Hoy por fin ha salido un poco el sol y los paneles solares consiguieron obtener un poco de energía. Llevábamos dos días sin luz. La comida congelada está a punto de terminarse. Pero no podemos salir de aquí. No por el momento. El sábado volvieron los helicópteros del ejército. No fueron sólo los Apache, también llegó un Chinook, un helicóptero de transporte de tropas y material. Desde unos treinta metros de altura descolgó varias cuerdas y las tropas salieron de su interior. No debían ser más de una veintena de soldados. Tras dejarlos en el suelo, los cinco helicópteros abandonaron la zona rápidamente. A la media hora comenzaron los disparos y las explosiones. Primero cerca del muro por el que saltamos para huir del pueblo. Poco a poco se fueron alejando en un compás rítmico y organizado. A las tres horas, dos Apaches aparecieron tras el monte y sobrevolaron una zona del pueblo descargando su artillería. Así durante todo el día. De vez en cuando, varios pequeños helicóptero biplaza, seguramente de reconocimiento, sobrevolaban toda la zona. Tras ellos el Chinook descargaba cajas de munición y abastecimiento.
Lo preocupante del asunto es que, desde nuestra posición, los ecos de disparos y explosiones no venían sólo del pueblo del que huimos. Tras el monte, más allá de las fincas que nos rodeaban, en la dirección en que la carretera se perdía. Toda la sierra de Madrid ha sido un hervidero de disparos acompasados, explosiones y helicópteros yendo y viniendo durante horas.
Daba la sensación de que lo poco que quedaba del ejército había sido desplegado para acabar con los restos de los pueblos clausurados. Sobre todo después de lo sucedido hace unos días cuando explotó la casa y acabamos con las criaturas.
La noche del sábado al domingo pasó tranquilamente. La actividad era mucho menor pero la noche estaba tremendamente iluminada. Cientos de incendios decoraban los horizontes por encima de las copas de los árboles. En la mañana del domingo se repitió el mismo acto que tuvo lugar el día anterior. Helicópteros, disparos y explosiones se sucedieron a lo largo del día. Pudimos ver cómo un Chinook izaba varias camillas tras desplegar algunos soldados más. Para desgracia de los militares allí destinados, los reemplazos eran menores en número que los evacuados. Estaba claro que no tendrían mucho futuro en el caso de tener que alargar su estancia más de lo necesario.
A lo largo de esta mañana los disparos han sido más contados. Los helicópteros han sobrevolado la zona menos veces y sólo para llevarse heridos y lanzar material. Ya no hay más soldados para realizar reemplazos.
Por nuestra parte, estamos bastante preocupados. Cuanto más tardemos en llegar a La Pedriza, más peligroso será. A pesar de tener bastante ropa de abrigo, el frio está siendo cada día más intenso y sin comida puede ser realmente peligroso no recuperar las calorías que nuestros cuerpos necesiten.
Sinceramente, estos días de "tranquilidad" también son de agradecer. Merche y yo nos estamos recuperando muy bien de la herida de bala que recibimos cada uno. Los demás están descansando. Creemos que lo más sensato será salir de noche atravesando fincas. Esperemos que los campos de minas sólo se sitúen en las cercanías del muro.
lunes, 21 de noviembre de 2011
viernes, 18 de noviembre de 2011
ENTRADA 55
Seguimos en la casa de las afueras del pueblo. Tras tres días evaluando el tiempo, la situación, lo que nos rodea. Hemos decidido que las cosas no están cómo para arriesgarnos a salir. Llueve abundantemente y el frio es cada vez más intenso. Tenemos comida congelada para unos cuatro días más.
Esta mañana, varios helicópteros han pasado sobre nosotros. Han estado sobrevolando el pueblo, en especial la zona donde estaba la casa que saltó por los aires ayer. Hemos oído, en varias ocasiones, las ametralladoras de los pájaros metálicos descargar continuamente sobre diversos puntos. Pensamos que están acabando con los infectados. Es una buena noticia. Continuar sabiendo que dejamos a nuestras espaldas una docena de infectados no es muy agradable.
Estamos aprovechando para descansar lo más posible. La suerte ha estado de nuestra parte y en los maleteros de los armarios de la casa hemos encontrado varios abrigos, algunos monos de ski, mantas y diversa ropa de abrigo. Podremos ir bien equipados para llegar hasta La Pedriza.
Hay que dar gracias a los cazadores. En esta zona hay bastante caza y por lo tanto muchos de los residentes se dedican a ella en las temporadas. Tenemos dos cajas de veinticinco cartuchos y dos escopetas, un rifle de caza mayor con una veintena de balas, un arco con media docena de flechas y varios cuchillos. He perdido el G36, me lo dejé en la habitación donde descansaba para recuperarme de mi herida. Merche se ha quedado sin balas para la pistola. Tendremos que apañarnos con lo que tenemos que, afortunadamente, no es poco.
El mayor problema al que nos vamos a enfrentar es la comida. No nos queda ninguna lata de alta caducidad. Tenemos localizados dos supermercados en el camino. Espero que tengamos suerte y encontremos algo que llevarnos a la boca. El agua de momento no es problema.
Nuestras heridas evolucionan bien. El tobillo esta casi curado. La herida se recupera después de soltarse un par de puntos y sangrar un poco. Merche está muy bien, su herida esta casi cerrada.
No me puedo creer que estemos descansando.
Esta mañana, varios helicópteros han pasado sobre nosotros. Han estado sobrevolando el pueblo, en especial la zona donde estaba la casa que saltó por los aires ayer. Hemos oído, en varias ocasiones, las ametralladoras de los pájaros metálicos descargar continuamente sobre diversos puntos. Pensamos que están acabando con los infectados. Es una buena noticia. Continuar sabiendo que dejamos a nuestras espaldas una docena de infectados no es muy agradable.
Estamos aprovechando para descansar lo más posible. La suerte ha estado de nuestra parte y en los maleteros de los armarios de la casa hemos encontrado varios abrigos, algunos monos de ski, mantas y diversa ropa de abrigo. Podremos ir bien equipados para llegar hasta La Pedriza.
Hay que dar gracias a los cazadores. En esta zona hay bastante caza y por lo tanto muchos de los residentes se dedican a ella en las temporadas. Tenemos dos cajas de veinticinco cartuchos y dos escopetas, un rifle de caza mayor con una veintena de balas, un arco con media docena de flechas y varios cuchillos. He perdido el G36, me lo dejé en la habitación donde descansaba para recuperarme de mi herida. Merche se ha quedado sin balas para la pistola. Tendremos que apañarnos con lo que tenemos que, afortunadamente, no es poco.
El mayor problema al que nos vamos a enfrentar es la comida. No nos queda ninguna lata de alta caducidad. Tenemos localizados dos supermercados en el camino. Espero que tengamos suerte y encontremos algo que llevarnos a la boca. El agua de momento no es problema.
Nuestras heridas evolucionan bien. El tobillo esta casi curado. La herida se recupera después de soltarse un par de puntos y sangrar un poco. Merche está muy bien, su herida esta casi cerrada.
No me puedo creer que estemos descansando.
ENTRADA 54
15 Noviembre
-Estoy alucinando.-María no salía de su asombro.-Hace 8 días que te han disparado y la recuperación está yendo tremendamente bien.
-De todos modos lo he pasado muy mal.-Respondí, recostado en la cama.-Me desmayé enseguida y no recuerdo nada de lo que pasó.
-El tema de la diabetes ha agravado tu reacción a la herida-me informó Maria. Me lo imaginaba-con la pérdida de sangre tu glucosa bajó rápidamente y el desmayo fue inevitable.
Merche dormía a nuestro lado. María me contó, por encima, lo que había pasado esos días. Merche también se recuperaba bastante bien de su herida. Afortunadamente fue muy limpia y salvo por el dolor del momento, no acabó siendo tan aparatosa como la mía. En mi caso, teniendo en cuenta que tenía el tobillo machacado y las múltiples heridillas de la pierna, lo raro era que estuviese en ese momento despierto. Las buenas noticias eran que, al haberme despertado y encontrarme mejor, podía tomarme los antibióticos en pastillas. No quedaba ni uno sólo de los inyectables. El Guardia Civil había muerto. Maria, incluso, me pidió perdón por haber dudado en dejarme atrás cuando el agente apareció tras una esquina.
Pero también tenía malas noticias. En estos ocho días la reserva de comida comenzó a escasear. Como mucho habría para un par de días más. Hacía tres que Sergio, Igor y Bea habían salido en busca de comida y todavía no se sabía nada de ellos. Muchos se temían lo peor. Los gritos, gruñidos e incluso aullidos en la lejanía no invitaban a pensar que los tres estuvieran a salvo. El desaliento era general sobre todo entre la familia de Merche.
Gonzalo entró por la puerta. Se acercó a mí y me contó que había actualizado el blog con lo sucedido el día de mi disparo. Al parecer algunos supervivientes habían intentado ponerse en contacto con otras personas sanas y habían encontrado en la página una pequeña luz de esperanza para sus desesperadísimas situaciones. También completó la información que me estaba dando Maria.
-Las cosas no van muy bien.-Comenzó.-Como ya te ha dicho ella. Igor y Bea han desaparecido, no sabemos nada desde que salieron a buscar comida junto al amigo de Ana madre.-Así solía referirse a la madre de las chicas, al llamarse igual ella y la hermana mayor.-Ante ayer salí con Alberto a buscarlos pero no dimos con ellos. Nos encontramos a una de esas criaturas.-Le miré intranquilo.-Estaba muerta, no te preocupes. Creo que era a la que disparaste en la iglesia. Tenía un brazo y un pie arrancados. Por cómo estaba destrozada seguramente la otra criatura la mató.
"Madre mía" Pensé mientras escuchaba a Gonzalo. Por un lado sentía alivio. Ya no había dos criaturas en la calle, solo una (que supiéramos). Pero por otro, haber perdido a Igor y a Bea me preocupaba muchísimo.
-Conseguimos algunas barritas energéticas de un gimnasio. También polvo para hacer batidos de proteínas.-Continuó.-Ayer por la mañana un helicóptero del ejército pasó sobre el pueblo. Se paró en el lugar donde están los restos de la lucha del otro día.
Estuvo un buen rato contándome cosas. Un poco en desorden, no se acordaba de todo. Desde cómo Igor y él encontraron las ambulancias, a cómo acabamos en esta casa. Desde cómo se enfrentaron a dos infectados que había en una de las casas colindantes, a cómo han estado buscando comida.
-Hay algunas cosas más-decía- pero no son muy relevantes. Lo único que me preocupa es que los ruidos y gritos han crecido desde nuestra huida. No son de criaturas, son humanos. Por las noches hay mucho alboroto y de vez en cuando vemos siluetas en la oscuridad. Parece que nos están buscando.
-Joder,-respondí- eso no nos da más tiempo para quedarnos aquí parados.
-¡¡¡Ayuda!!! - Alguien gritó en el piso de abajo.
Alberto había entrado corriendo en casa, con Sergio apoyado en el hombro, mientras tiraba de él para dejarlo en uno de los sillones del salón. Estaba muy mal herido. Mostraba varios golpes y cortes en todo el cuerpo.
-¿Qué ha pasado? - Pregunté cuando por fin terminé de bajar los escalones. Sentía algo de debilidad todavía.
-Hace tres días, cuando estábamos buscando comida-comenzó su relato-llegamos hasta el supermercado. Me quedé en la entrada vigilando mientras Igor y Bea entraban a buscar entre los restos. Tras media hora de búsqueda, salieron con un par de mochilas llenas de cosas, algunas caducadas, otras en mejor estado. Cuando nos preparamos para irnos cayó sobre nosotros una lluvia de piedras. Una de ellas alcanzó a Igor en la cabeza y cayó noqueado. Bea tiró de él hacia dentro del supermercado y se ocultaron detrás de una de las cajas. Yo no tuve tiempo de reaccionar y, mientras me giraba buscando el origen del ataque, sufrí un tremendo placaje que hizo que me golpeara la cabeza contra el suelo. Lo siguiente que recuerdo es que me estaban arrastrando por el suelo mientras veía como el supermercado era pasto de las llamas. No sé qué habrá sido de Igor y Bea.
-Mierda.-Dijo Gonzalo.- Habría que contárselo a las chicas.
-Me encerraron en el sótano de una de las casas cercanas. Me han torturado-comenzó a llorar-, me han mutilado- nos enseñó la mano derecha, le faltaban tres dedos-, me preguntaban si había más gente sana en el pueblo. Si no les entendí mal, nosotros somos los últimos. Ya han cazado a casi todos los supervivientes y, los que no han caído en sus manos, han muerto a manos de las criaturas que nos atacaron.
-Espera un momento.-Le interrumpí, comencé a preocuparme seriamente.-Si te estaban torturando para sacarte dónde estábamos... ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has escapado?
Su cara se tornó de angustia y las lágrimas afloraban más abundantes de sus ojos.
-¡¡Mierda!! No me jodas, joder.-Sabía perfectamente la respuesta.-¡¡Tenemos que irnos de aquí!!
En poco más de veinte minutos, una muchedumbre, de unas trece personas, se acercó por una de las calles. Gritando, chillando, aullando de ansiedad y excitación. La idea de tener carne "fresca" debía ser tremendamente ansiada por todos ellos. Armados con palos, hachas y palas estaban totalmente eufóricos.
-Lo siento.-Dijo Sergio llorando.-Lo siento, lo siento...
Gonzalo subió corriendo al piso de arriba para avisar a las chicas. En pocos segundos, los pasos se oyeron agitados encima de nuestras cabezas. Comenzaron a recoger las cosas lo más rápido que pudieron.
La turba se paró frente a la puerta metálica que separaba el pequeño jardín de la carretera. Comenzaron a golpear con fuerza los paneles metálicos. Arrojaron piedras contra las ventanas de la casa.
-¡¡Salid!!-Gritó uno de ellos.-Salid malditos cabrones.
Estaban todos totalmente desencajados, fuera de sí, tremendamente ansiosos y excitados.
-¿Qué hacemos? - Preguntó Merche.
Trataba de pensar con rapidez pero no se me ocurría nada. Teníamos unas trece personas fuera.
-¿Y si les matamos disparándoles con las armas?-Propuso Gonzalo.
-Seria una buena idea pero no sabemos si habrá más.-Respondí-Quedarnos sin balas teniendo todavía mucho camino por delante no creo que sea bueno.
En ese momento se escuchó un disparo desde el salón. Alberto se había apostado en una de las ventanas y descargó su escopeta contra los dos infectados que ya habían pasado por encima de la verja para acceder al pequeño jardín delantero. Ambos cayeron de bruces contra el césped. Uno de ellos estaba totalmente inmóvil. El disparo le voló la mitad de la cabeza dibujando un curioso grafiti en el lado interior del panel metálico. El segundo invasor recibió el disparo en uno de sus muslos. Un tremendo desgarro permitía distinguir el hueso y los restos de musculo cubiertos por los jirones que formaba lo que antes eran los pantalones. Aún con esa herida, se levantó y comenzó a andar, trastabillando, hacia la ventana desde la cual recibió el impacto.
-Mierda.-Gritó Alberto. Trataba de recargar la escopeta pero el temblor de sus manos no le permitía atinar a meter el cartucho en la boca de la recámara.
Tres infectados más saltaron al interior de la pequeña parcela. Sergio, aun conmocionado por su traición, lanzó un grito desesperado y salió por la puerta, armado con un espetón para chimenea. El primer infectado, sobre el que trató de lanzar su ataque, se quedó mirándole perplejo con una cara que mostraba un sentimiento doble. Por una parte la sorpresa de verse atacado y por otra la excitación de tener frente a él una presa. Sergio lanzó un golpe por encima de su cabeza trazando un arco tratando de clavarle el pincho en la cabeza. Por un momento pensé que lo iba a conseguir pero los otros dos infectados se lanzaron sobre él como unas bestias. Uno de ellos le quitó el espetón y se lo clavo con furia en el estomago. Un grito de dolor salió, acompañado de vómitos de sangre, de la boca de Sergio. Los tres infectados gritaron de alegría. Ver la sangre fresca de una víctima fue como un intenso orgasmo para ellos.
-¡¡Sergio!!-Gritó Alberto desde la ventana.
Entre dos de los atacantes levantaron a Sergio y lo lanzaron al otro lado de la verja. Los chillidos y gritos de júbilo se oyeron por encima de la angustia de Sergio. Una moto sierra arrancó tras varios intentos. El sonido de los acelerones nos puso la piel de gallina. Un grito de histeria sonó mientras las cadenas de la maquina sesgaban las piernas de Sergio. Varios de los atacantes se hicieron con sus trofeos y saltaban con ellos en la mano mientras la sangre salpicaba sobre el grupo.
