

Continuamos a toda velocidad. Afortunadamente el camino estaba despejado y en pocos minutos llegamos a la rotonda de Navacerrada.

-Gira a la derecha y después otra vez a la derecha, en aquel desvió.-Le dije, dirigiéndole hacia la urbanización.

Por fin aparcamos en la puerta de la casa que usábamos como campamento. El X5 no estaba allí, ni me pareció verlo en la entrada de la casa. “Merche ya se ha ido” Pensé.

Entré en la casa. Las puertas estaban cerradas. Golpee la principal, no tuve respuesta. Me acerqué al garaje y golpee suavemente la puerta de metal.

-Merche.-Dije en bajo.-Merche, soy yo.

-¿Borja?-Una voz muy familiar sonó a mi derecha.-¡¡¡¡¡Borja!!!!

Merche se abalanzó sobre mí. Había salido por la puerta trasera, con la pistola en la mano, para sorprender a la persona que estaba tratando de entrar.

-¿Estás bien?- Me preguntó mientras me abrazaba y me besaba.

-Sí, sí.-Respondí.-Pero tenemos que irnos de aquí pronto. Ahora te cuento.

-Hola.-Dijo Luis Javier.

Merche se puso nerviosa y le apuntó con la pistola.

-No te preocupes.-Le dije.-Podemos confiar en él, de momento. Se llama Luis Javier, es uno de los soldados del sitio del que vengo.

No estaba muy tranquila, pero bajó la pistola. Entramos los tres al garaje. Elena se lanzó sobre mí y las perras me recibieron con la alegría que las caracteriza.

Mientras comíamos algo, le conté a Merche todo lo sucedido. Ella me contó que el coche estaba en la parte de atrás de la casa, oculto.

-¿Qué hora es? – Pregunté. Estaba totalmente desorientado en el tiempo.

-Son las nueve de la noche.-Respondió Merche.

-Descansemos. Mañana veremos cómo lo hacemos.

Estaba totalmente reventado, no podía con mi alma y quería descansar. Esperaba que no nos hubiera seguido nadie, pero me empezaba a encontrar muy débil.

Ya es día uno de Noviembre. He estado varias horas escribiendo lo que tengo en el cuaderno y colocándolo en el blog, junto a los mensajes de Merche. Demasiadas cosas han pasado. Vamos a continuar descansando y mañana nos iremos. Volvemos a estar en marcha, todos juntos.

martes, 1 de noviembre de 2011

ENTRADA 46

31 de Octubre – Merche – Garaje.

Borja, seguimos en el garaje, te estamos esperando, por favor. Espero que estés bien y no te haya pasado nada grave. Elena está totalmente recuperada, juega mucho con las perritas y ha cogido algunos juguetes del cuarto del niño. Dice que no le gustan mucho porque son de chico, quiere una Barbie. Qué pequeña es. Hace un momento me ha dicho que te echa de menos y quiere que vuelvas pronto. Ha vuelto a preguntar por sus padres, pero me ha dado la sensación de que lo ha hecho sin demasiadas ganas.

No nos hemos movido de aquí, nos hemos dado una ducha en el baño que hay al lado del garaje. He calentado agua en las ollas que he encontrado en la cocina y ha sido muy agradable sentir el agua caliente.

Lo tenemos todo preparado para irnos pero pienso aguantar aquí lo más posible.

Me he conectado a la web de los laboratorios donde trabajabas, sigue sin funcionar. Tenía la esperanza de encontrar alguna pista, de preguntar a alguien donde podrían haberte llevado los militares. También busqué en Google “puntos donde llevan a la población civil, Madrid” pero no he obtenido ningún resultado.

Nos mantenemos ocultas, no me encuentro con ganas de enfrentarme a ningún problema. El que tenemos ahora mismo con tu desaparición es más que suficiente para mí.

Voy a preparar algo de comer, esta noche vuelvo a escribir. Un beso muy grande cariño, te quiero.

ENTRADA 45

30 de Octubre – Borja – Punto Seguro.

Debían de ser las seis de la mañana cuando dos policías militares entraron en el calabozo temporal y se llevaron al anciano que hablaba solo. No se resistió en absoluto, es más, sonreía abiertamente mientras miraba a los dos enormes personajes que le llevaban en volandas. Traté de preguntar a dónde se lo llevaban pero la única respuesta que tuve fue un fuerte empujón por parte de uno de ellos.