Uno de los atacantes trató de entrar en la casa. Por muy poco, la madre de Merche y su hermana Ana, cerraron la puerta sobre la cara del infectado que comenzó a reír al ver que su nariz se colocó en una posición anti natural sangrando abundantemente.
-Joder, ja ja ja, esto duele de cojones.-Gritó mientras daba saltos por el césped.
Lo peor comenzó a llegar. Con una catapulta, bastante rudimentaria, comenzaron a lanzar fardos de paja incendiada contra la casa. La mayoría se estrellaba contra la fachada pero dos de ellos entraron por las ventanas del piso superior. En pocos minutos, un abundante humo negro comenzó a bajar por las escaleras.
-Tenemos que salir de aquí.-Gritó Gonzalo.-Por la puerta trasera, rápido.
Merche, sus hermanas y Elena corrieron hacia la cocina para salir por la puerta trasera. Esta daba a un jardín más amplio. Al fondo, un muro de metro y medio coronado por una verja metálica separaba la parcela de la carretera.
-¡Buh!-Una cabeza asomó por los cristales destrozados del salón. Y, sin darle tiempo a reaccionar, cuatro brazos se llevaron a Alberto fuera de la casa.
Un último disparo sonó en el jardín delantero. Los gritos de Alberto se fueron apagando.
-No...No... Hijos de... puta.-Su voz sonaba entrecortada. El dolor no le permitía hablar con fluidez.
Me asomé por una ventana pequeña situada en el lateral de la puerta principal. Uno de los infectados había puesto el espetón en una de las hogueras formadas por los fardos de paja. Tras unos minutos este estaba al rojo vivo. Con la punta fue quemando poco a poco la cara de Alberto. Primero los ojos, la nariz, las orejas, la lengua... Desfigurado, Alberto cayó al suelo. Dos de los infectados le cogieron por las piernas y lo arrastraron hasta los restos de un fardo que chasqueaba fieramente. Le quitaron los pantalones y metieron sus piernas en el fuego. Los gritos de dolor eran espantosos. No le dejaron moverse y poco a poco fueron introduciendo el cuerpo de Alberto en la hoguera hasta que solo quedó la cabeza fuera. En pocos minutos el cuerpo entero estaba en llamas. Alberto se desmayó o, más probable, murió tras maldecir a sus atacantes.
-¡¡María!! - Grité desde las escaleras hacia el piso de arriba.-Vamos, tenemos que irnos.
No recibí respuesta. Me temía lo peor. El piso superior estaba casi en llamas por completo y Maria aún estaba en la habitación principal. Comenzamos a subir Gonzalo y yo. No habíamos llegado ni a la mitad de la escalera cuando una bola de fuego salió corriendo de una de las habitaciones. Se echó sobre nosotros pero la esquivamos por muy poco. Los chillidos penetraban en nuestros oídos. La antorcha humana bajó las escaleras y se lanzó por una de las ventanas del salón. Nos quedamos mirando por un momento hacia el salón. En poco tiempo estábamos perdiendo a casi todos los miembros del grupo.
-Voy a por la mochila que tenia María.-Dijo Gonzalo.-Creo que la dejó en el baño y tiene bastante material que cogimos de las ambulancias.
-Yo voy bajando y cogiendo a las chicas.-Era consciente de que, en mi estado, tardaría un poco en llegar hasta el muro y en saltarlo.
Gonzalo subió rápidamente. El baño estaba frente a la escalera. El fuego se extendía por las habitaciones rápidamente pero aun no había alcanzado ese lugar. Cuando acabé de bajar las escaleras un fenómeno tremendamente peligroso tuvo lugar en el piso superior. El fuego se "recogió" sobre sí mismo, entrando en una habitación, cuando consumió todo el oxigeno una tremenda onda expansiva ardiente tomó todo el techo del piso superior pendiendo todo a su paso.
-¡¡Gonzalo!! - Grité.
Me lancé al suelo, al lado de la escalera, justo en el momento en que el fuego se extendió por el piso inferior. El calor y el humo transformaron la casa al completo en un infierno. Me arrastré hacia la cocina y conseguí salir de la casa. Un fogonazo me siguió. Comencé a escuchar un silbido rápido en la cocina. "Dios, los tubos del gas" Dentro de la cocina se estaba preparando una tremenda explosión. Las tomas de gas habían saltado por el calor y se estaba acumulando rápidamente. Me levanté, cojeé lo más rápido que pude.
-¡¡Borja!! ¡¡Cuidado!! - Una voz me gritó por encima de mi cabeza.
Gonzalo se había metido en el baño justo antes de la brutal expansión del incendio. Abrió la pequeña ventana que había y se lanzó desde ella al jardín. Por poco no le esquivé y casi me cayó encima. Lo siento por él pero si eso llega a pasar, a saber que habría pasado con mi herida.
-¿Estás bien? - Le pregunté
-Sí, menos mal que te has quitado-respondió- si llego a caer encima tuyo la liamos.
Nos ayudamos mutuamente a levantarnos. Las chicas nos hacían señas desde el otro lado del muro. Primero pasé yo, ayudado por Gonzalo desde dentro y por Merche desde fuera. Cuando pasé, Merche y Ana ayudaron a Gonzalo a pasar. Una tremenda explosión tuvo lugar en la casa justo cuando nos echamos todos al suelo. La casa voló por los aires. Escuchamos varios gritos de dolor al otro lado a los que se unieron otros de júbilo.
-Tenemos que saltar el muro antes de que se den cuenta de que estamos aquí.-Dijo Merche.
Ahora sólo quedábamos siete personas y dos perros.
-¿Qué hacemos con Igor y Bea? - Preguntó la madre de Merche preocupada.
-Cuando estemos a salvo lo decidiremos.- Respondió Ana, la hermana mayor.
Los siete nos dirigimos a la gasolinera. Cerca de ella pasaba parte del muro y podíamos unas unos cuantos bidones que había pegados al él para saltarlo con más facilidad. Llegamos al sitio elegido y comenzamos a movernos para saltar rápidamente y con orden.
-Mierda, no llegamos.-Dijo Gonzalo.
Él era el más alto de todos y aún tenía casi metro y medio por encima.
-¿Qué hacemos? -Todos tratábamos de pensar lo más rápido posible.
-¡¡Gonzalo!! - Una voz conocida sonó por encima del muro. - Coge esto.
Igor asomaba por el otro lado del muro. Nos estaba tendiendo una escalerilla de cuerda. La alegría fue incontenible. Ver que ambos estaban vivos y a salvo resultó ser la mejor noticia del día.
-Daos prisa.- Insistió Bea.-Los infectados se están moviendo buscando supervivientes.
Se encontraba en un lateral desde donde vigilaba la casa de la que veníamos. Los infectados la estaban rodeando.
Lo más rápido que pudimos fuimos pasando uno a uno al otro lado del imponente muro. Cuando terminamos de pasar, nos quedamos unos segundos tomando aire.
-Venid. -Dijo Bea.-Hay una casa aquí cerca donde podemos ocultarnos un rato hasta que veamos que está todo tranquilo.
A unos quinientos metros del muro, esquivando coches, camiones, motos y muchos restos, se encontraba la entrada a una pequeña urbanización. Un cartel de madera, colgado de uno de los pilares que franqueaban el paso, ponía "Sin esperanza más allá". Ocho casas formaban el pequeño reducto. Todas y cada una de ellas cerradas a cal y canto. Totalmente abandonadas. No nos gustaba quedarnos tan cerca del pueblo pero estábamos agotados. Además, mi herida, se había abierto. "Menos mal que según María me curo bien" pensé mientras apretaba la mano contra mi pecho. Sentí un ligero mareo.
-Hay carne congelada aquí dentro.-Dijo Laura saliendo de uno de los garajes.
-Es muy raro que todo funcione en estas casas.-Gonzalo hablaba extrañado.
Los cables del tendido eléctrico estaban destrozados. Varios postes descansaban a lo largo de la carretera y en el campo.
-Mira el techo.-Le dije.
Cinco paneles solares descansaban sobre el tejado de la casa. Seguramente, dentro del garaje, habría un acumulador de energía. No debería tener mucha potencia. Hacía tres días que no salía el sol.
Nos metimos todos en el garaje. La madre encendió, con algunas ramas, una pequeña hoguera en la chimenea de la casa. Con el tremendo incendio que tenía lugar a pocos metros, el fuego de una chimenea seguramente no llamaría mucho la atención. Preparamos varios trozos de carne y comimos tranquilamente. Mañana haríamos el recuento de material.
-Estoy alucinando.-María no salía de su asombro.-Hace 8 días que te han disparado y la recuperación está yendo tremendamente bien.
-De todos modos lo he pasado muy mal.-Respondí, recostado en la cama.-Me desmayé enseguida y no recuerdo nada de lo que pasó.
-El tema de la diabetes ha agravado tu reacción a la herida-me informó Maria. Me lo imaginaba-con la pérdida de sangre tu glucosa bajó rápidamente y el desmayo fue inevitable.
Merche dormía a nuestro lado. María me contó, por encima, lo que había pasado esos días. Merche también se recuperaba bastante bien de su herida. Afortunadamente fue muy limpia y salvo por el dolor del momento, no acabó siendo tan aparatosa como la mía. En mi caso, teniendo en cuenta que tenía el tobillo machacado y las múltiples heridillas de la pierna, lo raro era que estuviese en ese momento despierto. Las buenas noticias eran que, al haberme despertado y encontrarme mejor, podía tomarme los antibióticos en pastillas. No quedaba ni uno sólo de los inyectables. El Guardia Civil había muerto. Maria, incluso, me pidió perdón por haber dudado en dejarme atrás cuando el agente apareció tras una esquina.
Pero también tenía malas noticias. En estos ocho días la reserva de comida comenzó a escasear. Como mucho habría para un par de días más. Hacía tres que Sergio, Igor y Bea habían salido en busca de comida y todavía no se sabía nada de ellos. Muchos se temían lo peor. Los gritos, gruñidos e incluso aullidos en la lejanía no invitaban a pensar que los tres estuvieran a salvo. El desaliento era general sobre todo entre la familia de Merche.
Gonzalo entró por la puerta. Se acercó a mí y me contó que había actualizado el blog con lo sucedido el día de mi disparo. Al parecer algunos supervivientes habían intentado ponerse en contacto con otras personas sanas y habían encontrado en la página una pequeña luz de esperanza para sus desesperadísimas situaciones. También completó la información que me estaba dando Maria.
-Las cosas no van muy bien.-Comenzó.-Como ya te ha dicho ella. Igor y Bea han desaparecido, no sabemos nada desde que salieron a buscar comida junto al amigo de Ana madre.-Así solía referirse a la madre de las chicas, al llamarse igual ella y la hermana mayor.-Ante ayer salí con Alberto a buscarlos pero no dimos con ellos. Nos encontramos a una de esas criaturas.-Le miré intranquilo.-Estaba muerta, no te preocupes. Creo que era a la que disparaste en la iglesia. Tenía un brazo y un pie arrancados. Por cómo estaba destrozada seguramente la otra criatura la mató.
"Madre mía" Pensé mientras escuchaba a Gonzalo. Por un lado sentía alivio. Ya no había dos criaturas en la calle, solo una (que supiéramos). Pero por otro, haber perdido a Igor y a Bea me preocupaba muchísimo.
-Conseguimos algunas barritas energéticas de un gimnasio. También polvo para hacer batidos de proteínas.-Continuó.-Ayer por la mañana un helicóptero del ejército pasó sobre el pueblo. Se paró en el lugar donde están los restos de la lucha del otro día.
Estuvo un buen rato contándome cosas. Un poco en desorden, no se acordaba de todo. Desde cómo Igor y él encontraron las ambulancias, a cómo acabamos en esta casa. Desde cómo se enfrentaron a dos infectados que había en una de las casas colindantes, a cómo han estado buscando comida.
-Hay algunas cosas más-decía- pero no son muy relevantes. Lo único que me preocupa es que los ruidos y gritos han crecido desde nuestra huida. No son de criaturas, son humanos. Por las noches hay mucho alboroto y de vez en cuando vemos siluetas en la oscuridad. Parece que nos están buscando.
-Joder,-respondí- eso no nos da más tiempo para quedarnos aquí parados.
-¡¡¡Ayuda!!! - Alguien gritó en el piso de abajo.
Alberto había entrado corriendo en casa, con Sergio apoyado en el hombro, mientras tiraba de él para dejarlo en uno de los sillones del salón. Estaba muy mal herido. Mostraba varios golpes y cortes en todo el cuerpo.
-¿Qué ha pasado? - Pregunté cuando por fin terminé de bajar los escalones. Sentía algo de debilidad todavía.
-Hace tres días, cuando estábamos buscando comida-comenzó su relato-llegamos hasta el supermercado. Me quedé en la entrada vigilando mientras Igor y Bea entraban a buscar entre los restos. Tras media hora de búsqueda, salieron con un par de mochilas llenas de cosas, algunas caducadas, otras en mejor estado. Cuando nos preparamos para irnos cayó sobre nosotros una lluvia de piedras. Una de ellas alcanzó a Igor en la cabeza y cayó noqueado. Bea tiró de él hacia dentro del supermercado y se ocultaron detrás de una de las cajas. Yo no tuve tiempo de reaccionar y, mientras me giraba buscando el origen del ataque, sufrí un tremendo placaje que hizo que me golpeara la cabeza contra el suelo. Lo siguiente que recuerdo es que me estaban arrastrando por el suelo mientras veía como el supermercado era pasto de las llamas. No sé qué habrá sido de Igor y Bea.
-Mierda.-Dijo Gonzalo.- Habría que contárselo a las chicas.
-Me encerraron en el sótano de una de las casas cercanas. Me han torturado-comenzó a llorar-, me han mutilado- nos enseñó la mano derecha, le faltaban tres dedos-, me preguntaban si había más gente sana en el pueblo. Si no les entendí mal, nosotros somos los últimos. Ya han cazado a casi todos los supervivientes y, los que no han caído en sus manos, han muerto a manos de las criaturas que nos atacaron.
-Espera un momento.-Le interrumpí, comencé a preocuparme seriamente.-Si te estaban torturando para sacarte dónde estábamos... ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has escapado?
Su cara se tornó de angustia y las lágrimas afloraban más abundantes de sus ojos.
-¡¡Mierda!! No me jodas, joder.-Sabía perfectamente la respuesta.-¡¡Tenemos que irnos de aquí!!
En poco más de veinte minutos, una muchedumbre, de unas trece personas, se acercó por una de las calles. Gritando, chillando, aullando de ansiedad y excitación. La idea de tener carne "fresca" debía ser tremendamente ansiada por todos ellos. Armados con palos, hachas y palas estaban totalmente eufóricos.
-Lo siento.-Dijo Sergio llorando.-Lo siento, lo siento...
Gonzalo subió corriendo al piso de arriba para avisar a las chicas. En pocos segundos, los pasos se oyeron agitados encima de nuestras cabezas. Comenzaron a recoger las cosas lo más rápido que pudieron.
La turba se paró frente a la puerta metálica que separaba el pequeño jardín de la carretera. Comenzaron a golpear con fuerza los paneles metálicos. Arrojaron piedras contra las ventanas de la casa.
-¡¡Salid!!-Gritó uno de ellos.-Salid malditos cabrones.
Estaban todos totalmente desencajados, fuera de sí, tremendamente ansiosos y excitados.
-¿Qué hacemos? - Preguntó Merche.
Trataba de pensar con rapidez pero no se me ocurría nada. Teníamos unas trece personas fuera.
-¿Y si les matamos disparándoles con las armas?-Propuso Gonzalo.
-Seria una buena idea pero no sabemos si habrá más.-Respondí-Quedarnos sin balas teniendo todavía mucho camino por delante no creo que sea bueno.
En ese momento se escuchó un disparo desde el salón. Alberto se había apostado en una de las ventanas y descargó su escopeta contra los dos infectados que ya habían pasado por encima de la verja para acceder al pequeño jardín delantero. Ambos cayeron de bruces contra el césped. Uno de ellos estaba totalmente inmóvil. El disparo le voló la mitad de la cabeza dibujando un curioso grafiti en el lado interior del panel metálico. El segundo invasor recibió el disparo en uno de sus muslos. Un tremendo desgarro permitía distinguir el hueso y los restos de musculo cubiertos por los jirones que formaba lo que antes eran los pantalones. Aún con esa herida, se levantó y comenzó a andar, trastabillando, hacia la ventana desde la cual recibió el impacto.
-Mierda.-Gritó Alberto. Trataba de recargar la escopeta pero el temblor de sus manos no le permitía atinar a meter el cartucho en la boca de la recámara.
Tres infectados más saltaron al interior de la pequeña parcela. Sergio, aun conmocionado por su traición, lanzó un grito desesperado y salió por la puerta, armado con un espetón para chimenea. El primer infectado, sobre el que trató de lanzar su ataque, se quedó mirándole perplejo con una cara que mostraba un sentimiento doble. Por una parte la sorpresa de verse atacado y por otra la excitación de tener frente a él una presa. Sergio lanzó un golpe por encima de su cabeza trazando un arco tratando de clavarle el pincho en la cabeza. Por un momento pensé que lo iba a conseguir pero los otros dos infectados se lanzaron sobre él como unas bestias. Uno de ellos le quitó el espetón y se lo clavo con furia en el estomago. Un grito de dolor salió, acompañado de vómitos de sangre, de la boca de Sergio. Los tres infectados gritaron de alegría. Ver la sangre fresca de una víctima fue como un intenso orgasmo para ellos.
-¡¡Sergio!!-Gritó Alberto desde la ventana.
Entre dos de los atacantes levantaron a Sergio y lo lanzaron al otro lado de la verja. Los chillidos y gritos de júbilo se oyeron por encima de la angustia de Sergio. Una moto sierra arrancó tras varios intentos. El sonido de los acelerones nos puso la piel de gallina. Un grito de histeria sonó mientras las cadenas de la maquina sesgaban las piernas de Sergio. Varios de los atacantes se hicieron con sus trofeos y saltaban con ellos en la mano mientras la sangre salpicaba sobre el grupo.
Uno de los atacantes trató de entrar en la casa. Por muy poco, la madre de Merche y su hermana Ana, cerraron la puerta sobre la cara del infectado que comenzó a reír al ver que su nariz se colocó en una posición anti natural sangrando abundantemente.
-Joder, ja ja ja, esto duele de cojones.-Gritó mientras daba saltos por el césped.
Lo peor comenzó a llegar. Con una catapulta, bastante rudimentaria, comenzaron a lanzar fardos de paja incendiada contra la casa. La mayoría se estrellaba contra la fachada pero dos de ellos entraron por las ventanas del piso superior. En pocos minutos, un abundante humo negro comenzó a bajar por las escaleras.
-Tenemos que salir de aquí.-Gritó Gonzalo.-Por la puerta trasera, rápido.
Merche, sus hermanas y Elena corrieron hacia la cocina para salir por la puerta trasera. Esta daba a un jardín más amplio. Al fondo, un muro de metro y medio coronado por una verja metálica separaba la parcela de la carretera.
-¡Buh!-Una cabeza asomó por los cristales destrozados del salón. Y, sin darle tiempo a reaccionar, cuatro brazos se llevaron a Alberto fuera de la casa.
Un último disparo sonó en el jardín delantero. Los gritos de Alberto se fueron apagando.
-No...No... Hijos de... puta.-Su voz sonaba entrecortada. El dolor no le permitía hablar con fluidez.
Me asomé por una ventana pequeña situada en el lateral de la puerta principal. Uno de los infectados había puesto el espetón en una de las hogueras formadas por los fardos de paja. Tras unos minutos este estaba al rojo vivo. Con la punta fue quemando poco a poco la cara de Alberto. Primero los ojos, la nariz, las orejas, la lengua... Desfigurado, Alberto cayó al suelo. Dos de los infectados le cogieron por las piernas y lo arrastraron hasta los restos de un fardo que chasqueaba fieramente. Le quitaron los pantalones y metieron sus piernas en el fuego. Los gritos de dolor eran espantosos. No le dejaron moverse y poco a poco fueron introduciendo el cuerpo de Alberto en la hoguera hasta que solo quedó la cabeza fuera. En pocos minutos el cuerpo entero estaba en llamas. Alberto se desmayó o, más probable, murió tras maldecir a sus atacantes.
-¡¡María!! - Grité desde las escaleras hacia el piso de arriba.-Vamos, tenemos que irnos.
No recibí respuesta. Me temía lo peor. El piso superior estaba casi en llamas por completo y Maria aún estaba en la habitación principal. Comenzamos a subir Gonzalo y yo. No habíamos llegado ni a la mitad de la escalera cuando una bola de fuego salió corriendo de una de las habitaciones. Se echó sobre nosotros pero la esquivamos por muy poco. Los chillidos penetraban en nuestros oídos. La antorcha humana bajó las escaleras y se lanzó por una de las ventanas del salón. Nos quedamos mirando por un momento hacia el salón. En poco tiempo estábamos perdiendo a casi todos los miembros del grupo.
-Voy a por la mochila que tenia María.-Dijo Gonzalo.-Creo que la dejó en el baño y tiene bastante material que cogimos de las ambulancias.
-Yo voy bajando y cogiendo a las chicas.-Era consciente de que, en mi estado, tardaría un poco en llegar hasta el muro y en saltarlo.
Gonzalo subió rápidamente. El baño estaba frente a la escalera. El fuego se extendía por las habitaciones rápidamente pero aun no había alcanzado ese lugar. Cuando acabé de bajar las escaleras un fenómeno tremendamente peligroso tuvo lugar en el piso superior. El fuego se "recogió" sobre sí mismo, entrando en una habitación, cuando consumió todo el oxigeno una tremenda onda expansiva ardiente tomó todo el techo del piso superior pendiendo todo a su paso.
-¡¡Gonzalo!! - Grité.
Me lancé al suelo, al lado de la escalera, justo en el momento en que el fuego se extendió por el piso inferior. El calor y el humo transformaron la casa al completo en un infierno. Me arrastré hacia la cocina y conseguí salir de la casa. Un fogonazo me siguió. Comencé a escuchar un silbido rápido en la cocina. "Dios, los tubos del gas" Dentro de la cocina se estaba preparando una tremenda explosión. Las tomas de gas habían saltado por el calor y se estaba acumulando rápidamente. Me levanté, cojeé lo más rápido que pude.
-¡¡Borja!! ¡¡Cuidado!! - Una voz me gritó por encima de mi cabeza.
Gonzalo se había metido en el baño justo antes de la brutal expansión del incendio. Abrió la pequeña ventana que había y se lanzó desde ella al jardín. Por poco no le esquivé y casi me cayó encima. Lo siento por él pero si eso llega a pasar, a saber que habría pasado con mi herida.
-¿Estás bien? - Le pregunté
-Sí, menos mal que te has quitado-respondió- si llego a caer encima tuyo la liamos.
Nos ayudamos mutuamente a levantarnos. Las chicas nos hacían señas desde el otro lado del muro. Primero pasé yo, ayudado por Gonzalo desde dentro y por Merche desde fuera. Cuando pasé, Merche y Ana ayudaron a Gonzalo a pasar. Una tremenda explosión tuvo lugar en la casa justo cuando nos echamos todos al suelo. La casa voló por los aires. Escuchamos varios gritos de dolor al otro lado a los que se unieron otros de júbilo.
-Tenemos que saltar el muro antes de que se den cuenta de que estamos aquí.-Dijo Merche.
Ahora sólo quedábamos siete personas y dos perros.
-¿Qué hacemos con Igor y Bea? - Preguntó la madre de Merche preocupada.
-Cuando estemos a salvo lo decidiremos.- Respondió Ana, la hermana mayor.
Los siete nos dirigimos a la gasolinera. Cerca de ella pasaba parte del muro y podíamos unas unos cuantos bidones que había pegados al él para saltarlo con más facilidad. Llegamos al sitio elegido y comenzamos a movernos para saltar rápidamente y con orden.
-Mierda, no llegamos.-Dijo Gonzalo.
Él era el más alto de todos y aún tenía casi metro y medio por encima.
-¿Qué hacemos? -Todos tratábamos de pensar lo más rápido posible.
-¡¡Gonzalo!! - Una voz conocida sonó por encima del muro. - Coge esto.
Igor asomaba por el otro lado del muro. Nos estaba tendiendo una escalerilla de cuerda. La alegría fue incontenible. Ver que ambos estaban vivos y a salvo resultó ser la mejor noticia del día.
-Daos prisa.- Insistió Bea.-Los infectados se están moviendo buscando supervivientes.
Se encontraba en un lateral desde donde vigilaba la casa de la que veníamos. Los infectados la estaban rodeando.
Lo más rápido que pudimos fuimos pasando uno a uno al otro lado del imponente muro. Cuando terminamos de pasar, nos quedamos unos segundos tomando aire.
-Venid. -Dijo Bea.-Hay una casa aquí cerca donde podemos ocultarnos un rato hasta que veamos que está todo tranquilo.
A unos quinientos metros del muro, esquivando coches, camiones, motos y muchos restos, se encontraba la entrada a una pequeña urbanización. Un cartel de madera, colgado de uno de los pilares que franqueaban el paso, ponía "Sin esperanza más allá". Ocho casas formaban el pequeño reducto. Todas y cada una de ellas cerradas a cal y canto. Totalmente abandonadas. No nos gustaba quedarnos tan cerca del pueblo pero estábamos agotados. Además, mi herida, se había abierto. "Menos mal que según María me curo bien" pensé mientras apretaba la mano contra mi pecho. Sentí un ligero mareo.
-Hay carne congelada aquí dentro.-Dijo Laura saliendo de uno de los garajes.
-Es muy raro que todo funcione en estas casas.-Gonzalo hablaba extrañado.
Los cables del tendido eléctrico estaban destrozados. Varios postes descansaban a lo largo de la carretera y en el campo.
-Mira el techo.-Le dije.
Cinco paneles solares descansaban sobre el tejado de la casa. Seguramente, dentro del garaje, habría un acumulador de energía. No debería tener mucha potencia. Hacía tres días que no salía el sol.
Nos metimos todos en el garaje. La madre encendió, con algunas ramas, una pequeña hoguera en la chimenea de la casa. Con el tremendo incendio que tenía lugar a pocos metros, el fuego de una chimenea seguramente no llamaría mucho la atención. Preparamos varios trozos de carne y comimos tranquilamente. Mañana haríamos el recuento de material.
martes, 15 de noviembre de 2011
ENTRADA 53
Martes 8 Noviembre
Merche se lanzó sobre mí. Con la fuerza de su abrazo nos ladeamos unos centímetros hacia la izquierda. Recuerdo una incómoda sensación de quemazón en mi pecho derecho, a medio palmo de mi clavícula. Sentí como el peso de Merche, impulsado por la fuerza de la bala, caía sobre mí haciéndonos caer contra el suelo. La quemazón de mi pecho se fue transformando poco a poco en un desagradable escozor, mil veces peor que el producido por el alcohol etílico cuando te limpias con él una buena herida abierta. Después de eso, mientras miraba la cara de Merche, cubierta por las lágrimas, moviendo la boca y mirándome desesperada, un intenso calor comenzó a recorrerme el tronco hacia la espalda. Noté como mis pantalones se iban humedeciendo, con el templado liquido de lo que seguramente sería mi orina. El dolor del tobillo se había pasado. Por un momento pensé que ni siquiera estaba allí, no sentía nada, absolutamente nada salvo escozor.
Miré, dejando caer los ojos a un lado, hacia Gonzalo e Igor. Difuminados en un cuadro gris. Vi como desaparecieron sin más. Deje caer mi cabeza hacia el lado contrario. Buscaba algo, aún no se el qué. Noté un ligero apretón en mi mano derecha. No conseguía controlar mis ojos. Traté de mirar pero frente a mí solo distinguía una silueta, deformada y borrosa, fui incapaz de reconocerla.
Noté un ligero meneo sobre mis hombros. Por un momento, unas decimas de segundo, el mundo volvió a tener forma, la más bonita del universo, pero lloraba desconsoladamente. "No llores, Merche" quise decir. Ni siquiera sé si mis labios se movieron.
Un saborcillo amargo comenzó a escalar por mi garganta. Como si me hubiera bebido un trago de coca cola pero en dirección contraria, cientos de burbujillas se agolparon en mi laringe. Sentí que me ahogaba y una convulsión de mis pulmones me despejó por un momento el conducto. Noté como mi cara se llenó de pequeñas gotitas. En mis ojos, estas se mezclaron con mis lágrimas formando una película viscosa y opaca.
"No te preocupes, te quiero pequeña" ¿me habría oído? No sentía mis labios. Y ella no dejaba de llorar.
Poco a poco noté como la oscuridad iba apareciendo por el rabillo de cada uno de mis ojos. Un túnel negro apareció ante mí. Mi visión se iba centrando en una pequeña luz, situada frente a mí. En pocos segundos el mundo se apagó. Mi cerebro se apagó.
Merche se lanzó sobre mí. Con la fuerza de su abrazo nos ladeamos unos centímetros hacia la izquierda. Recuerdo una incómoda sensación de quemazón en mi pecho derecho, a medio palmo de mi clavícula. Sentí como el peso de Merche, impulsado por la fuerza de la bala, caía sobre mí haciéndonos caer contra el suelo. La quemazón de mi pecho se fue transformando poco a poco en un desagradable escozor, mil veces peor que el producido por el alcohol etílico cuando te limpias con él una buena herida abierta. Después de eso, mientras miraba la cara de Merche, cubierta por las lágrimas, moviendo la boca y mirándome desesperada, un intenso calor comenzó a recorrerme el tronco hacia la espalda. Noté como mis pantalones se iban humedeciendo, con el templado liquido de lo que seguramente sería mi orina. El dolor del tobillo se había pasado. Por un momento pensé que ni siquiera estaba allí, no sentía nada, absolutamente nada salvo escozor.
Miré, dejando caer los ojos a un lado, hacia Gonzalo e Igor. Difuminados en un cuadro gris. Vi como desaparecieron sin más. Deje caer mi cabeza hacia el lado contrario. Buscaba algo, aún no se el qué. Noté un ligero apretón en mi mano derecha. No conseguía controlar mis ojos. Traté de mirar pero frente a mí solo distinguía una silueta, deformada y borrosa, fui incapaz de reconocerla.
Noté un ligero meneo sobre mis hombros. Por un momento, unas decimas de segundo, el mundo volvió a tener forma, la más bonita del universo, pero lloraba desconsoladamente. "No llores, Merche" quise decir. Ni siquiera sé si mis labios se movieron.
Un saborcillo amargo comenzó a escalar por mi garganta. Como si me hubiera bebido un trago de coca cola pero en dirección contraria, cientos de burbujillas se agolparon en mi laringe. Sentí que me ahogaba y una convulsión de mis pulmones me despejó por un momento el conducto. Noté como mi cara se llenó de pequeñas gotitas. En mis ojos, estas se mezclaron con mis lágrimas formando una película viscosa y opaca.
"No te preocupes, te quiero pequeña" ¿me habría oído? No sentía mis labios. Y ella no dejaba de llorar.
Poco a poco noté como la oscuridad iba apareciendo por el rabillo de cada uno de mis ojos. Un túnel negro apareció ante mí. Mi visión se iba centrando en una pequeña luz, situada frente a mí. En pocos segundos el mundo se apagó. Mi cerebro se apagó.
lunes, 14 de noviembre de 2011
ENTRADA 52
Martes 8 Noviembre. La Huida (Gonzalo)
El puto Guardia Civil había huido cuando las criaturas nos atacaron en la calle. Tras acabar con ellas, mientras continuábamos el camino, más lentos porque Borja estaba con el tobillo malherido, apareció tras una esquina y trató de quitárselo de en medio. El desconcierto reinó en el grupo cuando el Guardia Civil trató de anular a Borja haciendo ver a los demás que, en su estado, sería un problema. Podrían llegar ellos hasta el refugio sin él. No entiendo cómo la gente es tan influenciable, sobre todo por una persona que ante un problema no ha dudado en abandonar al grupo por su propia seguridad. Pero lo cierto era que algunos de ellos miraron a Borja con recelo, tragándose cada una de las palabras que salían por la boca de aquel capullo vestido de verde.
La imagen pasó a cámara lenta ante mis ojos. El Guardia Civil sacó su pistola. En una decima de segundo apretó el gatillo y una bala salió del cañón dirigiéndose con fuerza hacia el pecho de Borja. Merche, que estaba ayudando a Borja a andar, se puso delante de él. La bala le entró por el hombro. El movimiento hizo que ambos se ladearan y al salir la bala, a la altura de la clavícula, ésta se alojo en el pulmón derecho de Borja. Ambos cayeron al suelo. Un pequeño charco de sangre comenzó a formarse a su alrededor. El puto Civil se quedó atontado mirando la escena. Seguramente no se esperaba eso.
-¡¡Hijo de puta!! - Ana, la hermana mayor de Merche, se lanzó hacia el Guardia Civil.
Este reaccionó le apuntó con la pistola.
-Quieta, quieta.-Dijo chulamente.-No quiero tener que disparar de nuevo. Necesitamos las balas.
La situación se tornó terriblemente tensa. La familia estábamos realmente enfurecidos, incapaces de hacer algo pero pensando rápidamente buscando una salida.
-Para empezar.-Continuó el bastardo.-Tú y tú, me vais a dar toda la comida.-Apuntó a Ana, la madre de las hermanas, y a Laura.-Y cuidadito con hacer tonterías.-Se dirigió hacia Igor.-Tira la escopeta, ahora.