Al cabo de dos horas, de la misma manera que antes, los dos policías abrieron la puerta, cogieron al soldado, que continuaba en una esquina agazapado, y se lo llevaron sin más. Me quedé solo en aquel calabozo, que antes era un local de entretenimiento para niños. Por la tarde, aburrido de esperar mi turno, comencé a estudiar el lugar, esperaba poder encontrar alguna manera de salir de allí. Las dos puertas estaban cerradas, no eran muy robustas, de hecho, me recordaron a la puerta del supermercado de Guadarrama, aquella que conseguí abrir de una patada. Pero estaba claro que, si hacia lo mismo, una tromba de soldados saltaría sobre mí sin dudarlo. O mucho peor, alguno de gatillo fácil me metería unas cuantas balas en el cuerpo.

En una de las paredes vi una toma de aire, pensé que podría escabullirme por allí, como en las películas. Quizás tuviera suerte y saliera al garaje o a alguna toma de aire del exterior. O quizás me pasaría horas dando vueltas, arrastrándome, para quedarme atrapado en cualquier recodo.

-Señor.-Sonó una voz a mis espaldas.-Deje de mirar la toma del aire y haga el favor de acompañarme.

Parecía como si se hubiera dado cuenta de mis planes. Una sonrisilla salía de su boca, seguramente pensando en lo tonto de mi plan para escapar.

-¿Dónde me lleva? –Pregunté.

-El Coronel ha regresado y quiere hablar con usted.- Me respondió el soldado.

Vaya, me tenía que volver a enfrentar a ese viejo militar. Nuestro primer encuentro fue como el de dos chiquillos que se pelean por tener la razón. Yo queriendo salir de allí y el obligándome a quedarme. Su despacho se situaba en la planta de los cines. En el descansillo de las salas habían montado unas cuantas mesas, separadas por paneles de madera. Al parecer, las salas de los cines las usaban como barracones. Habían quitado las sillas, que usaban en el exterior como parte de las barricadas, para poner los camastros.

-Siéntese, por favor.-Me invitó el Coronel.-Hoy hablaremos tranquilamente. Perdone por desaparecer ayer con prisas y meterle en el calabozo.

-No pasa nada.-Respondí sarcásticamente.-He tenido buena compañía.

-Sí, bueno.-Continuó, tras mirarme un momento.-A pesar de ser pocos, aquí también hay problemas.

-No puedo imaginar los problemas que pueden dar un soldado asustado y un viejo chalado que habla solo.-Creo que me pasé.

Tras un momento de silencio, continuó hablando.

-Verá, la verdad es que ha sido un error encerrarle. Tenemos orden de proteger a los civiles sanos, sobre todo si encontrábamos civiles de nivel uno, como su caso. Aunque no sé para qué.-Sus frases terminaban a bajo volumen.

-¿Civil de nivel uno?-Pregunté extrañado.

-Sí, aquellos civiles vacunados, hayan trabajado o no para los laboratorios.-Respondió.-Nos ordenaron llevarlos a todos a Madrid, al aeropuerto de Barajas, para una evacuación masiva. Existe un punto seguro donde no ha llegado la infección.

-¿Un lugar sin infectados?-Pregunté sorprendido.

-Sí, realmente hay varios puntos, pero a Europa se le ha asignado un en concreto. Cada continente tiene asignado uno; América se divide en dos, Estados Unidos y Canadá tienen asignado Hawái, Sur América tiene asignado Las Islas Maldivas; África, Madagascar; Asia y Australia, Tasmania. Nosotros, los europeos, tenemos asignadas las Islas Azores.

-Son todo islas pequeñas.-Comenté extrañado.

-Efectivamente, son islas con una capacidad para unas doscientas mil o trescientas mil personas.-Respondió el Coronel.- ¿Cuántos humanos sanos cree que hemos conseguido encontrar sólo en España?

-Si no recuerdo mal, hace días vi en la televisión que la población mundial se había reducido en un ochenta por ciento.-Respondí con los datos que había visto en la CNN antes de salir de casa.-Contando a los infectados.