Igor arrojó la escopeta al suelo con rabia. ¿Qué coño podíamos hacer?
-Vais a darme todas las armas.- Pretendía abandonarnos a todos los que teníamos algo que ver con Merche y Borja.-Vosotros-se dirigió a los amigos de la madre de las hermanas y a la veterinaria-podéis venir conmigo, pero haréis todo lo que yo diga. Yo soy la ley aquí.
Viéndole actuar cada vez estaba más convencido de que había perdido la cabeza. Tenía la cara desencajada, los ojos abiertos como platos y gotas de sudor le recorrían todo el rostro.
-No hacía falta dispararles.-Dijo la veterinaria. Maria se había acercado a Borja y a Merche y estaba comprobando su estado.
Ambos respiraban. Borja se había desmayado. Imaginé que su cuerpo no pudo aguantar tanto dolor a la vez. Merche estaba consciente y lloraba. Preguntaba por el estado de Borja y se dolía del hombro. Su herida era limpia. La bala atravesó de lado a lado su cuerpecito pero no había tocado ningún órgano o arteria vital. Borja estaba peor. La veterinaria pensaba que la bala había sido frenada por el cuerpo de Merche y se había quedado alojada muy cerca de un pulmón, seguramente lo habría alcanzado pero no podía asegurarlo, aunque las pompas de sangre que salían de la boca de Borja con cada expiración no dejaban lugar a dudas.
-Déjales.-Ordenó el Guardia Civil a la veterinaria.-Vente conmigo, tendrás más oportunidades. Yo te protegeré.-Su mirada se tornó lasciva.
Tiramos, todos, las armas al suelo. El agente estaba fuera de sí. Los que hace un momento habían casi aceptado su invitación, ahora le miraban con miedo y culpa. Haber pensado en unirse a semejante elemento demostraba un gran error por su parte, posiblemente morirían antes de llegar a La Pedriza. Abandonados o a manos de aquel chiflado.
-Yo me largo.-Dijo mientras se preparaba para coger las mochilas.-Venid si queréis, desgraciados.
En ese momento se colgó todas las mochilas en los hombros. Al tratar de colocarse la última, todas las que se había colgado al hombro de la mano con la que sujetaba la pistola se le cayeron y la golpearon, haciéndole perder el objetivo al que apuntaba. Igor, un amigo de la madre de las hermanas y yo nos lanzamos sobre él. Trató de recomponerse pero fue tarde para él. Igor le había golpeado en el estomago. Cuando se arqueó, Sergio le lanzó una tremenda patada contra la cara. El Guardia Civil saltó hacia atrás, cayendo de culo. Aproveché ese momento para recoger el bate de baseball que tenía en el camino hacia el Guardia Civil. Con la fuerza que me dio la carrerilla que llevaba solté un tremendo golpe contra su cabeza. Un enorme hueco se abrió en su frontal mientras restos de cerebro salían por los aires. El cuerpo quedó sentado, dejando caer más trozos de cerebro sobre su regazo junto a chorros de sangre.
-¡¡Tengo que operarle ya!! - Gritó la veterinaria.- Si no le saco la bala, comenzara a infectarse y eso es muy serio.
Igor y yo salimos corriendo hacia la gasolinera. Estaba a poca distancia del grupo, unos cuarenta metros, y queríamos tratar de conseguir un coche para bajar a Borja a la clínica. Cuando llegamos a la esquina vimos algo muy interesante. Un par de ambulancias descansaban en la cuneta. Nos acercamos a ellas, rompimos los cristales de la cabina de conducción para abrir la parte trasera. Pudimos comprobar, para nuestro respiro, que ambas tenían todo el material.
-Ve a por ellos.-Me dijo Igor.-Yo voy preparando todo.
Corrí hacia el grupo. Merche estaba de pie. La veterinaria le había curado allí mismo. Había limpiado la herida, desinfectado y cosido. Llevaba un cabestrillo hecho con vendas y una camiseta vieja. Los demás habían puesto a Borja sobre la tapa de un contenedor, acolchada con ropa.
-Vamos, hay dos ambulancias aquí al lado.-Les dije a todos.-No hace falta que vayamos a la clínica.
Cuando llegamos a las ambulancias, Igor había dispuesto la gran mayoría de las cosas necesarias. Preparó suero, puso sobre una bandeja de metal los utensilios y tenía dispuesto un kit de transfusiones.
Tras cuatro horas dentro de la ambulancia, por fin, Maria asomó por la puerta.
-Ya está.-Dijo aliviada.-Le he sacado la bala y los restos de hueso astillado. No ha perdido demasiada sangre, afortunadamente, y con el suero que hay de momento creo que valdrá. De todos modos estad preparados por si hay que hacerle una transfusión.
-¿Qué tal esta? -Pregunté.
-Bueno.-Respondió.-Esta sedado, las constantes son buenas y el haberse desmayado ha ayudado a operarle, porque no había anestesia. Deberíamos descansar aquí.
Nos acercamos a la urbanización de chalets que había al lado de la gasolinera. Tiramos una de las puertas abajo y nos metimos todos en la casa. Dejamos a Borja y a Merche en la habitación grande, con el sistema de monitorización y los sueros. María dispuso mucho material en la habitación para limpiarle la herida y cambiar los vendajes.
-Tenemos pocos antibióticos inyectables.-Nos informó.-Tengo que intentar que despierte lo antes posible.
Nos repartimos las habitaciones y el salón. Decidimos dormir aquella noche en esa casa. Ha sido un día tremendamente duro.
El puto Guardia Civil había huido cuando las criaturas nos atacaron en la calle. Tras acabar con ellas, mientras continuábamos el camino, más lentos porque Borja estaba con el tobillo malherido, apareció tras una esquina y trató de quitárselo de en medio. El desconcierto reinó en el grupo cuando el Guardia Civil trató de anular a Borja haciendo ver a los demás que, en su estado, sería un problema. Podrían llegar ellos hasta el refugio sin él. No entiendo cómo la gente es tan influenciable, sobre todo por una persona que ante un problema no ha dudado en abandonar al grupo por su propia seguridad. Pero lo cierto era que algunos de ellos miraron a Borja con recelo, tragándose cada una de las palabras que salían por la boca de aquel capullo vestido de verde.
La imagen pasó a cámara lenta ante mis ojos. El Guardia Civil sacó su pistola. En una decima de segundo apretó el gatillo y una bala salió del cañón dirigiéndose con fuerza hacia el pecho de Borja. Merche, que estaba ayudando a Borja a andar, se puso delante de él. La bala le entró por el hombro. El movimiento hizo que ambos se ladearan y al salir la bala, a la altura de la clavícula, ésta se alojo en el pulmón derecho de Borja. Ambos cayeron al suelo. Un pequeño charco de sangre comenzó a formarse a su alrededor. El puto Civil se quedó atontado mirando la escena. Seguramente no se esperaba eso.
-¡¡Hijo de puta!! - Ana, la hermana mayor de Merche, se lanzó hacia el Guardia Civil.
Este reaccionó le apuntó con la pistola.
-Quieta, quieta.-Dijo chulamente.-No quiero tener que disparar de nuevo. Necesitamos las balas.
La situación se tornó terriblemente tensa. La familia estábamos realmente enfurecidos, incapaces de hacer algo pero pensando rápidamente buscando una salida.
-Para empezar.-Continuó el bastardo.-Tú y tú, me vais a dar toda la comida.-Apuntó a Ana, la madre de las hermanas, y a Laura.-Y cuidadito con hacer tonterías.-Se dirigió hacia Igor.-Tira la escopeta, ahora.
Igor arrojó la escopeta al suelo con rabia. ¿Qué coño podíamos hacer?
-Vais a darme todas las armas.- Pretendía abandonarnos a todos los que teníamos algo que ver con Merche y Borja.-Vosotros-se dirigió a los amigos de la madre de las hermanas y a la veterinaria-podéis venir conmigo, pero haréis todo lo que yo diga. Yo soy la ley aquí.
Viéndole actuar cada vez estaba más convencido de que había perdido la cabeza. Tenía la cara desencajada, los ojos abiertos como platos y gotas de sudor le recorrían todo el rostro.
-No hacía falta dispararles.-Dijo la veterinaria. Maria se había acercado a Borja y a Merche y estaba comprobando su estado.
Ambos respiraban. Borja se había desmayado. Imaginé que su cuerpo no pudo aguantar tanto dolor a la vez. Merche estaba consciente y lloraba. Preguntaba por el estado de Borja y se dolía del hombro. Su herida era limpia. La bala atravesó de lado a lado su cuerpecito pero no había tocado ningún órgano o arteria vital. Borja estaba peor. La veterinaria pensaba que la bala había sido frenada por el cuerpo de Merche y se había quedado alojada muy cerca de un pulmón, seguramente lo habría alcanzado pero no podía asegurarlo, aunque las pompas de sangre que salían de la boca de Borja con cada expiración no dejaban lugar a dudas.
-Déjales.-Ordenó el Guardia Civil a la veterinaria.-Vente conmigo, tendrás más oportunidades. Yo te protegeré.-Su mirada se tornó lasciva.
Tiramos, todos, las armas al suelo. El agente estaba fuera de sí. Los que hace un momento habían casi aceptado su invitación, ahora le miraban con miedo y culpa. Haber pensado en unirse a semejante elemento demostraba un gran error por su parte, posiblemente morirían antes de llegar a La Pedriza. Abandonados o a manos de aquel chiflado.
-Yo me largo.-Dijo mientras se preparaba para coger las mochilas.-Venid si queréis, desgraciados.
En ese momento se colgó todas las mochilas en los hombros. Al tratar de colocarse la última, todas las que se había colgado al hombro de la mano con la que sujetaba la pistola se le cayeron y la golpearon, haciéndole perder el objetivo al que apuntaba. Igor, un amigo de la madre de las hermanas y yo nos lanzamos sobre él. Trató de recomponerse pero fue tarde para él. Igor le había golpeado en el estomago. Cuando se arqueó, Sergio le lanzó una tremenda patada contra la cara. El Guardia Civil saltó hacia atrás, cayendo de culo. Aproveché ese momento para recoger el bate de baseball que tenía en el camino hacia el Guardia Civil. Con la fuerza que me dio la carrerilla que llevaba solté un tremendo golpe contra su cabeza. Un enorme hueco se abrió en su frontal mientras restos de cerebro salían por los aires. El cuerpo quedó sentado, dejando caer más trozos de cerebro sobre su regazo junto a chorros de sangre.
-¡¡Tengo que operarle ya!! - Gritó la veterinaria.- Si no le saco la bala, comenzara a infectarse y eso es muy serio.
Igor y yo salimos corriendo hacia la gasolinera. Estaba a poca distancia del grupo, unos cuarenta metros, y queríamos tratar de conseguir un coche para bajar a Borja a la clínica. Cuando llegamos a la esquina vimos algo muy interesante. Un par de ambulancias descansaban en la cuneta. Nos acercamos a ellas, rompimos los cristales de la cabina de conducción para abrir la parte trasera. Pudimos comprobar, para nuestro respiro, que ambas tenían todo el material.
-Ve a por ellos.-Me dijo Igor.-Yo voy preparando todo.
Corrí hacia el grupo. Merche estaba de pie. La veterinaria le había curado allí mismo. Había limpiado la herida, desinfectado y cosido. Llevaba un cabestrillo hecho con vendas y una camiseta vieja. Los demás habían puesto a Borja sobre la tapa de un contenedor, acolchada con ropa.
-Vamos, hay dos ambulancias aquí al lado.-Les dije a todos.-No hace falta que vayamos a la clínica.
Cuando llegamos a las ambulancias, Igor había dispuesto la gran mayoría de las cosas necesarias. Preparó suero, puso sobre una bandeja de metal los utensilios y tenía dispuesto un kit de transfusiones.
Tras cuatro horas dentro de la ambulancia, por fin, Maria asomó por la puerta.
-Ya está.-Dijo aliviada.-Le he sacado la bala y los restos de hueso astillado. No ha perdido demasiada sangre, afortunadamente, y con el suero que hay de momento creo que valdrá. De todos modos estad preparados por si hay que hacerle una transfusión.
-¿Qué tal esta? -Pregunté.
-Bueno.-Respondió.-Esta sedado, las constantes son buenas y el haberse desmayado ha ayudado a operarle, porque no había anestesia. Deberíamos descansar aquí.
Nos acercamos a la urbanización de chalets que había al lado de la gasolinera. Tiramos una de las puertas abajo y nos metimos todos en la casa. Dejamos a Borja y a Merche en la habitación grande, con el sistema de monitorización y los sueros. María dispuso mucho material en la habitación para limpiarle la herida y cambiar los vendajes.
-Tenemos pocos antibióticos inyectables.-Nos informó.-Tengo que intentar que despierte lo antes posible.
Nos repartimos las habitaciones y el salón. Decidimos dormir aquella noche en esa casa. Ha sido un día tremendamente duro.
ENTRADA 51
Martes 8 Noviembre. La huída.
En la mañana del martes sucedió todo. La situación se complicaba por momentos. Tras la reunión que tuvimos, durante la noche, con todos los que decidieron continuar con nosotros, en la cual decidimos el camino que seguiríamos para llegar hasta La Pedriza, el caos se desató en la iglesia.
Resultó que el cura y el chaval, con síndrome de Down, que vivía con él ayudándole en los oficios, habían ocultado que, durante una de las salidas para encontrar comida, habían sido atacados por una de las criaturas que vimos Gonzalo y yo hace unos días. El resultado fue que ambos sufrieron algunas heridas en el cuerpo por las cuales, el monstruo, dejó caer sangre de sus orificios de la caja torácica. Seguramente para tratar de tener una conexión con los pocos supervivientes que quedasen, introduciendo en su escondite unos "topos" que los hicieran salir en el momento oportuno. Y así fue.
Comenzamos escuchando los gritos de dolor del pobre chaval. Este se retorcía en la sacristía mientras su cuerpo mutaba violentamente. El cura, por su parte, estaba sufriendo el cambio de forma más pausada, pero los instintos asesinos habían comenzado a brotar rápidamente. Con el otro superviviente que decidió quedarse con él, embriagado por su discurso de que llegaría la ayuda divida si se mantenía en la fe y siendo paciente, había hecho un tremendo mosaico de sangre y vísceras que escurrían por las paredes, el techo y se acumulaban en el eje central de la sala en una masa irreconocible de extremidades, cabeza y carne destrozada.
En el momento en que uno de los Guardias Civiles entró para tratar de pararle, el nuevo mutante se abalanzó sobre él. En vano, el joven de la Benemérita, trató de librase de la fuerte presa que había sufrido en su pierna derecha. La criatura, que anteriormente era el joven enfermo y que apenas llegaba al uno sesenta de altura, había crecido hasta casi superar los dos metros y medio. Se puso sobre sus piernas y levantó, volviéndolo boca abajo, al joven al cual tenía fuertemente agarrado a la altura del tobillo. La fuerza del agarre era tal que los huesos de la pierna comenzaban a crujir mientras se iban rompiendo en mil pedazos. La sangre comenzó a resbalar entre los dedos de la criatura.
-Socorro, ayudadme.-Gritó el Guardia Civil mientras se revolvía, colgado con la cabeza hacia el suelo.
No nos dio tiempo a ninguno de los presentes a reaccionar. Justo cuando apuntamos con nuestras armas a la bestia, ésta, agarró a su presa del cuello y, tirando de la pierna apresada a la vez, le dio la vuelta, dejando su pierna izquierda, aún pegada a su cuerpo, colgando. Con fuerza, nos lanzó la pierna derecha del Guardia Civil. En ese momento de locura, mientras esquivábamos la extremidad que volaba sobre nosotros, la criatura dio un salto y salió por el ventanal que tenía a su espalda a unos tres metros de altura, atravesándolo mientras una lluvia de cientos de cristales caía sobre nosotros. Un tremendo grito, increíblemente agudo, que nos dejó medio sordos, nos sacó de nuestro estupor. El cura se lanzó sobre nosotros, totalmente enajenado, con un cáliz de plata ensangrentado en la mano. Pedro, el dueño del bar, no tuvo tiempo de reaccionar y recibió un monstruoso golpe con el cáliz en la cabeza. La sangre comenzó a manar por la tremenda brecha que se había abierto a lo largo de su frente. Cayó al suelo, como si se tratara de un enorme muñeco de felpa, con el cura encima de él propinándole multitud de golpes por la cabeza y el pecho.
-Que alguien le pare.-Gritó una voz a nuestras espaldas.
En ese momento conseguimos reaccionar. Con el bate de baseball, que tenía en la mano, lancé un golpe contra la cabeza del cura. Éste se tambaleó y cayó al lado de Pedro, que ya estaba muerto, pero se recuperó rápidamente. Un disparo sonó en la sala dejándonos a todos sordos. El otro Guardia Civil había sacado su pistola y disparó a bocajarro contra la cabeza del cura antes de que se levantara del suelo.