-¿De cuándo son esos datos? –Preguntó.- ¿De hace semanas?

-Sí, de antes de que tuviera que abandonar mi casa por un incendio.

-Sepa que están obsoletos.-Dijo, visiblemente cabreado, levantándose de su silla.-Sepa usted que, suponiendo que sean todos, la cifra de supervivientes sanos que hemos conseguido rescatar en España no llega a los treinta y cinco mil.- Se dirigió a un mapa de la península que había en la pared.

-¿Cómo? – Pregunté alucinado.- Si somos más de cuarenta y cinco millones de personas

-Efectivamente. – Continuó, poniendo la mano sobre el centro de España – La infección ha afectado a millones de personas. Seguramente no sea fiable, pero sus laboratorios estiman que, ahora mismo, habrá unos quince millones de personas infectadas, vivas, en España. Los millones que le faltan, todos muertos.

Me estaba poniendo malísimo, las nauseas me estaban invadiendo. Más de veinte millones de personas habían muerto en apenas dos meses.

-Entiendo su malestar.-El Coronel me miró fijamente.- Esta infección ha sido lo peor que le ha pasado a la humanidad en miles de años.

¿Lo peor? Esto está mucho más allá de eso.

-Además.-Continuó hablando.-La guerra esta diezmándonos más todavía si cabe. La tenemos totalmente perdida.

-¿Guerra?-Pregunté extrañado.

-Sí, ¿cómo llamaría usted a lo que hacemos para defendernos de los infectados?-Preguntó irritado, volvió a sentarse en su silla, con la mano sobre en la frente.-Ellos avanzan, nosotros nos defendemos. En ocasiones hemos conseguido avanzar pero sólo para poder escapar por otra vía. La única manera de ganarles es acabando con todos y cada uno ellos. Y de gracias de que no les guste usar armas de fuego. Aún así, no creo que lo logremos.

Los datos se agolpaban en mi cabeza, tenía una sensación de deja vi. Esta conversación se parecía demasiado a la que tuve, con el doctor Montero, en los laboratorios, el día en que nos vacunaron.

-Pero bueno, dejémoslo aquí.-Su gesto cambió.- Explíqueme qué hacia usted en Alpedrete. Cuénteme cómo ha sobrevivido hasta ahora.-Le noté tremendamente intrigado.

Le conté todo lo que nos paso a lo largo de estos dos meses, desde el inicio, en mi nuevo trabajo, hasta el momento en que conocimos a Manuel y a su familia. La lucha con los supervivientes en Guadarrama y nuestra llegada a Alpedrete. Omití algunos detalles, no demasiados.

-¿Entonces, ha dejado a su mujer y una niña en aquella urbanización? – Preguntó asombrado.

-Sí, verá, no me fio demasiado de los militares.-Respondí.-Sobre todo después de lo que vimos en el instituto.

-Ya.-Dijo, apenado.- Pero son ordenes. Se estableció un foco de contagio en el pueblo, estábamos desbordados. La orden llegó de la OTAN, o lo que queda de ella. “No queremos arriesgar los puntos seguros” Me dijo el Teniente Coronel.

-Pero, ¿todo el pueblo? ¿Así, sin más?-Le pregunté, ahora era yo el cabreado.- ¿Usted habría puesto en peligro a su familia si hubiera visto eso, si estuviera en mi lugar?

-No lo creo… - Dijo por lo bajo.

-Verá, si me permite, quisiera ir a por ellas.-Trataba de convencerle. Realmente no tenía intención de volver pero debía hacer que lo pareciera.-Volveremos todos aquí y nos puede llevar donde usted quiera.

-No sé si debiera.-Pensó.-Sepa que tenemos a cientos de miles de infectados a tan solo cinco kilómetros.

-¿Qué? – Me levanté de golpe.- Más razón para dejarme ir, no puede pretender que las deje abandonadas.

Dudó por un momento. Estaba claro que estaba frente a una persona que ya no sabía qué hacer ni qué decisión tomar. Me dio la sensación de que aquel hombre se estaba rindiendo.

-Está bien, pero le acompañaran dos de mis hombres.-Dijo, haciéndole un gesto al soldado que estaba en la entrada al cubículo.-Llame al cabo Iniesta y al soldado Reguera.