-Dios.-Casi ninguno de los presentes estaban acostumbrados a esto.
-Tenemos que darnos prisa.-Traté de sacar a todos de su aturdimiento por el momento vivido.-El otro se ha marchado y no sabemos si atraerá a las demás criaturas.-Salí de la sala tratando de empujar a los que allí estaban.-Vamos, vamos. Coged todo lo que sea extremadamente necesario, nada de llevar peso de más.
Corrí hacia el aula de catequesis. Merche y Elena ya tenían casi todo preparado para salir. Las dos perritas estaban dentro de las mochilas, muy asustadas.
-¿Qué ha pasado? - Me preguntó Merche cuando entré.
-El cura y el monaguillo, o lo que fuera ese chaval.-Respondí sin mirarla mientras recogía lo poco que quedaba.-Resulta que estaban infectados. El chaval se ha convertido en uno de esos bichos que vimos el otro día. Ha salido huyendo, no sé a dónde.
-Joder.-Dijo Merche.-Hemos oído los golpes y el disparo y nos hemos puesto a recogerlo todo. No es que hayamos sacado muchas cosas de las que traíamos pero tal y como están las cosas...
Un rugido cortó la conversación. Seguido de otros cuatro más.
-Mierda.-Maldije.-Ya están aquí.
Efectivamente. Ya no eran cuatro, sino cinco criaturas las que estaban fuera de la iglesia. Aún tenían restos del Guardia Civil que comían ansiosamente.
-¿Qué coño hacemos ahora? - Una voz gritó en el descansillo de la entrada.
Dos de las criaturas se lanzaron contra nosotros. La primera de ellas embistió con fuerza contra la puerta de madera, casi rompiéndola. La otra saltó al tejado. Reconocí a esta como el chaval que había huido hace un momento.
-¡¡Gonzalo!! - Grité.-¡¡¡Vigilad la sacristía!!! Uno de ellos va a entrar por allí.
Tarde. La bestia había saltado dentro de la iglesia a través del ventanal que había roto para salir. Escuchamos los primeros disparos y chillidos. Cogí la escopeta. Salí al descansillo. Justo en ese momento, una nueva embestida contra la puerta la dejó hecha astillas. La criatura del exterior se quedó mirándome. Era imponente. Se levantó sobre sus piernas, apoyando las manos sobre el marco de la puerta destrozada, y lanzó hacia mí un increíble gruñido. El sonido era inaguantable y el olor peor aún, si era posible. Le miré, estaba claro que tenía que tomar la iniciativa. Si me atacaba no podría defenderme. Disparé la escopeta, accionando los dos gatillos a la vez, apuntando hacia una de las piernas. Su pie saltó por los aires y el monstruo cayó de bruces contra el suelo. Empezó a gruñir con furia, sin apartar la mirada de mí.
-Merche.-Grité.-Salid de ahí ahora mismo. Id hacia la salida del jardín.
Realmente, lo que llamaba jardín, era la parte de la parcela de la iglesia que hace años hizo las veces de cementerio del pueblo, ahora cubierta por el manto verde del césped. Este tenía dos verjas de salida y era nuestra única oportunidad. Merche y Elena salieron corriendo del aula hacia la zona de culto. La criatura estaba incorporándose sobre el muñón ensangrentado. Cargué la escopeta rápidamente, mientras reculaba, siguiendo los pasos de las chicas. Un nuevo disparo hizo que el brazo derecho cayera al suelo, acompañado por un tremendo chorro de sangre. Aún así, la criatura, seguía avanzando, inmutable ante las heridas que había sufrido. Volví a recargar. Esta vez disparé contra su cabeza pero, aparte de varios agujeros y chorros de sangre, no tuvo el efecto deseado. Por fin llegué a la puerta de la zona de culto. La cerramos como pudimos entre tres personas mientras los demás traían bancos y sillas para atrancarla.
-Joder, joder.-Gritó Ana, la hermana de Merche.- ¿Dónde están mamá y Laura?
-Mierda, estaban en el baño de la sala de catequesis.-Gritó Bea, la otra hermana.-Abrid, hay que ir a por ellas.
Trató de abrirse paso entre nosotros para quitar la barricada. Igor y Gonzalo la cogieron y apartaron de la zona, tratando de hacerla entrar en razón y tranquilizarla. Tuvimos un momento de duda, quedándonos todos parados, sin hacer nada. Menos mal, sintiéndolo mucho por Javier, que la lucha contra la otra criatura llegó a la zona de culto. Desde la sacristía vimos como Javier volaba, literalmente, atravesando toda la zona hasta llegar a la pared de enfrente con tan mala suerte de quedar empalado contra las falsas antorchas de metal. Ésta le atravesó la zona lumbar saliendo por la clavícula izquierda. El pobre no murió en el acto, estuvo alrededor de quince minutos chillando y llorando mientras trataba de bajarse, sin éxito.
-Hay que aislar al otro.-Gritamos todos casi al unísono.-Vamos, vamos.
Nos lanzamos Merche, Gonzalo, Igor y yo hacia la puerta de la sacristía. La criatura comenzó a asomar la cabeza. Entre Gonzalo e Igor cerraron la puerta contra su cabeza, dejándola atrapada. La bestia se revolvió con fuerza y en un par de ocasiones casi consiguió quitarse a los dos de la puerta.
-¡¡Aguantad!! - Chilló Merche mientras preparaba la pistola.
Se acercó a la cabeza, apoyó el cañón en uno de los ojos y disparó cinco veces. La bestia comenzó a gemir tratando de meter la cabeza dentro de la habitación, tratando de huir. Aproveché uno de sus movimientos para incrustarle la escopeta en la boca y soltar los dos disparos a la vez. Los restos de su cabeza volaron hacia adentro de la sacristía, uniéndose a los pedazos del cuerpo asesinado anteriormente allí dentro. El resto del cuerpo cayó al suelo, inmóvil.
-¿Está muerto? - Preguntó Ana, la hermana de Merche.
-Eso parece.-Contestó Gonzalo.
-¿A qué coño esperáis? -Gritó Merche a todos los presentes.-Hay que salir de aquí.
Todos se quedaron un momento mirando a Merche. Tras unos segundos, por fin reaccionaron y comenzaron a salir por la puerta que daba al antiguo cementerio.
-¿Qué hacemos con tu madre? - Pregunté.
-Creo que desde la sacristía me ha parecido ver un ventanuco que daba a ese baño.- Me dijo mientras pasaba por encima del cadáver de la criatura muerta.
Efectivamente, un pequeño ventanuco asomaba en un lateral de la pequeña habitación. Merche cogió una de las sillas rápidamente y se subió a ella llamando a su madre. Se quedó un momento paralizada sobre la silla.
-¿Qué pasa? -Pregunté temiéndome lo peor.
-No hay nadie.-Respondió mientras se giraba hacia mí.-Han salido por la ventana que da al patio delantero.-Su voz tenía un tono entre aliviado y preocupado.
-Vámonos entonces.-Le dije.-Ahora las buscamos.
Cuando salimos de la sacristía, la barricada estaba comenzando a ceder. Solo faltaban dos personas por abandonar el lugar. Merche y yo corrimos hacia ellos y por fin conseguimos salir todos de allí. Al cerrar la puerta metálica escuchamos como una última embestida destrozó la barricada de bancos y sillas. El eco de un gruñido comenzó a resonar en el interior de la iglesia.
-Merche, Elena, Ana, Bea y los amigos de vuestra madre.-Comencé a organizar el grupo.
-Somos Sergio y Alberto.-Me dijo uno de ellos.
-Encantado.-Respondí sin darle demasiado importancia.-Vosotros formáis el grupo dos. Merche con la pistola, Bea y Ana con los machetes desbrozadores, y vosotros con vuestras escopetas. Avanzareis cuando nosotros tomemos posiciones y veamos el camino despejado.
El grupo comenzó a prepararse. Merche cargó las últimas balas que le quedaban para la pistola. Los dos hombres prepararon sus cananas de cartuchos y las escopetas. Bea y Ana se ajustaron los seguros de los machetes a las muñecas. Cada uno de ellos llevaba una mochila, salvo Merche que además llevaba el bolso donde iba Boni. Elena iría al lado de Merche, con el bolso de Yuko y una pequeña mochila con cosas para ella.
-Gonzalo, Igor, el Guardia Civil y la veterinaria.-Dije dirigiéndome a los que quedábamos.
-Me llamo María.-Dijo ella.
-Yo soy Iván.-Continuó el Guardia Civil, un poco reacio a seguir órdenes.
-Vale.-Dije.-Nosotros saldremos primero. De dos en dos y uno cubriendo la retaguardia.-Miré el armamento que llevábamos. Le entregué la escopeta y los cartuchos que me quedaban a Igor. Gonzalo llevaba una escopeta que había encontrado en la casa de la familia de Merche, algo corto de cartuchos. El Guardia Civil tenía dos Berettas y la veterinaria llevaba el maltrecho bate de baseball. Yo me coloqué el G36 que llevaba a la espalda.-Saldremos en dirección a la gasolinera. Nos iremos cubriendo con los coches y los restos que haya por el camino. Saltos cortos, de no más de cinco metros.-Gonzalo me miraba y se reía. Sabía perfectamente de donde había sacado esa idea.
-¿De dónde te has sacado eso? - Preguntó un escéptico Guardia Civil.- ¿Has estado en el ejército?
-Para nada.-Respondí.-He jugado durante varios años al Airsoft y en el club en el que estábamos - continué señalando a Gonzalo- teníamos varios ex-militares que nos enseñaron varias cosas básicas.
El Guardia Civil se quedó perplejo, imagino que verse dirigido por unos novatos no le gustaba en absoluto pero era lo que había.
-¿Podemos continuar? - Le dije irónico.-No hay tiempo para estar en contra.
-Sigue.-Respondió.
-Si nos encontramos con las criaturas. El grupo dos tiene que correr lo más posible. Ampliaremos los saltos a diez metros. El grupo uno tratará de contenerlos hasta que el dos este a salvo.-Continué.-Si nos vemos muy apurados, nos atrincheraremos en una de las casas del camino.
El plan era simple. Llegar lo más rápido posible a la gasolinera que había en la salida del pueblo. Saltar el muro y continuar hacia La Pedriza. Simple pero peligroso. Sobre todo por lo que teníamos en la calle.
En poco tiempo abrimos la verja del lado derecho. El camino estaba despejado. Salí con Gonzalo y nos colocamos en un par de coches que había en dirección hacia la calle principal, donde supuestamente estaban las criaturas. Seguíamos escuchando los gruñidos dentro de la iglesia. Eso daba tres enemigos potenciales de momento.
Igor y María salieron detrás de nosotros y se situaron en el comienzo de la calle que llevaba a la gasolinera. Iván, el Guardia Civil, se quedó en la verja. Daría paso al grupo dos para salir.
-Todo despejado.-Le dije a Gonzalo.
-Ya pueden salir.-Le dijo a su vez a Iván.
Merche salió la primera con Elena a su lado. Corrió hacia la calle que vigilaban Igor y María. Tras ella, Bea y Ana se situaron a unos metros de la posición que había tomado. Sergio y Alberto, los últimos en salir, corrieron y cambiaron la posición con Igor y Maria que avanzaron un poco para apoyarnos. Ya estábamos colocados en el orden de avance.
-Vale.-Dije.-Vamos allá.-Le hice un gesto a Merche para que comenzaran a avanzar.
Merche y Elena corrieron unos cinco metros hasta llegar a un muro derruido. Cuando llegaron a él, sus hermanas hicieron el mismo proceso. Cuando encontraron cobertura, los dos amigos de la madre continuaron la cadena.
Gonzalo y yo avanzamos hasta la posición de Igor y Maria. Cuando llegamos a ellos, estos, avanzaron por la calle hasta una posición a cubierto por delante del grupo dos. El Guardia Civil corrió y se situó entre ambas parejas.
De momento la cosa iba muy bien. Habíamos conseguido avanzar unos cien metros. La sensación de ver la Iglesia desde esa distancia producía un ligero alivio.
Por fin llevamos a la curva que tomaba la calle que acababa en la gasolinera. Nos quedaba algo menos de un kilometro para llegar a nuestro objetivo. Continuamos con el plan de avance. El grupo dos avanzaba primero, buscando coberturas, mientras el grupo uno les cubría.
-Vamos bien.-Me comentó Gonzalo mientras miraba hacia las chicas que avanzaban poco a poco pero sin pausa.
-Hasta ahora.-Le respondí.
En la curva que acabamos de dejar, unos sesenta metros atrás, aparecieron las siluetas que tratábamos de esquivar. Dos de las criaturas nos habían seguido y nos ganaban terreno.
-Mierda.-Dijo Gonzalo.
-Tranquilo.-Le dije.-Nos quedamos aquí y les pillamos por la espalda.-Le comencé a hacer señas al Guardia Civil pero este pasaba de mí.-Hijo de puta.
El muy capullo había visto a las criaturas y comenzó a correr sin esperar a nadie. "Tonto el último" Debió de pensar. Afortunadamente, todos los demás se ceñían al plan y se habían ocultado lo mejor que habían podido. Lo malo para él es que ambas criaturas le habían tomado por la presa a conseguir.
-Prepárate.-Le pedí a Gonzalo.-Cuando nos pasen les acribillamos a saco las piernas.
-Vale.
Nos preparamos. Vi como Igor y Maria se ocultaban y se preparaban para disparar. En pocos segundos las dos criaturas llegaron a nuestra altura.
-¡¡Ahora!!-Grité.
Gonzalo y yo salimos de nuestro escondrijo y comenzamos a disparar sobre el mismo objetivo, la bestia de la derecha. Mal hecho por nuestra parte. Gonzalo descargó los dos cartuchos sobre el costado izquierdo de la criatura. Mientras recargaba, yo, por mi parte, disparaba, rítmicamente, sobre las piernas tratando de hacerla caer. La bestia se revolvía con cada impacto. Una nueva descarga de la escopeta, por parte de Gonzalo, sobre el mismo costado hizo que la criatura por fin cayera. Recargué el fusil de asalto. Mientras se mantenía en el suelo, retorciéndose, no sé si de dolor o de rabia, me acerqué a ella. Por un momento me quedé mirando esa impresionante mutación. La carne del cuerpo tenía un color amarillento, realmente enfermizo. Arrugada y reseca en muchísimas partes, donde multitud de costras se formaban dando la sensación de estar contaminada de Lepra. La sangre manaba abundantemente de las heridas que le habíamos infringido. El espesor, el color rojo oscuro, casi negro, mostraba un sistema sanguíneo falto de agua, totalmente deshidratado. Los enormes globos oculares, totalmente al descubierto, me miraban enrojecidos. Cientos de venillas reventadas transformaban el color blanco en un rojizo pastoso que resaltaba unas pupilas totalmente dilatadas las cuales ocultaban el color que anteriormente hubiera tenido el iris, dejando un enorme círculo negro en el centro de los ojos cubierto por una finísima película blanquecina. Era espeluznante a la vez que hipnótico el hecho de observarla. La repulsión se trasformaba en una morbosa curiosidad. Su cuerpo, deformado, mostraba la piel totalmente pegada a unos huesos que habían tratado de salir hacia afuera. Tenía muchas heridas producidas por sus costillas, las cuales habían conseguido asomar una pequeña parte, rajando la piel y los músculos, dejando a la vista un conjunto de puntos blanquecinos casi alineados a lo largo del tronco. Un enorme corazón palpitaba en el interior. Podía verlo perfectamente a través de algunos agujeros. Estos se hinchaban al compás de sus latidos, dejando ver, en algunos casos, pompas de carne, formadas por el musculo de la vida cuando trataba de salir por alguno de los huecos.
Cuando la criatura me agarró del tobillo, salí de mi trance de golpe. La imagen del Guardia Civil que cayó en manos de una en ellas, zarandeado hasta que finalmente fue partido por la mitad como un pedazo de pan, invadió mi mente. Reacciones por instinto y descargué una larga ráfaga con el fusil de asalto sobre los agujeros por los que el corazón asomaba de vez en cuando. Al recibir los impactos, la bestia me aferró, con mucha más fuerza, el tobillo. Me dio la sensación de que en cualquier momento me lo arrancaría. No pude contenerme y comencé a gritar por el dolor. Un tremendo espasmo de muerte de la criatura hizo que mi cuerpo golpeara el suelo con fuerza. "Joder, me voy a quedar sin pie" Pensé en ese momento cuando el dolor pasó a ser una calambre continuo. En ese momento una descarga de la escopeta separó la garra del brazo de la bestia, haciendo que me soltara. Tenía un enorme cardenal en el tobillo, mis vasos sanguíneos superficiales habían reventado por la presión. El hueso no estaba roto pero un enorme bulto comenzaba a crecer alrededor de mi tobillo. La inflamación era terriblemente dolorosa. Cuando me incorporé vi a Gonzalo acercándose a mí.
-Tío, lo siento.-Me dijo mientras se reclinaba para ayudarme a levantarme.
-Joder, ¿por qué? si me has salvado.-Respondí agradecido.
-Si bueno...-Dijo.
Entonces comprendí sus palabras. Al disparar la escopeta para destrozar la muñeca de la bestia para que me soltara. Muchos perdigones de cada cartucho acabaron dentro de mi pierna. Tenía una decena de agujeros por los que salían pequeños hilillos de sangre. No había reparado en ellos. El dolor del tobillo era mucho más intenso.
-Mierda.-Es lo único que pude decir. Tampoco podía quejarme. Estaba vivo, todavía.-¿Dónde está el otro bicho?-Pregunté.
-Pues han tenido mejor suerte que nosotros.-Me respondió Gonzalo señalando hacia los demás integrantes del grupo.
Estaban todos en pie. Al parecer, Igor y María habían llamado la atención de la bestia. Cuando pasó a su lado. Maria le asestó un golpe con el bate en una de sus rotulas, destrozándola. Cuando cayó, hincando la rodilla en el suelo, Igor disparó la escopeta contra ella. Esta retrocedió un par de metros. Pero lo más alucinante fue que, mientras Igor recargaba la escopeta, un coche embistió con fuerza a la bestia antes de que se recuperara, estampándola contra un muro y destrozándole las piernas y parte del tronco. Sus entrañas se esparcieron por la acera y cayó muerta sobre el capó del coche. Atontadas y medio idas por el impacto, la madre de Merche y Laura salieron del coche. Bastante magulladas pero sanas y salvas. Durante el ataque a la iglesia habían conseguido escapar por la ventana del baño. Escondiéndose entre los matorrales que rodeaban la iglesia. Salieron del recinto y se metieron en el primer coche abandonado que encontraron. La fortuna quiso que este coche tuviera las llaves puestas y algo de gasolina. Arrancaron y, trastabillando sobre miles de escombros, se alejaron del lugar. Cuando pararon, nos vieron pasar por la calle perpendicular a la que estaban, a unos cien metros de ellas. Pensaron en bajarse e ir corriendo, pero en ese momento vieron como las bestias se lanzaban sobre nosotros. Callejeando llegaron hasta el grupo y, viendo el panorama, la madre decidió estrellar el coche para matar a la criatura que tenía a unos metros enfrente de ellas.
Merche se acercó a mí corriendo. Tomamos un momento de descanso. Me puso sobre el tobillo una pomada antiinflamatoria y me lo vendó fuertemente. El dolor era intenso. Mientras, la veterinaria, me iba sacando los balines de la pierna poco a poco. Según sacaba uno, Merche me ponía yodo. Cuando acabaron me vendaron toda la pierna.
-Tomate esto.-Me dijo Merche mientras me tendía un Ibuprofeno y dos pastillas de antibióticos.
-Ya tocaba.-Le dije con una sonrisa.-Llegaba tiempo sin sufrir heridas.
-Mira que eres bobo.-Me dijo, devolviéndome la sonrisa mientras recogía el botiquín.
Tras atenderme, se dirigió, con Maria, hacia su madre y su hermana pequeña para curarles las magulladuras y pequeños cortes.
-Si no recuerdo mal-oí a Igor a mí lado-aún hay dos criaturas por ahí.
-Sí.-Respondió Gonzalo.- Deberíamos continuar, no nos queda mucho para llegar a la gasolinera.
Tenían toda la razón. De momento habíamos tenido bastante suerte. El ataque de la iglesia se había llevado varias vidas y este casi me cuesta la mía, además de la de la madre de Merche y su hermana. Esa decisión, aunque acertada, fue muy peligrosa. Podrían haber muerto dentro del coche.
Un nuevo rugido lejano nos puso a todos en guardia.
-Vámonos de aquí ya.-Grité mientras me incorporaba.
El tobillo me molestaba bastante y no podía correr. De hecho, andaba ralentizando a los demás. Una risa malévola y despectiva se oyó desde una esquina.
-Puf, deberíamos dejarle aquí.-El Guardia Civil habló, saliendo de su escondrijo.-Es y será un problema. Sera mejor que me hagáis casi y lleve yo el mando. El no tiene ni idea y está muerto.
Un desconcierto reinó en el grupo. Miré al Guardia Civil con ira. Desde que salimos de la iglesia supe que no le gustaba nada recibir órdenes. El se veía como el único con capaz de mandar y dirigir el grupo. Los amigos de la madre de Merche me miraron. En sus caras pude ver que estaban de acuerdo con el agente de la Benemérita. La veterinaria dudaba, pero su balanza interior se iba decantando por la misma opinión.
-¿Estáis gilipollas? -Merche explotó.- Si no es por nosotros aun estaríais en la iglesia esperando a que esas cosas os mataran. Él os está dando una oportunidad.-Se dirigió hacia el Guardia Civil con ira en sus ojos.- Además, ¡¡tú nos has abandonado en cuanto has visto el peligro!!
-Que le den por culo.-Gritó el Guardia.-No pienso cargar con un herido. Iremos a La Pedriza y buscaremos ese refugio. Pero sin él.-Y me disparó.
En la mañana del martes sucedió todo. La situación se complicaba por momentos. Tras la reunión que tuvimos, durante la noche, con todos los que decidieron continuar con nosotros, en la cual decidimos el camino que seguiríamos para llegar hasta La Pedriza, el caos se desató en la iglesia.
Resultó que el cura y el chaval, con síndrome de Down, que vivía con él ayudándole en los oficios, habían ocultado que, durante una de las salidas para encontrar comida, habían sido atacados por una de las criaturas que vimos Gonzalo y yo hace unos días. El resultado fue que ambos sufrieron algunas heridas en el cuerpo por las cuales, el monstruo, dejó caer sangre de sus orificios de la caja torácica. Seguramente para tratar de tener una conexión con los pocos supervivientes que quedasen, introduciendo en su escondite unos "topos" que los hicieran salir en el momento oportuno. Y así fue.
Comenzamos escuchando los gritos de dolor del pobre chaval. Este se retorcía en la sacristía mientras su cuerpo mutaba violentamente. El cura, por su parte, estaba sufriendo el cambio de forma más pausada, pero los instintos asesinos habían comenzado a brotar rápidamente. Con el otro superviviente que decidió quedarse con él, embriagado por su discurso de que llegaría la ayuda divida si se mantenía en la fe y siendo paciente, había hecho un tremendo mosaico de sangre y vísceras que escurrían por las paredes, el techo y se acumulaban en el eje central de la sala en una masa irreconocible de extremidades, cabeza y carne destrozada.
En el momento en que uno de los Guardias Civiles entró para tratar de pararle, el nuevo mutante se abalanzó sobre él. En vano, el joven de la Benemérita, trató de librase de la fuerte presa que había sufrido en su pierna derecha. La criatura, que anteriormente era el joven enfermo y que apenas llegaba al uno sesenta de altura, había crecido hasta casi superar los dos metros y medio. Se puso sobre sus piernas y levantó, volviéndolo boca abajo, al joven al cual tenía fuertemente agarrado a la altura del tobillo. La fuerza del agarre era tal que los huesos de la pierna comenzaban a crujir mientras se iban rompiendo en mil pedazos. La sangre comenzó a resbalar entre los dedos de la criatura.
-Socorro, ayudadme.-Gritó el Guardia Civil mientras se revolvía, colgado con la cabeza hacia el suelo.
No nos dio tiempo a ninguno de los presentes a reaccionar. Justo cuando apuntamos con nuestras armas a la bestia, ésta, agarró a su presa del cuello y, tirando de la pierna apresada a la vez, le dio la vuelta, dejando su pierna izquierda, aún pegada a su cuerpo, colgando. Con fuerza, nos lanzó la pierna derecha del Guardia Civil. En ese momento de locura, mientras esquivábamos la extremidad que volaba sobre nosotros, la criatura dio un salto y salió por el ventanal que tenía a su espalda a unos tres metros de altura, atravesándolo mientras una lluvia de cientos de cristales caía sobre nosotros. Un tremendo grito, increíblemente agudo, que nos dejó medio sordos, nos sacó de nuestro estupor. El cura se lanzó sobre nosotros, totalmente enajenado, con un cáliz de plata ensangrentado en la mano. Pedro, el dueño del bar, no tuvo tiempo de reaccionar y recibió un monstruoso golpe con el cáliz en la cabeza. La sangre comenzó a manar por la tremenda brecha que se había abierto a lo largo de su frente. Cayó al suelo, como si se tratara de un enorme muñeco de felpa, con el cura encima de él propinándole multitud de golpes por la cabeza y el pecho.
-Que alguien le pare.-Gritó una voz a nuestras espaldas.
En ese momento conseguimos reaccionar. Con el bate de baseball, que tenía en la mano, lancé un golpe contra la cabeza del cura. Éste se tambaleó y cayó al lado de Pedro, que ya estaba muerto, pero se recuperó rápidamente. Un disparo sonó en la sala dejándonos a todos sordos. El otro Guardia Civil había sacado su pistola y disparó a bocajarro contra la cabeza del cura antes de que se levantara del suelo.
-Dios.-Casi ninguno de los presentes estaban acostumbrados a esto.
-Tenemos que darnos prisa.-Traté de sacar a todos de su aturdimiento por el momento vivido.-El otro se ha marchado y no sabemos si atraerá a las demás criaturas.-Salí de la sala tratando de empujar a los que allí estaban.-Vamos, vamos. Coged todo lo que sea extremadamente necesario, nada de llevar peso de más.
Corrí hacia el aula de catequesis. Merche y Elena ya tenían casi todo preparado para salir. Las dos perritas estaban dentro de las mochilas, muy asustadas.
-¿Qué ha pasado? - Me preguntó Merche cuando entré.
-El cura y el monaguillo, o lo que fuera ese chaval.-Respondí sin mirarla mientras recogía lo poco que quedaba.-Resulta que estaban infectados. El chaval se ha convertido en uno de esos bichos que vimos el otro día. Ha salido huyendo, no sé a dónde.
-Joder.-Dijo Merche.-Hemos oído los golpes y el disparo y nos hemos puesto a recogerlo todo. No es que hayamos sacado muchas cosas de las que traíamos pero tal y como están las cosas...
Un rugido cortó la conversación. Seguido de otros cuatro más.
-Mierda.-Maldije.-Ya están aquí.
Efectivamente. Ya no eran cuatro, sino cinco criaturas las que estaban fuera de la iglesia. Aún tenían restos del Guardia Civil que comían ansiosamente.
-¿Qué coño hacemos ahora? - Una voz gritó en el descansillo de la entrada.
Dos de las criaturas se lanzaron contra nosotros. La primera de ellas embistió con fuerza contra la puerta de madera, casi rompiéndola. La otra saltó al tejado. Reconocí a esta como el chaval que había huido hace un momento.
-¡¡Gonzalo!! - Grité.-¡¡¡Vigilad la sacristía!!! Uno de ellos va a entrar por allí.
Tarde. La bestia había saltado dentro de la iglesia a través del ventanal que había roto para salir. Escuchamos los primeros disparos y chillidos. Cogí la escopeta. Salí al descansillo. Justo en ese momento, una nueva embestida contra la puerta la dejó hecha astillas. La criatura del exterior se quedó mirándome. Era imponente. Se levantó sobre sus piernas, apoyando las manos sobre el marco de la puerta destrozada, y lanzó hacia mí un increíble gruñido. El sonido era inaguantable y el olor peor aún, si era posible. Le miré, estaba claro que tenía que tomar la iniciativa. Si me atacaba no podría defenderme. Disparé la escopeta, accionando los dos gatillos a la vez, apuntando hacia una de las piernas. Su pie saltó por los aires y el monstruo cayó de bruces contra el suelo. Empezó a gruñir con furia, sin apartar la mirada de mí.
-Merche.-Grité.-Salid de ahí ahora mismo. Id hacia la salida del jardín.
Realmente, lo que llamaba jardín, era la parte de la parcela de la iglesia que hace años hizo las veces de cementerio del pueblo, ahora cubierta por el manto verde del césped. Este tenía dos verjas de salida y era nuestra única oportunidad. Merche y Elena salieron corriendo del aula hacia la zona de culto. La criatura estaba incorporándose sobre el muñón ensangrentado. Cargué la escopeta rápidamente, mientras reculaba, siguiendo los pasos de las chicas. Un nuevo disparo hizo que el brazo derecho cayera al suelo, acompañado por un tremendo chorro de sangre. Aún así, la criatura, seguía avanzando, inmutable ante las heridas que había sufrido. Volví a recargar. Esta vez disparé contra su cabeza pero, aparte de varios agujeros y chorros de sangre, no tuvo el efecto deseado. Por fin llegué a la puerta de la zona de culto. La cerramos como pudimos entre tres personas mientras los demás traían bancos y sillas para atrancarla.
-Joder, joder.-Gritó Ana, la hermana de Merche.- ¿Dónde están mamá y Laura?
-Mierda, estaban en el baño de la sala de catequesis.-Gritó Bea, la otra hermana.-Abrid, hay que ir a por ellas.
Trató de abrirse paso entre nosotros para quitar la barricada. Igor y Gonzalo la cogieron y apartaron de la zona, tratando de hacerla entrar en razón y tranquilizarla. Tuvimos un momento de duda, quedándonos todos parados, sin hacer nada. Menos mal, sintiéndolo mucho por Javier, que la lucha contra la otra criatura llegó a la zona de culto. Desde la sacristía vimos como Javier volaba, literalmente, atravesando toda la zona hasta llegar a la pared de enfrente con tan mala suerte de quedar empalado contra las falsas antorchas de metal. Ésta le atravesó la zona lumbar saliendo por la clavícula izquierda. El pobre no murió en el acto, estuvo alrededor de quince minutos chillando y llorando mientras trataba de bajarse, sin éxito.
-Hay que aislar al otro.-Gritamos todos casi al unísono.-Vamos, vamos.
Nos lanzamos Merche, Gonzalo, Igor y yo hacia la puerta de la sacristía. La criatura comenzó a asomar la cabeza. Entre Gonzalo e Igor cerraron la puerta contra su cabeza, dejándola atrapada. La bestia se revolvió con fuerza y en un par de ocasiones casi consiguió quitarse a los dos de la puerta.
-¡¡Aguantad!! - Chilló Merche mientras preparaba la pistola.
Se acercó a la cabeza, apoyó el cañón en uno de los ojos y disparó cinco veces. La bestia comenzó a gemir tratando de meter la cabeza dentro de la habitación, tratando de huir. Aproveché uno de sus movimientos para incrustarle la escopeta en la boca y soltar los dos disparos a la vez. Los restos de su cabeza volaron hacia adentro de la sacristía, uniéndose a los pedazos del cuerpo asesinado anteriormente allí dentro. El resto del cuerpo cayó al suelo, inmóvil.
-¿Está muerto? - Preguntó Ana, la hermana de Merche.
-Eso parece.-Contestó Gonzalo.
-¿A qué coño esperáis? -Gritó Merche a todos los presentes.-Hay que salir de aquí.
Todos se quedaron un momento mirando a Merche. Tras unos segundos, por fin reaccionaron y comenzaron a salir por la puerta que daba al antiguo cementerio.
-¿Qué hacemos con tu madre? - Pregunté.
-Creo que desde la sacristía me ha parecido ver un ventanuco que daba a ese baño.- Me dijo mientras pasaba por encima del cadáver de la criatura muerta.
Efectivamente, un pequeño ventanuco asomaba en un lateral de la pequeña habitación. Merche cogió una de las sillas rápidamente y se subió a ella llamando a su madre. Se quedó un momento paralizada sobre la silla.
-¿Qué pasa? -Pregunté temiéndome lo peor.
-No hay nadie.-Respondió mientras se giraba hacia mí.-Han salido por la ventana que da al patio delantero.-Su voz tenía un tono entre aliviado y preocupado.
-Vámonos entonces.-Le dije.-Ahora las buscamos.
Cuando salimos de la sacristía, la barricada estaba comenzando a ceder. Solo faltaban dos personas por abandonar el lugar. Merche y yo corrimos hacia ellos y por fin conseguimos salir todos de allí. Al cerrar la puerta metálica escuchamos como una última embestida destrozó la barricada de bancos y sillas. El eco de un gruñido comenzó a resonar en el interior de la iglesia.
-Merche, Elena, Ana, Bea y los amigos de vuestra madre.-Comencé a organizar el grupo.
-Somos Sergio y Alberto.-Me dijo uno de ellos.
-Encantado.-Respondí sin darle demasiado importancia.-Vosotros formáis el grupo dos. Merche con la pistola, Bea y Ana con los machetes desbrozadores, y vosotros con vuestras escopetas. Avanzareis cuando nosotros tomemos posiciones y veamos el camino despejado.