-Muchas gracias.-Dije realmente aliviado y siendo totalmente sincero.- Se lo agradezco de veras.

-Baje al local que hay al lado de donde estaba la tienda de videojuegos, allí hemos establecido la sección de intendencia.-Se levantó de la silla, con un papel en la mano.- Entregue este papel, le darán un arma, un uniforme y el material necesario.-Me dio una palmada en la espalda.-Traiga sana y salva a su familia.

Cuando llegué al local, dos soldados me esperaban en la puerta. Sus parches indicaban que eran el cabo Iniesta y el soldado Reguera. Ambos eran de la BriPac, brigada paracaidista de España.

-Buenas.-Les dije.- Así que ustedes son mi escolta.

-Cabo Iniesta a su servicio.- Se plantó delante de mí, saludándome con gesto militar.

-Soldado Reguera.- Dijo secamente el más joven.

No sabía si sentirme seguro o contrariado. Mi intención no era volver allí pero con estos dos escoltándome sería difícil darles esquinazo.

-Bueno, el coronel me ha dicho que nos dejará salir mañana por la mañana.-Dije.-

Descansad y mañana a las siete nos vemos en las escaleras mecánicas que llevan al garaje.

Entré en la intendencia. Me dieron un uniforme del ejército de tierra español, sin distintivos, con despuntes en el lugar donde irían los galones y el parche del nombre. Se notaba que los habían arrancado, me habían dado el uniforme de un muerto.
También un chaleco de combate, completamente equipado; un G36, con tres cargadores y un casco.

-¿Sabes dónde puedo conectarme a internet? – Le pregunté a uno de los soldados de la intendencia.

-¿Cómo? – Preguntó sorprendido.- Aquí no hay internet. ¿Dónde cree que estamos? – Se rió sonoramente.

-Pero en todos los locales hay tomas de teléfono y datafonos, tiene que haber internet.

-Aquí no funciona nada, la luz sale de unos generadores, que tenemos, en varios camiones aparcados en el garaje.-Respondió otro soldado.

Joder, no puedo conectarme para decirle a Merche que vamos para allá.

ENTRADA 44

30 de Octubre - Merche - Garaje.

Por la mañana he salido a la calle con la esperanza de ver a Borja en la carretera. Me he acercado a la salida de la urbanización. Todo estaba tranquilo. Ninguna señal.

Cuando he vuelto a la casa, con Elena, he visto en el suelo, enfrente de la entrada del garaje, un pañuelo. Era el que usaba Borja cuando íbamos en moto. Cuando lo he cogido, unas llaves de un coche se han caído. Por fin habíamos encontrado un vehículo para continuar el viaje. “Mierda”. Teníamos medio de transporte pero no estábamos todos. Parece que la suerte nos ha tenido que abandonar un poco. Después de salir con vida varias veces, tenemos que sufrir.

No tengo ni idea de a donde se lo habrán llevado. Una cosa está clara, han tenido que ir hacia Villalba. Alpedrete es una zona muerta y “vallada” con enormes muros artificiales creados con montones de coches.

Me he acercado a la casa en donde pillaron los soldados a Borja. En la entrada había un X5, bajo la puerta automática del garaje. Seguramente ese era el coche que había conseguido. Abrí el todoterreno con la llave, la introduje en el contacto y lo encendí. Bajé hasta nuestro campamento con el vehículo y lo metí en el jardín de la casa. Le pedí ayuda a Elena para cortar la mayor cantidad posible de ramas de los árboles y arbustos que tenemos alrededor. Con ellos hemos tapado el coche, dejando un pequeño hueco por donde meter las cosas en el maletero. Hemos recogido y guardado cosas que no utilizamos, pero que necesitamos como mantas, comida de reserva, ropa.
Elena ha estado todo el día viendo películas Disney. Por la tarde me ha preguntado por Borja. Le he dicho que volvería pronto, pero ha puesto la misma cara que puso cuando le dijimos que sus padres se habían ido a buscar ayuda, cuando realmente estaban muertos al fondo del pasillo.