El grupo comenzó a prepararse. Merche cargó las últimas balas que le quedaban para la pistola. Los dos hombres prepararon sus cananas de cartuchos y las escopetas. Bea y Ana se ajustaron los seguros de los machetes a las muñecas. Cada uno de ellos llevaba una mochila, salvo Merche que además llevaba el bolso donde iba Boni. Elena iría al lado de Merche, con el bolso de Yuko y una pequeña mochila con cosas para ella.
-Gonzalo, Igor, el Guardia Civil y la veterinaria.-Dije dirigiéndome a los que quedábamos.
-Me llamo María.-Dijo ella.
-Yo soy Iván.-Continuó el Guardia Civil, un poco reacio a seguir órdenes.
-Vale.-Dije.-Nosotros saldremos primero. De dos en dos y uno cubriendo la retaguardia.-Miré el armamento que llevábamos. Le entregué la escopeta y los cartuchos que me quedaban a Igor. Gonzalo llevaba una escopeta que había encontrado en la casa de la familia de Merche, algo corto de cartuchos. El Guardia Civil tenía dos Berettas y la veterinaria llevaba el maltrecho bate de baseball. Yo me coloqué el G36 que llevaba a la espalda.-Saldremos en dirección a la gasolinera. Nos iremos cubriendo con los coches y los restos que haya por el camino. Saltos cortos, de no más de cinco metros.-Gonzalo me miraba y se reía. Sabía perfectamente de donde había sacado esa idea.
-¿De dónde te has sacado eso? - Preguntó un escéptico Guardia Civil.- ¿Has estado en el ejército?
-Para nada.-Respondí.-He jugado durante varios años al Airsoft y en el club en el que estábamos - continué señalando a Gonzalo- teníamos varios ex-militares que nos enseñaron varias cosas básicas.
El Guardia Civil se quedó perplejo, imagino que verse dirigido por unos novatos no le gustaba en absoluto pero era lo que había.
-¿Podemos continuar? - Le dije irónico.-No hay tiempo para estar en contra.
-Sigue.-Respondió.
-Si nos encontramos con las criaturas. El grupo dos tiene que correr lo más posible. Ampliaremos los saltos a diez metros. El grupo uno tratará de contenerlos hasta que el dos este a salvo.-Continué.-Si nos vemos muy apurados, nos atrincheraremos en una de las casas del camino.
El plan era simple. Llegar lo más rápido posible a la gasolinera que había en la salida del pueblo. Saltar el muro y continuar hacia La Pedriza. Simple pero peligroso. Sobre todo por lo que teníamos en la calle.
En poco tiempo abrimos la verja del lado derecho. El camino estaba despejado. Salí con Gonzalo y nos colocamos en un par de coches que había en dirección hacia la calle principal, donde supuestamente estaban las criaturas. Seguíamos escuchando los gruñidos dentro de la iglesia. Eso daba tres enemigos potenciales de momento.
Igor y María salieron detrás de nosotros y se situaron en el comienzo de la calle que llevaba a la gasolinera. Iván, el Guardia Civil, se quedó en la verja. Daría paso al grupo dos para salir.
-Todo despejado.-Le dije a Gonzalo.
-Ya pueden salir.-Le dijo a su vez a Iván.
Merche salió la primera con Elena a su lado. Corrió hacia la calle que vigilaban Igor y María. Tras ella, Bea y Ana se situaron a unos metros de la posición que había tomado. Sergio y Alberto, los últimos en salir, corrieron y cambiaron la posición con Igor y Maria que avanzaron un poco para apoyarnos. Ya estábamos colocados en el orden de avance.
-Vale.-Dije.-Vamos allá.-Le hice un gesto a Merche para que comenzaran a avanzar.
Merche y Elena corrieron unos cinco metros hasta llegar a un muro derruido. Cuando llegaron a él, sus hermanas hicieron el mismo proceso. Cuando encontraron cobertura, los dos amigos de la madre continuaron la cadena.
Gonzalo y yo avanzamos hasta la posición de Igor y Maria. Cuando llegamos a ellos, estos, avanzaron por la calle hasta una posición a cubierto por delante del grupo dos. El Guardia Civil corrió y se situó entre ambas parejas.
De momento la cosa iba muy bien. Habíamos conseguido avanzar unos cien metros. La sensación de ver la Iglesia desde esa distancia producía un ligero alivio.
Por fin llevamos a la curva que tomaba la calle que acababa en la gasolinera. Nos quedaba algo menos de un kilometro para llegar a nuestro objetivo. Continuamos con el plan de avance. El grupo dos avanzaba primero, buscando coberturas, mientras el grupo uno les cubría.
-Vamos bien.-Me comentó Gonzalo mientras miraba hacia las chicas que avanzaban poco a poco pero sin pausa.
-Hasta ahora.-Le respondí.
En la curva que acabamos de dejar, unos sesenta metros atrás, aparecieron las siluetas que tratábamos de esquivar. Dos de las criaturas nos habían seguido y nos ganaban terreno.
-Mierda.-Dijo Gonzalo.
-Tranquilo.-Le dije.-Nos quedamos aquí y les pillamos por la espalda.-Le comencé a hacer señas al Guardia Civil pero este pasaba de mí.-Hijo de puta.
El muy capullo había visto a las criaturas y comenzó a correr sin esperar a nadie. "Tonto el último" Debió de pensar. Afortunadamente, todos los demás se ceñían al plan y se habían ocultado lo mejor que habían podido. Lo malo para él es que ambas criaturas le habían tomado por la presa a conseguir.
-Prepárate.-Le pedí a Gonzalo.-Cuando nos pasen les acribillamos a saco las piernas.
-Vale.
Nos preparamos. Vi como Igor y Maria se ocultaban y se preparaban para disparar. En pocos segundos las dos criaturas llegaron a nuestra altura.
-¡¡Ahora!!-Grité.
Gonzalo y yo salimos de nuestro escondrijo y comenzamos a disparar sobre el mismo objetivo, la bestia de la derecha. Mal hecho por nuestra parte. Gonzalo descargó los dos cartuchos sobre el costado izquierdo de la criatura. Mientras recargaba, yo, por mi parte, disparaba, rítmicamente, sobre las piernas tratando de hacerla caer. La bestia se revolvía con cada impacto. Una nueva descarga de la escopeta, por parte de Gonzalo, sobre el mismo costado hizo que la criatura por fin cayera. Recargué el fusil de asalto. Mientras se mantenía en el suelo, retorciéndose, no sé si de dolor o de rabia, me acerqué a ella. Por un momento me quedé mirando esa impresionante mutación. La carne del cuerpo tenía un color amarillento, realmente enfermizo. Arrugada y reseca en muchísimas partes, donde multitud de costras se formaban dando la sensación de estar contaminada de Lepra. La sangre manaba abundantemente de las heridas que le habíamos infringido. El espesor, el color rojo oscuro, casi negro, mostraba un sistema sanguíneo falto de agua, totalmente deshidratado. Los enormes globos oculares, totalmente al descubierto, me miraban enrojecidos. Cientos de venillas reventadas transformaban el color blanco en un rojizo pastoso que resaltaba unas pupilas totalmente dilatadas las cuales ocultaban el color que anteriormente hubiera tenido el iris, dejando un enorme círculo negro en el centro de los ojos cubierto por una finísima película blanquecina. Era espeluznante a la vez que hipnótico el hecho de observarla. La repulsión se trasformaba en una morbosa curiosidad. Su cuerpo, deformado, mostraba la piel totalmente pegada a unos huesos que habían tratado de salir hacia afuera. Tenía muchas heridas producidas por sus costillas, las cuales habían conseguido asomar una pequeña parte, rajando la piel y los músculos, dejando a la vista un conjunto de puntos blanquecinos casi alineados a lo largo del tronco. Un enorme corazón palpitaba en el interior. Podía verlo perfectamente a través de algunos agujeros. Estos se hinchaban al compás de sus latidos, dejando ver, en algunos casos, pompas de carne, formadas por el musculo de la vida cuando trataba de salir por alguno de los huecos.
Cuando la criatura me agarró del tobillo, salí de mi trance de golpe. La imagen del Guardia Civil que cayó en manos de una en ellas, zarandeado hasta que finalmente fue partido por la mitad como un pedazo de pan, invadió mi mente. Reacciones por instinto y descargué una larga ráfaga con el fusil de asalto sobre los agujeros por los que el corazón asomaba de vez en cuando. Al recibir los impactos, la bestia me aferró, con mucha más fuerza, el tobillo. Me dio la sensación de que en cualquier momento me lo arrancaría. No pude contenerme y comencé a gritar por el dolor. Un tremendo espasmo de muerte de la criatura hizo que mi cuerpo golpeara el suelo con fuerza. "Joder, me voy a quedar sin pie" Pensé en ese momento cuando el dolor pasó a ser una calambre continuo. En ese momento una descarga de la escopeta separó la garra del brazo de la bestia, haciendo que me soltara. Tenía un enorme cardenal en el tobillo, mis vasos sanguíneos superficiales habían reventado por la presión. El hueso no estaba roto pero un enorme bulto comenzaba a crecer alrededor de mi tobillo. La inflamación era terriblemente dolorosa. Cuando me incorporé vi a Gonzalo acercándose a mí.
-Tío, lo siento.-Me dijo mientras se reclinaba para ayudarme a levantarme.
-Joder, ¿por qué? si me has salvado.-Respondí agradecido.
-Si bueno...-Dijo.
Entonces comprendí sus palabras. Al disparar la escopeta para destrozar la muñeca de la bestia para que me soltara. Muchos perdigones de cada cartucho acabaron dentro de mi pierna. Tenía una decena de agujeros por los que salían pequeños hilillos de sangre. No había reparado en ellos. El dolor del tobillo era mucho más intenso.
-Mierda.-Es lo único que pude decir. Tampoco podía quejarme. Estaba vivo, todavía.-¿Dónde está el otro bicho?-Pregunté.
-Pues han tenido mejor suerte que nosotros.-Me respondió Gonzalo señalando hacia los demás integrantes del grupo.
Estaban todos en pie. Al parecer, Igor y María habían llamado la atención de la bestia. Cuando pasó a su lado. Maria le asestó un golpe con el bate en una de sus rotulas, destrozándola. Cuando cayó, hincando la rodilla en el suelo, Igor disparó la escopeta contra ella. Esta retrocedió un par de metros. Pero lo más alucinante fue que, mientras Igor recargaba la escopeta, un coche embistió con fuerza a la bestia antes de que se recuperara, estampándola contra un muro y destrozándole las piernas y parte del tronco. Sus entrañas se esparcieron por la acera y cayó muerta sobre el capó del coche. Atontadas y medio idas por el impacto, la madre de Merche y Laura salieron del coche. Bastante magulladas pero sanas y salvas. Durante el ataque a la iglesia habían conseguido escapar por la ventana del baño. Escondiéndose entre los matorrales que rodeaban la iglesia. Salieron del recinto y se metieron en el primer coche abandonado que encontraron. La fortuna quiso que este coche tuviera las llaves puestas y algo de gasolina. Arrancaron y, trastabillando sobre miles de escombros, se alejaron del lugar. Cuando pararon, nos vieron pasar por la calle perpendicular a la que estaban, a unos cien metros de ellas. Pensaron en bajarse e ir corriendo, pero en ese momento vieron como las bestias se lanzaban sobre nosotros. Callejeando llegaron hasta el grupo y, viendo el panorama, la madre decidió estrellar el coche para matar a la criatura que tenía a unos metros enfrente de ellas.
Merche se acercó a mí corriendo. Tomamos un momento de descanso. Me puso sobre el tobillo una pomada antiinflamatoria y me lo vendó fuertemente. El dolor era intenso. Mientras, la veterinaria, me iba sacando los balines de la pierna poco a poco. Según sacaba uno, Merche me ponía yodo. Cuando acabaron me vendaron toda la pierna.
-Tomate esto.-Me dijo Merche mientras me tendía un Ibuprofeno y dos pastillas de antibióticos.
-Ya tocaba.-Le dije con una sonrisa.-Llegaba tiempo sin sufrir heridas.
-Mira que eres bobo.-Me dijo, devolviéndome la sonrisa mientras recogía el botiquín.
Tras atenderme, se dirigió, con Maria, hacia su madre y su hermana pequeña para curarles las magulladuras y pequeños cortes.
-Si no recuerdo mal-oí a Igor a mí lado-aún hay dos criaturas por ahí.
-Sí.-Respondió Gonzalo.- Deberíamos continuar, no nos queda mucho para llegar a la gasolinera.
Tenían toda la razón. De momento habíamos tenido bastante suerte. El ataque de la iglesia se había llevado varias vidas y este casi me cuesta la mía, además de la de la madre de Merche y su hermana. Esa decisión, aunque acertada, fue muy peligrosa. Podrían haber muerto dentro del coche.
Un nuevo rugido lejano nos puso a todos en guardia.
-Vámonos de aquí ya.-Grité mientras me incorporaba.
El tobillo me molestaba bastante y no podía correr. De hecho, andaba ralentizando a los demás. Una risa malévola y despectiva se oyó desde una esquina.
-Puf, deberíamos dejarle aquí.-El Guardia Civil habló, saliendo de su escondrijo.-Es y será un problema. Sera mejor que me hagáis casi y lleve yo el mando. El no tiene ni idea y está muerto.
Un desconcierto reinó en el grupo. Miré al Guardia Civil con ira. Desde que salimos de la iglesia supe que no le gustaba nada recibir órdenes. El se veía como el único con capaz de mandar y dirigir el grupo. Los amigos de la madre de Merche me miraron. En sus caras pude ver que estaban de acuerdo con el agente de la Benemérita. La veterinaria dudaba, pero su balanza interior se iba decantando por la misma opinión.
-¿Estáis gilipollas? -Merche explotó.- Si no es por nosotros aun estaríais en la iglesia esperando a que esas cosas os mataran. Él os está dando una oportunidad.-Se dirigió hacia el Guardia Civil con ira en sus ojos.- Además, ¡¡tú nos has abandonado en cuanto has visto el peligro!!
-Que le den por culo.-Gritó el Guardia.-No pienso cargar con un herido. Iremos a La Pedriza y buscaremos ese refugio. Pero sin él.-Y me disparó.
lunes, 7 de noviembre de 2011
ENTRADA 50
Me está resultado muy complicado actualizar el blog estos días. Tener que ir a la casa de enfrente es un problema. La señal WIFI es imposible de usar, la antena del router está rota y no debe funcionar correctamente. Las lluvias están siendo cada vez más potentes. El frio en la iglesia es más difícil de combatir cada día. Pero lo que más me preocupa son unas criaturas que hemos visto rondando por la zona. Gonzalo me ha contado que no es la primera vez que aparecen, aunque ninguna de las veces anteriores las había visto tan de cerca. Las llamo criaturas por llamarlas de alguna manera. Está claro que eran humanoides, más que nada porque la cabeza era, todavía, reconocible.
Pudimos contarlos, eran cuatro. A pesar de los rasgos humanos de la cabeza, andaban casi a cuatro patas. La columna vertebral estaba exageradamente desarrollada, el más pequeño debía de medir unos dos metros. Se arqueaban sobre sí mismos, incapaces de mantenerse sobre las dos piernas unos minutos. Éstas mantenían su longitud natural pero los muslos mostraban unos músculos increíblemente desarrollados, al igual que los gemelos. Los pies habían tomado forma curva y andan casi de puntillas. Uno de ellos saltó hasta un tejado de una casa de dos pisos casi sin despeinarse. Los brazos los tenían medio pegados al cuerpo, parecía que les costaba moverlos pero, cuando lo hacían, demostraban una fuerza abrumadora. La caja torácica era lo más alucinante. Las costillas estaban expandidas hacia afuera. Algunas sobresalían por tremendos agujeros en la piel. La sangre, totalmente seca, decoraba la zona pectoral de cada una de las criaturas. Tuvo que ser algo muy doloroso. Algunos huecos dejaban entre ver los órganos internos. Eran realmente asquerosos. Respiraban bruscamente, inspiraban fuertemente por la nariz y lo soltaban, junto a cantidad de babas, por la boca, con unos suspiros que resultaban dolorosos. Sus ojos eran de ese maldito color rojizo. Dentro de profundas cuencas, sin parpados, se distinguían los globos oculares al completo.
Se comunicaban por gruñidos. Parecía como si hubieran vuelto a la edad de piedra. Escasamente vestidos, la piel estaba podrida por casi todo el cuerpo. Habían estado más de dos horas fuera, buscando comida. Cuando un gato apareció en una esquina, se volvieron absolutamente locos. Se pelearon entre ellos por tratar de cazarlo. El pobre animal trató de huir subiéndose a un árbol, plantado en un hueco de la acera, pero una tremenda embestida contra el tronco hizo que cayera de nuevo y no tuvo más oportunidad. Dos de las criaturas se lanzaron sobre él, tirando cada uno en una dirección, lo partieron en dos y comenzaron a comérselo. Tras unos minutos más de gruñidos y peleas, las cuatro salieron corriendo, atraídos por unos gritos que se escucharon en el monte cercano.