No me gusta escribir en este tipo de páginas, la sigo solo por el hecho de esperar que Borja pueda leerla y sepa que estamos todavía aquí. Alargaré lo más que pueda la estancia en el garaje de esta casa de Alpedrete. Tengo la sensación de que si nos vamos, estoy dando a Borja por perdido.

Si lees esto que sepas que te quiero y te estoy esperando.

ENTRADA 43

29 de Octubre - Borja – Calabozo. Punto Seguro.

Mientras Merche y Elena registraban las tres casas que teníamos cerca de la que habíamos ocupado, yo me dirigí, en dirección contraria, hacia un conjunto de cuatro casas que no habíamos registrado aún. Éstas eran las más grandes de la urbanización, estaban situadas en una parcela enorme, que formaba una especie de lágrima. No las registramos antes porque sus muros eran muy grandes y decidimos dejarlas para un caso de extrema necesidad.

Cuando llegué a la primera de ellas, pude comprobar que, al lado de la tremenda verja que hacía las veces de puerta, donde empezaba el muro de piedra con un gran pilar, una enorme enredadera se había adueñado de él, sus ramas eran bastante gruesas y formaba un complicado entramado que permitía apoyar los pies y agarrarla con la mano para escalarla.

En pocos segundos estuve dentro del jardín. Unos metros a mi derecha pude ver una pequeña garita de vigilancia. La puerta estaba abierta. El interior se encontraba a oscuras, tenuemente iluminado por un pequeño monitor, en el que se veía la imagen de lo que seguramente sería el patio trasero. Entré, un pequeño, pero completísimo, cuadro de mandos se situaba debajo de un panel, con otros cuatro pequeños monitores. Eché un vistazo al conjunto de botones que lo formaban. Comencé a pulsarlos uno tras otro. Las luces del jardín se encendieron, la puerta del garaje se abrió y, por fin, la enorme verja comenzó a moverse hasta dejar la entrada de coches despejada.

Cuando salí de la garita, antes de entrar en la casa por el garaje, me asomé a la calle. Vi a Merche y a Elena entrar en la segunda casa que les había tocado revisar, ya solo estaban a una de nuestro garaje.

Entré en el garaje. Dos motos y tres coches me recibieron. Una preciosa BMW descansaba junto a una, mucho más preciosa, Harley Davidson Electra Glide Ultra Classic edición CVO, “lo que hace tener pasta” Pensé, “aunque ahora no le vale de nada”. A la derecha de las dos motos descansaba un BMW X5 verde, seguido de un Porsche Carrera rojo y, por último, un Mercedes CLK color negro. “Ojala encuentre las llaves de ese todoterreno” Me dije a mí mismo.

En la pared, que se encontraba a la derecha de la puerta que daba a las escaleras de subida a la casa, encontré un pequeño armario de llaves. Lo abrí, rápidamente, con la esperanza de encontrar las llaves de los vehículos en él, sería una tremenda suerte no tener que revisar la casa. Dentro del pequeño armario encontré las llaves de las dos motos y del Porsche. Cogí las llaves del deportivo y me dirigí hacia él, si no encontraba las llaves del todoterreno, éste coche nos podría servir si no conseguíamos encontrar otro. Lamentablemente, el depósito estaba totalmente vacío y el coche no arrancó.

Resignado, comencé a subir las escaleras para registrar la casa. Llegué al enorme recibidor. Un gran ventanal, colocado a lo largo del marco de la puerta, iluminaba toda la entrada. Un pequeño mueble de diseño gobernaba la entrada, pegado a la pared que se situaba paralela a la entrada. Sobre él, unos cuantos llaveros con sus respectivas llaves, se encontraban sobre un plato de cristal.

Me acerqué al mueble, rebusqué entre todas las llaves, debía de haber, por lo menos, unas quince llaves distintas. Por fin encontré lo que habíamos estado buscando, al fin me hice con las llaves del todoterreno, un reluciente escudo de BMW coronaba el centro de la llave. Era la secundaria, sin los botones del cierre centralizado, pero no podía pedir más. Bajé corriendo al garaje, el coche abrió a la primera. Entré, metí la llave en el contacto, la giré. El indicador de gasolina no se movía. “Mierda” Pensé, pero en ese momento todos los indicadores comenzaron a moverse, realizando comprobaciones, y por fin, la aguja del indicador de combustible se paró en los tres cuartos. Arranqué el coche. Escuchar el rugir de ese motor me produjo un increíble alivio. Por fin teníamos un coche, un gran coche donde poder llegar a salvo a nuestro objetivo. Un coche con el que podríamos meternos por el campo en caso de ser necesario.

Salí del garaje, me paré en la cuesta que llevaba a la entrada. Apagué el coche, cogí las llaves, por nada del mundo me iba a separar de ellas, y me acerqué a la verja.

-Salga de la casa, con las manos en alto.- Gritó una voz desde la calle.- No nos obligue a entrar.

Por un momento dudé, pensé en meterme corriendo en el coche y salir a toda velocidad llevándome, a quien fuera que me había hablado, por delante, coger a Merche y a Elena y largarnos a toda velocidad de allí. Pero el sonido de armas automáticas amartillándose me paralizó.

-Ya salgo, ya salgo, no disparen.-Dije en voz alta.

-Al suelo, échese al suelo.- Las órdenes eran cada vez más imperativas.

Un Humvee del ejército español estaba aparcado en frente de la casa. Tres soldados, o eso parecían, me esperaban en la calle. Uno de ellos me apuntaba con su G36 desde la torreta. El copiloto del vehículo me controlaba con su pistola mientras se acercaba a mí. El conductor estaba apoyado en su ventanilla con otro G36 preparado para dispararme al mínimo gesto sospechoso.

-¿Está armado? –Me preguntó el copiloto mientras me ponía la rodilla en la espalda.

-No, no.-Respondí entrecortado por la falta de aire.- No tengo ningún arma, solo pasaba por aquí buscando comida.

-Ya, ya.-Me levantó agarrándome por mi brazo derecho.- Eso se lo contarás a nuestro teniente.-Terminó mientras me ataba las manos por delante.

Con fuerza me empujó hacia el Humvee. Me llevó a la parte trasera y me metió dentro del vehículo. Miré hacia nuestro garaje con la esperanza de que Merche y Elena se hubieran dado cuenta de lo que pasaba y se hubiesen escondido.

-Vámonos.- Ordenó en copiloto.

El conductor arrancó a toda velocidad, nos dirigimos hacia la salida de la urbanización. Cogí las llaves de mi bolsillo, envueltas en un pañuelo, y las tiré por la ventana, justo cuando pasamos enfrente del garaje donde teníamos el campamento. “Espero que Merche las vea”.

Tomamos la carretera en dirección a Alpedrete, al llegar a la rotonda, giramos a la izquierda y nos dirigimos hacia Villalba. El conductor del Humvee conducía bastante rápido, pero lo hacía bastante bien. La carretera estaba totalmente despejada, todo lo contrario de lo que vimos hace días en Guadarrama o Alpedrete.

En pocos minutos llegamos al Planetocio de Villalba, giramos la rotonda y nos metimos en el garaje subterráneo del centro comercial. Abajo, vi Humvees del ejército aparcados, varios soldados patrullaban el aparcamiento. Nos acercamos hasta la entrada peatonal donde paramos.

-Salga.- Me ordenó el copiloto.

Cuando salí, una pareja de soldados, con sendos brazaletes negros en sus brazos derechos, donde se podían ver las letras PM, se acercaron a nosotros.

-¿Donde lo han encontrado?-Preguntó uno de ellos.

-En la urbanización del sector Charlie del pueblo de Alpedrete.-Respondió el soldado que me custodiaba.

-Llévelo a la zona de registro B2.1.-Ordenó el policía militar.-Que los científicos le realicen pruebas para determinar su destino. Después llévelo a la sala I1.1 para su interrogatorio.

-A la orden.

-Pero…-Comencé a decir, no me dejaron terminar.

El soldado que me custodiaba me pegó un empujón, metiéndome en la zona comercial.

-Sera mejor que no abras la boca.-Me dijo.-Te mataran sin dudarlo si eres una molestia.

-¿Qué coño es esto?-Pregunté, no esperaba respuesta pero tenía que intentarlo.

-Estás en lo que queda del punto seguro de la sierra noroeste.-Sorprendentemente me respondió.-Entre soldados, científicos, médicos y civiles, seremos unas ochenta y cinco personas.