Tras comprobar que las criaturas habían desaparecido Merche y yo reunimos a todos en la sacristía. Era una zona pequeña pero, por eso mismo, era la más cálida de la iglesia. Les íbamos a contar nuestras intenciones.
-Veréis.-Comencé a hablar.-Como a muchos de vosotros, a nosotros, todo esto nos pilló por sorpresa. La diferencia puede ser que, Merche y yo, hemos vivido, posiblemente, el inicio de este tremendo caos. Pero la evolución de los problemas, todos y cada uno de nosotros, nos la hemos encontrado en la puerta de casa.
Mi intención era contarles lo que ya sabían pero sin darles a conocer el origen de toda esta mierda que nos rodeaba. Pensaba que ya no venía al caso contar que, nosotros, hemos vivido los ataques de estos infectados mucho antes que otras personas. Tenía la extraña sensación de que, si la gente se enteraba, nos tratarían de forma distinta. Si bien es cierto que, como sabrá cualquier persona que haya podido seguir este diario, es un secreto a voces todo lo que nos ha pasado.
-Sabemos de un lugar, cerca de aquí-continué-donde nos aseguran seguridad, comida, camas y las comodidades necesarias para afrontar todo este caos.
-¿Cómo sabes eso?-Preguntó uno de los vecinos.
-Gracias a lo poco que ha estado funcionando internet estos días.-Contesté.-Tratando de investigar sobre lo que estaba pasando, encontré información de puntos seguros "extra"-simulé las comillas con las manos- donde se está alojando a los supervivientes de cada zona.
Las caras no eran de mucha credibilidad. De hecho parecían bastante escépticas.
Pensé que era totalmente normal después de lo vivido con los militares en el pueblo.
-Sabed que estos puntos que hemos encontrado son privados.-Traté de convencerles.-No tienen nada que ver con los militares.
En este punto caí en que tendría que inventarme una manera de hacerles creer que podrían entrar una vez nos encontrásemos ante a sus puertas. Por norma general la gente piensa que "privado" es lo mismo que "pagar" con lo que no creerían que pudieran entrar en los puntos sin tener que dar algo a cambio. La siguiente pregunta lo confirmó.
-Pero, si son empresas privadas ¿algo pedirán a cambio de nuestra seguridad, no?-Una voz sonó al fondo.
-No os preocupéis.-Respondí.-Podemos llevar algunas cosas de valor con nosotros.
Pero, por lo que he leído, lo que piden a cambio es que podamos funcionar como mano de obra. Necesitan gente para mantener en pie esos lugares. Así que con tratar de parecer necesarios, podremos quedarnos con ellos.
Creo que la excusa de los "oficios" ayudó. El murmullo fue general.
-Por ejemplo.-Pensé que poner algunos ejemplos sería de utilidad.-La madre de Merche trabajaba en un jardín de infancia. Seguro que agradecen que haya personas que se encarguen de los pequeños.- Primer ejemplo.- Bea e Igor han trabajado con los cuerpos anti incendios de la comunidad, eso será muy útil seguramente. Pensad qué se os da bien y engrandecedlo para que sea algo necesario.
Por fin las caras de escepticismo habían desaparecido. Pensar en poder formar parte, de nuevo, de una comunidad supuso un rayo de esperanza para los allí presentes.
Decidimos dejarles en la sala para que deliberaran sus opciones.
-Que quede clara una cosa.-Concluí antes de abandonarla.-Nosotros.-Dije haciendo un gesto sobre Merche, Elena y yo.-Nos vamos lo antes posible, con o sin vosotros. No obligo a nadie a venir, sólo creo que esto es una buena oportunidad. Mejor que quedarse aquí esperando la salvación, la muerte o lo que sea que creáis que estáis esperando.
Salimos los tres de la habitación. Noté que Merche estaba un poco triste, seguramente por la forma tan tajante que tuve de cerrar la charla sin incluir a su familia.
-Sabes que aún no nos han confirmado que vayan a venir, ¿no?-Le pregunté
-Sí, lo sé.-Respondió visiblemente afligida.
-También sabes que no es viable quedarse aquí esperando.-Continué.-Antes de que llegáramos casi no tenían comida y no salían en su busca. Además...
-Ya basta.-Me gritó.-Lo sé todo, no hace falta que me digas lo que ya conozco.
Cogió a Elena y me dejó allí. Pensé en que quizás me habría pasado. Nos había costado mucho llegar hasta allí y, seguramente, la idea de continuar sin su familia era algo que la dolía demasiado como para pensar en ella. Me quedé unos minutos allí de pie. Antes de que la gente saliera de la sala me fui detrás de Merche. Ambas se habían metido en la habitación donde estaban las camas. Elena jugaba con las perritas mientras Merche la miraba.
-Merche.-Dije por lo bajo mientras me sentaba a su lado.-Lo siento. Sé que la situación no es como para...
En ese momento me abrazó y me besó.
-Cállate.-Me dijo, abrazada a mí.- Tienes toda la razón pero ya sabes lo que pienso en estos casos.
Elena se vino con nosotros, junto a las perritas, que la seguían. Nos quedamos los cinco allí un buen rato.
-No dejaré que os pase nada a ninguna.-Les prometí.-Llegaremos al punto seguro y estaremos a salvo.
En ese momento, Ana, la hermana mayor, entró en la sala, seguida de toda la familia.
-Merche.-Dijo.-No te preocupes por nosotros. No nos vamos a quedar aquí.
Toda la familia confirmó que vendría con nosotros. Cuatro vecinos entraron unos minutos después.
-No sabemos a qué nos enfrentaremos allí fuera.-Dijo uno de ellos.-Pero seguro que no es mucho peor que estar aquí esperando a morir.
Dos de ellos eran guardias civiles, habían sido destinados al pueblo en los primeros controles policiales cuando la infección comenzó a extenderse. Cuando los militares atacaron no quisieron abandonarlo. Decidieron ayudar, en la medida de lo posible, a la gente atrapada.
Otros dos eran amigos de la madre de Merche. Uno de ellos solía cazar antes de la infección. Facilitó varias armas a sus amigos. Al comienzo del contagio eran siete personas pero cayeron bajo el fuego de los militares cuando trataron de abandonar el pueblo.
Tres personas más confirmaron su adhesión al grupo. Ninguno veía futuro en el horizonte pero no querían morir sin haber intentado, por todos los medios, tratar de sobrevivir. El cura del pueblo y dos personas más decidieron quedarse en la iglesia. "Dios proveerá" Fueron sus palabras.
Los tres eran vecinos del pueblo. Uno de ellos era el dueño de los establos donde la familia de Merche tenía a la yegua. Otra era una de las veterinarias de la clínica a donde llevábamos a las perritas. El tercero era el dueño de uno de los bares del pueblo, conocido de toda la vida por la familia de Merche.
Finalmente éramos dieciséis personas. Teníamos siete escopetas, dos rifles y tres pistolas. Sin contar con la comida para los que se quedaban, conseguimos reunir lo suficiente para alimentarnos durante unos cinco días, quizás siete si lo racionábamos bien.
Aún no hemos decidido cuándo saldremos de aquí, pero no esperaremos mucho. No nos rendiremos, es más, pido a todos los supervivientes que no se rindan. Por muy pequeña que sea la luz de la esperanza, no debemos dejar que se apague.
Pudimos contarlos, eran cuatro. A pesar de los rasgos humanos de la cabeza, andaban casi a cuatro patas. La columna vertebral estaba exageradamente desarrollada, el más pequeño debía de medir unos dos metros. Se arqueaban sobre sí mismos, incapaces de mantenerse sobre las dos piernas unos minutos. Éstas mantenían su longitud natural pero los muslos mostraban unos músculos increíblemente desarrollados, al igual que los gemelos. Los pies habían tomado forma curva y andan casi de puntillas. Uno de ellos saltó hasta un tejado de una casa de dos pisos casi sin despeinarse. Los brazos los tenían medio pegados al cuerpo, parecía que les costaba moverlos pero, cuando lo hacían, demostraban una fuerza abrumadora. La caja torácica era lo más alucinante. Las costillas estaban expandidas hacia afuera. Algunas sobresalían por tremendos agujeros en la piel. La sangre, totalmente seca, decoraba la zona pectoral de cada una de las criaturas. Tuvo que ser algo muy doloroso. Algunos huecos dejaban entre ver los órganos internos. Eran realmente asquerosos. Respiraban bruscamente, inspiraban fuertemente por la nariz y lo soltaban, junto a cantidad de babas, por la boca, con unos suspiros que resultaban dolorosos. Sus ojos eran de ese maldito color rojizo. Dentro de profundas cuencas, sin parpados, se distinguían los globos oculares al completo.
Se comunicaban por gruñidos. Parecía como si hubieran vuelto a la edad de piedra. Escasamente vestidos, la piel estaba podrida por casi todo el cuerpo. Habían estado más de dos horas fuera, buscando comida. Cuando un gato apareció en una esquina, se volvieron absolutamente locos. Se pelearon entre ellos por tratar de cazarlo. El pobre animal trató de huir subiéndose a un árbol, plantado en un hueco de la acera, pero una tremenda embestida contra el tronco hizo que cayera de nuevo y no tuvo más oportunidad. Dos de las criaturas se lanzaron sobre él, tirando cada uno en una dirección, lo partieron en dos y comenzaron a comérselo. Tras unos minutos más de gruñidos y peleas, las cuatro salieron corriendo, atraídos por unos gritos que se escucharon en el monte cercano.
Tras comprobar que las criaturas habían desaparecido Merche y yo reunimos a todos en la sacristía. Era una zona pequeña pero, por eso mismo, era la más cálida de la iglesia. Les íbamos a contar nuestras intenciones.
-Veréis.-Comencé a hablar.-Como a muchos de vosotros, a nosotros, todo esto nos pilló por sorpresa. La diferencia puede ser que, Merche y yo, hemos vivido, posiblemente, el inicio de este tremendo caos. Pero la evolución de los problemas, todos y cada uno de nosotros, nos la hemos encontrado en la puerta de casa.
Mi intención era contarles lo que ya sabían pero sin darles a conocer el origen de toda esta mierda que nos rodeaba. Pensaba que ya no venía al caso contar que, nosotros, hemos vivido los ataques de estos infectados mucho antes que otras personas. Tenía la extraña sensación de que, si la gente se enteraba, nos tratarían de forma distinta. Si bien es cierto que, como sabrá cualquier persona que haya podido seguir este diario, es un secreto a voces todo lo que nos ha pasado.
-Sabemos de un lugar, cerca de aquí-continué-donde nos aseguran seguridad, comida, camas y las comodidades necesarias para afrontar todo este caos.
-¿Cómo sabes eso?-Preguntó uno de los vecinos.
-Gracias a lo poco que ha estado funcionando internet estos días.-Contesté.-Tratando de investigar sobre lo que estaba pasando, encontré información de puntos seguros "extra"-simulé las comillas con las manos- donde se está alojando a los supervivientes de cada zona.
Las caras no eran de mucha credibilidad. De hecho parecían bastante escépticas.
Pensé que era totalmente normal después de lo vivido con los militares en el pueblo.
-Sabed que estos puntos que hemos encontrado son privados.-Traté de convencerles.-No tienen nada que ver con los militares.
En este punto caí en que tendría que inventarme una manera de hacerles creer que podrían entrar una vez nos encontrásemos ante a sus puertas. Por norma general la gente piensa que "privado" es lo mismo que "pagar" con lo que no creerían que pudieran entrar en los puntos sin tener que dar algo a cambio. La siguiente pregunta lo confirmó.
-Pero, si son empresas privadas ¿algo pedirán a cambio de nuestra seguridad, no?-Una voz sonó al fondo.
-No os preocupéis.-Respondí.-Podemos llevar algunas cosas de valor con nosotros.
Pero, por lo que he leído, lo que piden a cambio es que podamos funcionar como mano de obra. Necesitan gente para mantener en pie esos lugares. Así que con tratar de parecer necesarios, podremos quedarnos con ellos.
Creo que la excusa de los "oficios" ayudó. El murmullo fue general.
-Por ejemplo.-Pensé que poner algunos ejemplos sería de utilidad.-La madre de Merche trabajaba en un jardín de infancia. Seguro que agradecen que haya personas que se encarguen de los pequeños.- Primer ejemplo.- Bea e Igor han trabajado con los cuerpos anti incendios de la comunidad, eso será muy útil seguramente. Pensad qué se os da bien y engrandecedlo para que sea algo necesario.
Por fin las caras de escepticismo habían desaparecido. Pensar en poder formar parte, de nuevo, de una comunidad supuso un rayo de esperanza para los allí presentes.
Decidimos dejarles en la sala para que deliberaran sus opciones.
-Que quede clara una cosa.-Concluí antes de abandonarla.-Nosotros.-Dije haciendo un gesto sobre Merche, Elena y yo.-Nos vamos lo antes posible, con o sin vosotros. No obligo a nadie a venir, sólo creo que esto es una buena oportunidad. Mejor que quedarse aquí esperando la salvación, la muerte o lo que sea que creáis que estáis esperando.
Salimos los tres de la habitación. Noté que Merche estaba un poco triste, seguramente por la forma tan tajante que tuve de cerrar la charla sin incluir a su familia.
-Sabes que aún no nos han confirmado que vayan a venir, ¿no?-Le pregunté
-Sí, lo sé.-Respondió visiblemente afligida.
-También sabes que no es viable quedarse aquí esperando.-Continué.-Antes de que llegáramos casi no tenían comida y no salían en su busca. Además...
-Ya basta.-Me gritó.-Lo sé todo, no hace falta que me digas lo que ya conozco.
Cogió a Elena y me dejó allí. Pensé en que quizás me habría pasado. Nos había costado mucho llegar hasta allí y, seguramente, la idea de continuar sin su familia era algo que la dolía demasiado como para pensar en ella. Me quedé unos minutos allí de pie. Antes de que la gente saliera de la sala me fui detrás de Merche. Ambas se habían metido en la habitación donde estaban las camas. Elena jugaba con las perritas mientras Merche la miraba.
-Merche.-Dije por lo bajo mientras me sentaba a su lado.-Lo siento. Sé que la situación no es como para...
En ese momento me abrazó y me besó.
-Cállate.-Me dijo, abrazada a mí.- Tienes toda la razón pero ya sabes lo que pienso en estos casos.
Elena se vino con nosotros, junto a las perritas, que la seguían. Nos quedamos los cinco allí un buen rato.
-No dejaré que os pase nada a ninguna.-Les prometí.-Llegaremos al punto seguro y estaremos a salvo.
En ese momento, Ana, la hermana mayor, entró en la sala, seguida de toda la familia.
-Merche.-Dijo.-No te preocupes por nosotros. No nos vamos a quedar aquí.
Toda la familia confirmó que vendría con nosotros. Cuatro vecinos entraron unos minutos después.
-No sabemos a qué nos enfrentaremos allí fuera.-Dijo uno de ellos.-Pero seguro que no es mucho peor que estar aquí esperando a morir.
Dos de ellos eran guardias civiles, habían sido destinados al pueblo en los primeros controles policiales cuando la infección comenzó a extenderse. Cuando los militares atacaron no quisieron abandonarlo. Decidieron ayudar, en la medida de lo posible, a la gente atrapada.
Otros dos eran amigos de la madre de Merche. Uno de ellos solía cazar antes de la infección. Facilitó varias armas a sus amigos. Al comienzo del contagio eran siete personas pero cayeron bajo el fuego de los militares cuando trataron de abandonar el pueblo.
Tres personas más confirmaron su adhesión al grupo. Ninguno veía futuro en el horizonte pero no querían morir sin haber intentado, por todos los medios, tratar de sobrevivir. El cura del pueblo y dos personas más decidieron quedarse en la iglesia. "Dios proveerá" Fueron sus palabras.
Los tres eran vecinos del pueblo. Uno de ellos era el dueño de los establos donde la familia de Merche tenía a la yegua. Otra era una de las veterinarias de la clínica a donde llevábamos a las perritas. El tercero era el dueño de uno de los bares del pueblo, conocido de toda la vida por la familia de Merche.
Finalmente éramos dieciséis personas. Teníamos siete escopetas, dos rifles y tres pistolas. Sin contar con la comida para los que se quedaban, conseguimos reunir lo suficiente para alimentarnos durante unos cinco días, quizás siete si lo racionábamos bien.
Aún no hemos decidido cuándo saldremos de aquí, pero no esperaremos mucho. No nos rendiremos, es más, pido a todos los supervivientes que no se rindan. Por muy pequeña que sea la luz de la esperanza, no debemos dejar que se apague.
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