-Veras.-Continué la conversación.- Preferiría que me dejarais donde me encontrasteis, no quiero estar en un punto de estos.

-Yo tampoco, pero son mis órdenes.-Respondió.-No podemos salir de aquí, se espera, en poco tiempo, un ataque de sujetos infectados que vienen desde Castilla y León.

-¿Qué?-Dije sorprendido.- ¿Y qué demonios hacéis aquí? Os van a destrozar.

-Posiblemente, pero nos han ordenado peinar varios pueblos para sacar a los pocos supervivientes que queden.-Continuó.- Supuestamente, en un par de días, llegaran los helicópteros y nos sacarán de aquí.

-¿Y ese “poco tiempo” para el ataque, cuánto es?-Pregunté.

No recibí respuesta. No me creía lo que oía, me habían cazado y me iban a sacar de allí sin Merche, no podía permitirlo. Además, se esperaba un ataque de infectados y, por lo que ha dicho, no hay demasiados soldados.

Llegamos a una zona donde habían colocado varios cubículos separados por biombos de tela, con camillas e instrumental hospitalario. Un médico me esperaba.

-Siéntese.- Pidió.- Le vamos a hacer unas pruebas rutinarias para establecer si es apto para quedarse o no.

-Estoy vacunado.-Dije.

-¿Perdón? – Preguntó sorprendido el doctor. Un científico asomó la cabeza.

-Que estoy vacunado contra la infección.-Dije más alto. – No me puedo infectar.

-¿Qué está diciendo? – El científico entró en la conversación. – Sólo se han vacunado personas de alto nivel pertenecientes a la organización XXXXX. ¿Cómo puede ser?

-Yo trabajaba en esa organización, nos vacunaron días después del comienzo de los disturbios en Madrid.

El científico no daba crédito a lo que oía. Le dijo algo al médico. Éste preparó una jeringuilla con la que me sacó un poco de sangre y se la entregó. A los pocos minutos, el científico, apareció de nuevo, con una cara de asombro impresionante.

-Es cierto que está vacunado.-Dijo.

-Pues claro-Dije nervioso.-Y si me hace el favor, podría pedir que me soltaran y me dejaran volver al sitio donde me encontraron. No quiero estar aquí.

-Eso no va a ser posible.-Una voz tremendamente ronca interrumpió la conversación.

Un hombre con uniforme militar, mucho mayor que la mayoría de los que allí había, apareció en el cubículo.

-Soy el Coronel Rodriguez.-Se presentó.- Estoy al mando de esta unidad.

-¿Un Coronel al mando de esto?- Pregunté extrañado. – ¿No es demasiada graduación para tan poca cosa?

-Podría ser.- Respondió.- Pero diversos acontecimientos nos han llevado a cosas poco comunes.

-Vera, coronel, como ya les he dicho a sus compinches-Comencé a hablar, quería irme de allí.-Quiero volver al lugar donde me han encontrado, no quiero estar aquí. Así que le agradecería…

-Ya le he dicho que eso no es posible.-Su tono era muy tajante. – Nadie puede abandonar el punto seguro hasta que lleguen los helicópteros.

“Joder” Pensé. La cosa no pinta bien. En ese momento, un joven soldado apareció detrás de nosotros. Su cara estaba totalmente pálida y sudaba abundantemente. Se acercó al Coronel y le susurró algo al oído.

-Llévenlo a uno de los calabozos, no quiero problemas.-Ordenó antes de marcharse.-Usted y yo hablaremos más tarde.-Me dijo.

Dos soldados aparecieron y me escoltaron hasta la zona donde habían montado los calabozos. Estaban en los locales del sótano, en la primera planta del aparcamiento.

Me metieron junto a otras dos personas. Una de ellas era un hombre mayor, muy cascado, estaba tumbado en el camastro y no se movía. Murmuraba algo ininteligible pero constante. La otra, un joven soldado, estaba lloriqueando en una esquina.

Me dejaron una manta gris, una bandeja de metal con algo de comida y agua. Cerraron la puerta y allí me quedé esa noche. Pensando en Merche y en cómo salir de allí lo antes posible. Tenía tres días para volver antes de que Merche se fuera a casa de su familia, si es que me hacía caso.